❌

Reading view

La justicia da la razón a una inquilina a pagar un tercio menos de alquiler debido a que su casera no eliminaba las humedades de la vivienda

Las humedades en una vivienda pueden convertirse en un problema que va mucho más allá de las manchas en las paredes. Cuando persisten durante meses, afectan a distintas habitaciones y no se solucionan pese a las reclamaciones, el conflicto entre propietarios e inquilinos puede acabar en los tribunales. La dificultad está en determinar hasta qué punto esos defectos afectan al uso de la vivienda y qué consecuencias económicas deben tener para cada parte.

Una sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona aborda precisamente esa cuestión. El tribunal revisó una reclamación por alquileres impagados y concluyó que, aunque la arrendataria no podía dejar de pagar por completo mientras continuara viviendo allí, sostenía que tampoco resultaba razonable exigirle la renta íntegra mientras persistieran los problemas de conservación.

Humedades en varias estancias y reclamaciones sin resolver

El caso se refiere a una vivienda alquilada mediante un contrato firmado en noviembre de 2017. La renta inicial era de 650 euros mensuales y, cuando comenzó el procedimiento, se había actualizado a 666,81 euros. La propietaria reclamó a la inquilina 31.340,07 euros correspondientes a las mensualidades impagadas entre mayo de 2020 y marzo de 2024, además de las rentas posteriores. La arrendataria se opuso y sostuvo que la vivienda presentaba deficiencias que la propiedad no había solucionado. También reclamó una indemnización de 6.000 euros por los perjuicios que, según alegaba, le había ocasionado esa situación.

Los informes técnicos aportados al procedimiento describieron humedades en distintas zonas del inmueble. Se detectaron hongos en una pared, manchas en paredes y techos y problemas de ventilación en el cuarto de baño. Una arquitecta técnica concluyó que la vivienda no reunía las condiciones mínimas de habitabilidad exigibles.

La documentación también acreditaba que la inquilina había reclamado la reparación de las humedades antes de dejar de pagar el alquiler. Pese a ello, el juzgado de primera instancia había estimado la reclamación de la propiedad y la había condenado a abonar la cantidad reclamada.

La Audiencia rebaja la deuda en más de 10.000 euros

La Audiencia Provincial de Barcelona estimó parcialmente el recurso de la inquilina en su sentencia 727/2026, fechada el 30 de septiembre de 2026. Los magistrados consideraron que la propietaria había incumplido su obligación de mantener la vivienda en condiciones adecuadas, pese a las reclamaciones recibidas.

El tribunal aplicó la doctrina jurídica que permite reducir la contraprestación cuando una de las partes no cumple correctamente sus obligaciones. De este modo, la deuda por las rentas acumuladas pasó de 31.340,07 a 20.893,38 euros, una diferencia de 10.446,69 euros. La rebaja de un tercio también se extiende a las rentas posteriores mientras no se solucionen las humedades.

La resolución, sin embargo, no exime a la arrendataria de pagar por completo el alquiler. Los jueces entendieron que ella y su familia continuaron viviendo en el inmueble y que los defectos acreditados, aunque afectaban a sus condiciones de habitabilidad, no suponían una inhabitabilidad absoluta. Además, la sentencia tampoco concedió la indemnización de 6.000 euros que había solicitado la inquilina por daños y perjuicios, al no haberse resuelto esa petición en primera instancia y no haberse solicitado entonces el complemento de la sentencia.

Qué dice la ley sobre las reparaciones del propietario

El artículo 21 de la Ley de Arrendamientos Urbanos establece que el arrendador debe realizar las reparaciones necesarias para conservar la vivienda en condiciones de habitabilidad, salvo que los daños sean responsabilidad del inquilino. Las pequeñas reparaciones derivadas del desgaste por el uso ordinario corresponden, en cambio, al arrendatario.

El fallo incluye, además, un voto particular discrepante de uno de los magistrados. Este defendía que la falta de reparación debía abordarse mediante una posible indemnización por los perjuicios, pero no mediante una reducción de la renta, y advertía de que rebajarla podría prolongar situaciones de deterioro en vez de impulsar las obras necesarias.

