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Los expertos en nutrición lo dejan claro: A partir de los 50 años, se debe reducir el consumo de embutidos durante las cenas

Uno de los productos por los que más destaca España es por los embutidos de altísima calidad y, aunque habitualmente los usamos en situaciones de apuro para solucionarnos almuerzos y cenas, no conviene abusar de estos alimentos. Aunque el jamón, el chorizo, el salchichón y otros embutidos son cómodo y fáciles de preparar, las autoridades sanitarias recomiendan moderar el consumo habitual de carnes procesadas.

A partir de los 50 años es un buen momento para a revisar los hábitos alimentarios y prestar atención a la calidad nutricional de las comidas, pues con la edad d aumenta la prevalencia de factores de riesgo cardiovascular, como la hipertensión, y pueden hacerse más relevantes el control del peso, la glucosa y el colesterol. Moderar los productos que aportan mucha sal o grasas saturadas puede contribuir a mejorar la calidad general de la alimentación.

La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), clasifica las carnes procesadas como carcinógenas para los seres humanos, en el grupo 1, debido a que existe evidencia científica suficiente de su relación causal con el cáncer colorrectal. En esta categoría se incluyen productos transformados mediante procesos como la salazón, el curado o el ahumado (como beicon, salchichas o determinados embutidos). Esto no significa que comerlos provoque inevitablemente la enfermedad, sino que se ha encontrado evidencia sobre su correlación con la enfermedad.

La OMS (Organización Mundial de la salud) también señala que el riesgo aumenta con la cantidad consumida, por lo que reducir la frecuencia con la que aparecen en la dieta es una medida razonable de prevención. En España, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) también recomienda reducir el consumo de carnes procesadas dentro de una alimentación variada y equilibrada.

¿Por qué debería reducirse el consumo de embutidos en las cenas a partir de los 50 años?

El motivo no se limita a su relación con el cáncer, pues algunos embutidos contienen cantidades importantes de sal y grasas saturadas, por lo que conviene prestar atención a la frecuencia y a las raciones, especialmente cuando existen factores de riesgo cardiovascular o es necesario controlar la presión arterial. El contenido nutricional, además, varía de un producto a otro, por lo que no todos los fiambres deben considerarse idénticos.

El Fondo Mundial para la Investigación del Cáncer (WCRF) aconseja consumir poca carne procesada. Por supuesto, el problema no es comer unas lonchas de jamón de forma ocasional, sino convertir el bocadillo de embutido, el sándwich de fiambre o las salchichas en una solución cotidiana para la última comida del día. Cuando estos productos desplazan con frecuencia a otras opciones, también puede reducirse la variedad de alimentos que componen la dieta.

La cena es, precisamente, una de las comidas en las que muchas personas recurren a productos preparados por falta de tiempo. Sin embargo, sustituir de manera habitual una comida variada por embutidos y pan puede dificultar que la alimentación incluya suficientes frutas, verduras, legumbres y otras fuentes de nutrientes. A partir de los 50 años conviene prestar atención a estos hábitos, sin olvidar que mantener una ingesta adecuada de proteínas y conservar la masa muscular también es importante con el paso del tiempo.

Los expertos no advierten de un peligro exclusivo asociado a cenar embutidos, sino que su recomendación se centra en limitar el consumo habitual de carnes procesadas y mejorar la calidad global de la dieta. Más que fijarse en una cena concreta, la clave está en los hábitos que se repiten a lo largo de las semanas y los años. Además, el envejecimiento se asocia progresivamente con una mayor tendencia a perder músculo y fuerza, aunque el ritmo depende de cada persona, su actividad física y su estado de salud.

© PEXELS (Jonathan Borba)

Imagen de archivo de tabla de embutidos

© LA RAZÓN

Tabla de embutido ibérico
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Truco de cocinero: "Los huevos más saludables se hacen con agua, no con aceite"

Aunque muchas personas tienen por costumbre utilizar aceita a la hora de cocinar huevos de gallina en la sartén, lo cierto es que no es necesario añadir ninguna clase de grasa extra para prepararlo a la perfección. En realidad, basta con echar una pequeña cantidad de agua para que los huevos queden con la clara cocida y la yema aún cremosa y perfecta.

Este truco no tan conocido es empleado por numerosos cocineros, nutricionistas y creadores de contenido para redes sociales a lo largo del mundo. Para que quede bien, es necesario tapar la sartén y dejar que el vapor haga todo el trabajo por nosotros. Además, este método de cocción es muy práctico, pues reduce considerablemente que se generen humo y salpicaduras.

Hay que tener en cuenta que cada gramo de grasa aporta unas 9 kilocalorías, por lo que una cucharada generosa de aceite añadida al cocinar un huevo estaría sumando hasta 120 kcal. Al emplear agua, evitamos introducir ese aporte energético de más a la preparación. Además, al freír un huevo provocamos que el calor se transmita principalmente a través de esta grasa vegetal. Con agua y tapando el huevo, sin embargo, conseguimos que la parte superior se cocine de forma más pareja.

¿Por qué muchos chef utilizan agua en lugar de aceite para hacer huevos en la sartén?

Las gotas de aceite en una sartén pueden alcanzar temperaturas considerablemente elevadas, mientas que el agua hierve a unos 100 ºC, por lo que al cocinar el huevo tapado con vapor de agua se facilita una cocción más suave y se evita que se tueste demasiado la superficie en contacto con el metal. Además, el huevo ya contiene grasas propias en la yema, por lo que no necesita necesariamente aceite para aportar nutrientes liposolubles.

El objetivo de este método no es eliminar las grasas del alimento, sino evitar añadir una cantidad innecesaria durante la preparación. Desde el punto de vista de la química de los alimentos, el calor provoca la desnaturalización y coagulación de las proteínas del huevo, mejorando la digestibilidad de sus proteínas respecto al consumo en crudo.

Para poder cocinar un huevo solamente con agua de forma correcta, es importante emplear una sartén antiadherente a calentada a fuego medio-bajo. Una vez cascado el huevo, se añaden una o dos cucharadas de agua por un lateral y se tapa por completo. Pasados entre dos y cuatro minutos (dependiendo del tamaño del huevo y del punto deseado), el vapor habrá cocinado la clara y la superficie de la yema.

Si se busca conseguir una tura similar a la del huevo frito, es importante no añadir demasiada agua, ya que el objetivo es generar vapor y no hervir el huevo. Cuando la clara ya está blanca y prácticamente cuajada, pero todavía queda alguna zona ligeramente translúcida, se puede apagar el fuego y dejar la sartén tapada unos segundos más para que el calor residual termine de cocinarla.

Es importante tener en cuenta también que los huevos recién sacados de la nevera necesitan algo más de tiempo para cocinarse, a diferencia de los que se encuentran ya a temperatura ambiente. No muchas personas tratan de sacar los huevos del refrigerador unos minutos antes de cocinarlos, por eso a veces se cuecen de manera uniforme o tardan más en hacerse.

© PEXELS (klaus Nielsen)

Imagen de archivo de huevo a la plancha

Huevo frito, cocido, duro o en tortilla. Foto: C. Pastrano
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