El caso deja así una cuestión relevante para los conflictos de alquiler: la obligación de pagar la renta no elimina el deber del propietario de conservar la vivienda. La sentencia aplica una solución concreta a las circunstancias acreditadas, pero no significa que cualquier inquilino pueda rebajar unilateralmente el alquiler si aparecen humedades. Documentar los daños, comunicar por escrito las incidencias y buscar asesoramiento jurídico sigue siendo esencial.

La larga temporada de lluvias y las bajas temperaturas son dos grandes aliados para que las humedades proliferen en edificaciones con mala ventilación
  •  

No tires los corchos de las botellas de vino: el uso que pasa desapercibido para darle una segunda vida en el jardín

En casa acumulamos pequeños objetos que terminan en la basura casi por inercia. Algunos parecen demasiado insignificantes para encontrarles una utilidad, especialmente cuando proceden de productos de uso cotidiano. Sin embargo, antes de desecharlos, merece la pena preguntarse si pueden tener una segunda vida y evitar así generar residuos innecesarios.

El jardín y las plantas de interior ofrecen numerosas posibilidades para aprovechar materiales domésticos, siempre que se utilicen de manera adecuada. No todo lo reutilizable resulta beneficioso en cualquier circunstancia: el tipo de material, la cantidad y las necesidades de cada especie determinan si el remedio funciona o si, por el contrario, acaba complicando su mantenimiento.

Entre esos objetos cotidianos hay uno que suele pasar desapercibido después de descorchar una botella. Su ligereza y su composición permiten darle un uso relacionado con el cuidado de las plantas, aunque es importante distinguir entre los consejos prácticos y los beneficios que realmente pueden esperarse.

El corcho natural puede tener una segunda vida en las macetas

Los tapones fabricados con corcho natural proceden de la corteza del alcornoque y presentan una estructura porosa que los hace ligeros. Una vez limpios y cortados en fragmentos pequeños, pueden incorporarse, con moderación, a determinadas mezclas de sustrato para modificar su estructura.

La idea consiste en evitar que el medio de cultivo quede excesivamente compacto. Cuando el sustrato pierde porosidad, las raíces pueden tener más dificultades para disponer del oxígeno que necesitan y el agua puede circular de manera inadecuada. En determinadas mezclas, los fragmentos de corcho pueden contribuir a mantener una textura más ligera.

No obstante, no sustituyen a los componentes diseñados específicamente para airear el sustrato, como la perlita, la piedra pómez o la corteza de pino apropiada para jardinería. Tampoco conviene echar grandes cantidades sin conocer las necesidades de la planta: el resultado depende de la granulometría, la proporción utilizada y la composición de la tierra original.

¿Es buena idea colocar los tapones en el fondo de la maceta?

Una práctica habitual consiste en poner materiales voluminosos en la base del recipiente para facilitar la salida del agua. Sin embargo, llenar el fondo con corchos no garantiza un mejor drenaje. En una maceta, lo fundamental es disponer de agujeros de evacuación y de un sustrato adecuado para la especie cultivada.

De hecho, crear una capa de material grueso debajo de una tierra más fina puede hacer que el agua se acumule por encima de la separación entre ambas capas, en lugar de abandonar el recipiente con mayor facilidad. Por eso, colocar corchos enteros en la base no es una solución universal contra el exceso de humedad.

Si se quieren reutilizar, es preferible reservarlos para pruebas pequeñas con plantas compatibles y comprobar cómo responde la mezcla. Para evitar problemas, hay que retirar primero los restos de suciedad y asegurarse de que se trata de corcho natural, no de tapones sintéticos o compuestos cuya composición se desconoce.

Cómo preparar los corchos antes de reutilizarlos

Si quieres probar esta alternativa, empieza por seleccionar tapones de corcho natural que no tengan restos de vino, etiquetas adheridas ni tratamientos desconocidos. Déjalos secar por completo y córtalos en trozos pequeños con unas tijeras resistentes o un cuchillo adecuado, procurando que no queden fragmentos excesivamente grandes.

Antes de incorporarlos, ten en cuenta el tipo de planta. Muchas especies mediterráneas necesitan un sustrato que evacúe bien el agua, mientras que otras plantas prefieren una mezcla capaz de conservar más humedad. El corcho no debe utilizarse como sustituto de los componentes específicos que necesita cada cultivo.

También conviene evitar que los fragmentos ocupen una proporción elevada de la maceta. No existe una cantidad universalmente recomendada para todas las especies, por lo que es preferible realizar una prueba pequeña y observar si la tierra conserva una estructura adecuada después de varios riegos.

Reutilizar corchos puede ser una manera sencilla de alargar la vida de un material que normalmente acaba en la basura. Sin embargo, no hay que atribuirle propiedades extraordinarias: no garantiza que las raíces estén protegidas frente al frío ni soluciona por sí solo los problemas de compactación o exceso de agua.

Para mantener las plantas sanas, las medidas más importantes siguen siendo elegir un sustrato apropiado, utilizar macetas con agujeros de drenaje y ajustar el riego a las necesidades de cada especie. Si la tierra permanece empapada durante mucho tiempo, añadir corcho no sustituye la necesidad de corregir el problema.

Antes de tirar el próximo tapón, puedes guardarlo para experimentar con pequeñas cantidades en el jardín. La reutilización tiene sentido cuando se combina con información fiable y observación: aprovechar un residuo es positivo, pero hacerlo de forma adecuada es lo que permite evitar que una buena intención termine perjudicando a las plantas.

© Magnific

No tires los corchos de las botellas de vino: el uso que pasa desapercibido para darle una segunda vida en el jardín
  •  

Por qué dijo el filósofo chino Confucio: “Cuando veo a un hombre bueno, pienso en imitarlo; cuando veo a uno malo, examino mi corazón”

En la vida cotidiana, las personas que nos rodean pueden despertar admiración, enfado, sorpresa o incluso rechazo. A veces basta con presenciar un gesto generoso para recordar la importancia de ayudar a los demás; en otras ocasiones, una actitud egoísta nos hace preguntarnos por qué alguien ha actuado de esa manera. Esas reacciones forman parte de nuestra convivencia y dicen tanto de quienes observamos como de la forma en que interpretamos sus acciones.

Desde hace siglos, la filosofía trata de responder a una cuestión relacionada con esas experiencias: ¿cómo podemos aprovechar lo que vemos en otras personas para orientar nuestras propias decisiones? Una de las respuestas más conocidas procede de Confucio, pensador chino cuya influencia ha marcado buena parte de la tradición ética de Asia oriental.

La reflexión aparece en los Analectos, una obra que reúne dichos, conversaciones y enseñanzas atribuidas a Confucio y transmitidas por sus discípulos y las generaciones posteriores. En el libro cuarto se recoge la idea de que, al encontrarnos con alguien virtuoso, debemos aspirar a parecernos a esa persona, mientras que la conducta de alguien poco ejemplar debería llevarnos a examinarnos interiormente.

La frase presenta dos situaciones opuestas, pero propone una respuesta semejante: dirigir la atención hacia uno mismo. Ante una buena acción, en lugar de limitarnos a admirarla, podemos preguntarnos qué cualidad la hace valiosa y cómo incorporarla a nuestra vida. Ante un comportamiento reprochable, la invitación consiste en revisar nuestra propia conducta, no en apresurarnos a condenar a quien lo protagoniza.

Esta interpretación encaja con una de las preocupaciones centrales del pensamiento de Confucio: la formación moral. Para el filósofo, ser una persona virtuosa no dependía únicamente de conocer principios abstractos, sino también de cultivar hábitos, aprender de la experiencia y cuidar la manera de relacionarse con los demás.

Imitar las virtudes sin convertirlas en una competición

Tomar a alguien como ejemplo no significa copiar todos sus actos ni renunciar al criterio propio. La propuesta consiste en identificar comportamientos concretos que merecen ser incorporados: la paciencia de quien escucha antes de responder, la honestidad de quien reconoce un error o la generosidad de quien ayuda sin esperar una recompensa.

Esa distinción es importante porque la admiración puede transformarse fácilmente en comparación. Si observamos a alguien que destaca por su trabajo, su serenidad o su capacidad para resolver conflictos, podemos sentir que estamos por debajo de esa persona. La lectura que propone Confucio apunta en otra dirección: utilizar ese encuentro como una referencia para mejorar, no como una medida de nuestro valor personal.

La pregunta útil no sería, por tanto, por qué otra persona ha conseguido hacerlo mejor, sino qué podemos aprender de su manera de actuar. Así, una cualidad ajena deja de ser un motivo de envidia y se convierte en una posibilidad de crecimiento.

Examinar los propios defectos no significa asumir los ajenos

La segunda parte de la frase es quizá la más incómoda. Cuando alguien se comporta de manera injusta, arrogante o desconsiderada, resulta sencillo señalar su responsabilidad. Confucio propone dar un paso adicional: preguntarnos si reconocemos en nosotros alguna actitud parecida o si, ante una situación semejante, actuaríamos de la misma forma.

Este examen no exige concluir que somos culpables de lo que hacen otras personas. Su propósito es distinguir entre aquello que no podemos controlar y las decisiones que sí dependen de nosotros. Si alguien responde con hostilidad, por ejemplo, no somos responsables de su reacción, pero podemos revisar cómo gestionamos nuestro enfado y qué límites necesitamos establecer.

La autocrítica, entendida de este modo, no consiste en castigarse ni en justificar el comportamiento de los demás. Supone observarse con honestidad para descubrir errores corregibles y evitar que la indignación se convierta en una excusa para no revisar nunca la propia conducta.

Aprender de los demás como ejercicio cotidiano

La misma idea aparece en otro pasaje de los Analectos, donde Confucio sostiene que siempre es posible encontrar algo de lo que aprender al caminar junto a otras personas: sus cualidades pueden servir de modelo y sus defectos, de advertencia. Esta enseñanza refuerza la importancia del aprendizaje continuo, en lugar de reservarlo para los libros o para quienes ocupan una posición de autoridad.

Llevada a la vida diaria, la reflexión puede aplicarse a una discusión familiar, a una decisión laboral o a una conversación entre amigos. Ante un conflicto, cabe preguntarse qué hizo cada persona, qué reacción estuvo justificada y qué podríamos hacer de otra manera la próxima vez. No se trata de buscar fallos en todo el mundo, sino de no renunciar a la posibilidad de aprender de una experiencia.

La filosofía de Confucio, que vivió aproximadamente entre los siglos VI y V antes de nuestra era, concede un papel central al cultivo del carácter y a la mejora de las relaciones humanas. Su propuesta no promete una transformación inmediata: invita a practicar una atención constante sobre las acciones propias.

La frase recuerda que los demás pueden ofrecernos dos clases de lecciones, tanto con sus mejores cualidades como con sus errores. La diferencia está en lo que hacemos después de observarlos: quedarnos en la crítica o utilizar esa experiencia para actuar con más conciencia. El verdadero aprendizaje comienza cuando dejamos de mirar al otro únicamente para juzgarlo y empezamos también a preguntarnos qué podemos mejorar nosotros.

© La Razón

La frase de Confucio que desmonta la búsqueda de la pareja perfecta y pone el foco en los principios
  •  

Para qué sirve usar un secador de pelo y una toalla en un radiador: por qué es importante para conservar el calor en casa

Cuando llega el frío, conseguir que la casa mantenga una temperatura agradable se convierte en una prioridad para muchos hogares. Ajustar el termostato, evitar las corrientes de aire y revisar el estado de la calefacción son medidas habituales para mejorar el confort sin disparar el gasto energético. Sin embargo, hay un aspecto del mantenimiento doméstico que suele pasar desapercibido: la suciedad que se acumula en las zonas menos accesibles de los radiadores.

Entre las soluciones que circulan por internet destaca una que requiere apenas dos objetos cotidianos: un secador de pelo y una toalla vieja. La propuesta consiste en utilizar una corriente de aire para desprender el polvo atrapado entre los elementos del radiador y recogerlo después en el suelo. Aunque puede parecer práctica, conviene conocer sus limitaciones y las precauciones necesarias antes de probarla.

Cómo funciona el truco del secador y la toalla

Los radiadores, especialmente los modelos con elementos estrechos o aletas, pueden acumular pelusas y polvo en los huecos interiores. Limpiar esas zonas con un paño convencional no siempre resulta sencillo, por lo que el aire puede ayudar a desprender parte de la suciedad.

El método viral consiste en colocar una toalla debajo del aparato para recoger los residuos mientras se dirige el aire desde la parte superior hacia abajo. Sin embargo, el secador no elimina el polvo: lo desplaza. Las partículas más ligeras pueden quedarse suspendidas en el ambiente o depositarse en muebles y superficies cercanas en lugar de terminar sobre la tela.

Por eso, no es necesariamente la mejor opción para una limpieza habitual. Si se utiliza, debe hacerse únicamente con el radiador apagado y completamente frío, y con el secador desenchufado mientras se prepara la zona. Es imprescindible seleccionar aire frío, mantener el aparato alejado de enchufes y cables y evitar que la toalla entre en contacto con componentes eléctricos.

¿Tener los radiadores limpios ayuda a calentar mejor la casa?

El polvo acumulado puede interferir en cierta medida con la circulación del aire, sobre todo si se forman depósitos abundantes entre las aletas de un radiador. Mantener despejadas esas zonas facilita que el aparato funcione sin obstáculos innecesarios y contribuye a la higiene del hogar.

No obstante, hay que distinguir entre una limpieza útil y un ahorro energético demostrado. Retirar una capa fina de polvo no garantiza una reducción apreciable del consumo. El gasto de calefacción depende de factores como el aislamiento de la vivienda, la temperatura seleccionada, las pérdidas de calor, el sistema instalado y el tiempo que permanece encendido.

Además, conviene no confundir la suciedad exterior con los problemas internos del circuito de calefacción. Si un radiador calienta de forma irregular, presenta zonas frías o tarda demasiado en alcanzar la temperatura habitual, puede necesitar una revisión distinta de la limpieza superficial.

La alternativa más eficaz para retirar el polvo sin dispersarlo

Si el objetivo es limpiar a fondo el radiador, suele ser preferible recurrir a un cepillo flexible específico y a una aspiradora con una boquilla estrecha. Estas herramientas permiten llegar a los huecos y recoger la suciedad en lugar de impulsarla hacia el resto de la habitación.

El procedimiento debe realizarse con la calefacción apagada y el aparato frío. Primero, conviene aspirar los residuos sueltos de la parte superior y de los laterales; después, utilizar el cepillo para alcanzar las zonas interiores accesibles y volver a aspirar el polvo que caiga. Las superficies exteriores pueden repasarse con un paño de microfibra ligeramente humedecido, evitando empapar el aparato o mojar válvulas y componentes eléctricos.

Para conservar el calor en casa, el mantenimiento debe acompañarse de otras medidas con mayor impacto potencial: evitar cubrir los radiadores con muebles o cortinas, purgarlos al comienzo de la temporada cuando corresponda y mantener las ventanas y puertas bien aisladas. El Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) también aconseja regular la temperatura y adaptar el uso de la calefacción a los horarios reales de ocupación.

El secador y la toalla pueden servir como recurso puntual para desprender polvo, pero no son una fórmula mágica para reducir las facturas. Una limpieza que recoja la suciedad, un sistema bien mantenido y una vivienda que pierda menos calor son las claves para aprovechar mejor la calefacción durante el invierno.

© Imagen generada por IA

Para qué sirve usar un secador de pelo y una toalla en un radiador: por qué es importante para conservar el calor en casa
  •  
❌