Burusho, el enigmático pueblo del norte de Pakistán cuyos miembros dicen vivir más de cien años y descender de los soldados de Alejandro Magno




“¿Qué dirá la historia de mí dentro de 600 años? Yo la considero a ella mucho más que los rumores de los actuales". La pregunta de Cicerón (Arpino, 106-Formias, 43 a.C.), dirigida a su estimado amigo Ático, revela una obsesión que lo torturó toda su vida: la posteridad. Dos mil años después sabemos que la vanidad quedó compensada con creces por su genialidad; y aunque sea verdad que la figura de Cicerón nos resulta poco simpática, y buena prueba de ello es que pocos personajes de la Antigüedad han sido tan denostados, no es menos cierto tampoco que la admiración que su prosa ha generado a lo largo de los siglos prueba que su talento estuvo muy por encima de su discutible integridad como político, como persona y como intelectual. El hallarnos frente a un animal político como Cicerón y ante una de las épocas más fascinantes de la historia universal, la de la crisis y final de la República romana, convierte en tentador y temerario a la par el poder contar una vida sobre la que poseemos tantos datos y tan profundamente parciales porque buena parte de lo que sabemos de Cicerón procede del egocéntrico cálamo del propio Cicerón. Francisco Pina Polo, insigne ciceroniano por vocación, que no por convicción, acepta el reto de enfrentarse a la escritura de otra biografía de Cicerón demostrando que la Fortuna siempre premia a los audaces.


© Andrea Izzotti (Alamy / CORDON PRESS) (EL PAÍS)
La visita de los Reyes de España a la republicana Francia estaba anunciada desde agosto de 1976. Era un paso decisivo para la integración del proyecto democratizador de Juan Carlos I en la Europa de la época. Se trataba de acabar con el medio siglo de distanciamiento y zancadillas de Francia a nuestro país. En las 48 horas previas al aterrizaje del avión real en el aeropuerto de Orly, el 27 de octubre, una cadena de potentes explosiones sacudió París. Durante las dos noches anteriores, cinco artefactos estallaron de forma coordinada en diversos puntos estratégicos de París y sus alrededores. Los objetivos seleccionados por los terroristas estaban vinculados a empresas industriales francesas con intereses en España y a sedes de organismos internacionales.
La autoría de estos ataques fue reivindicada por el denominado Grupo de Acción Juvenil y por la organización anarquista «Puig Antich-Oriol Solé», constituida en homenaje a dos militantes del Movimiento Ibérico de Liberación-Grupos Autónomos de Combate. El primero de los citados fue ejecutado en 1974, y el otro, murió como consecuencia de los disparos policiales cuando iba a cruzar la frontera francesa tras fugarse de la cárcel de Segovia en abril de 1976. Al mismo tiempo, organizaciones de la extrema izquierda gala, como la Liga Comunista y el Partido Marxista-Leninista, junto con el Comité de Información y de Solidaridad con España, lanzaron convocatorias de protesta en las calles parisinas para denunciar la «dictadura» de Juan Carlos I.
Ante la inminencia de la llegada de los Reyes y el riesgo manifiesto de nuevas acciones violentas terroristas y callejeras, el Ministerio del Interior francés activó un dispositivo de seguridad de dimensiones colosales. La gendarmería, las Compañías Republicanas de Seguridad y las fuerzas de policía local reforzaron los controles en todas las carreteras fronterizas del País Vasco francés y las principales calles de París. En la capital francesa no iba a moverse un manifestante sin que lo quisiera el Gobierno.
Como parte de estas medidas preventivas, las autoridades francesas decretaron el confinamiento forzoso de once «refugiados políticos», trasladándolos bajo custodia a la isla de Yeu -situada frente a las costas de la región de Vendée- hasta la conclusión de la estancia real el 30 de octubre. Entre los confinados en la isla atlántica figuraban Francisco Celaya, Miguel Uba Otaola, Pedro Goyeneche, Juan María Iraola, José Villar Gurruchaga, José Zapirain, Santiago Zapirain, Gaspar Zubimendi, Juan Ochoantesana, José Garriaga y José Mazusta. Asimismo, más de treinta refugiados residentes en la zona fronteriza fueron obligados a presentarse dos veces al día en las comisarías policiales.
Los activistas de la extrema izquierda, simpatizantes con el terrorismo de ETA y GRAPO en España, persiguieron a los Reyes. La conferencia que el Monarca tenía previsto pronunciar ante los alumnos de la Escuela Politécnica de Palaiseau, a unos 25 km al suroeste de París, fue suspendida a última hora ante el riesgo de un escrache estudiantil violento. La intervención académica fue reemplazada por un acto de profundo calado institucional en la histórica Escuela Militar de París, donde no hubo problemas.
A pesar de la tensión ambiental, a las tres en punto de la tarde del miércoles 27 de octubre de 1976, los dos aviones Mystère que trasladaban a la representación española tomaron tierra en el aeropuerto de Orly. En el pabellón de honor, el presidente de la República Francesa, Valéry Giscard d’Estaing, acompañado por su esposa Anne-Aymone y el Gobierno en pleno encabezado por el primer ministro Raymond Barre, tributó a los Reyes una calurosa recepción de Estado. Aquella visita, gestionada por el embajador secreto de Juan Carlos I, Manuel Prado y Colón de Carvajal, fue difícil de conseguir. Giscard, muy tolerante con ETA, no quería a España en Europa y, como luego confesó el Rey, se trataba de un personaje engreído y vanidoso.
Durante las jornadas siguientes, Don Juan Carlos mantuvo tres entrevistas privadas en el Palacio del Elíseo con el presidente Giscard d’Estaing, mientras los ministros de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja y Louis de Guiringaud, repasaban los aspectos bilaterales en el Quai d’Orsay. Por su parte, la Reina Doña Sofía visitó las excavaciones arqueológicas de Notre-Dame, y ambos Monarcas asistieron a una recepción en el Ayuntamiento de París (Casa de la Villa) donde fueron aclamados por la colonia española y el pueblo parisino. La prensa francesa subrayó el éxito del viaje para el entendimiento bilateral. Aquí, un periodista entrevistó al Rey por la visita y vinculó la democracia con la libertad del activismo de la extrema izquierda. Juan Carlos se revolvió y preguntó: «¿Qué pensarías tú si voy a un pueblo español y se cercan con vallas las calles?».


© GTRES

“People have the power”, canta Patti Smith e parecem acreditar os manifestantes que tumultuam as cidades europeias reclamando um futuro. Mas será mesmo assim nos dias de hoje? A democracia, na clássica definição de Abraham Lincoln, é “o governo do povo, pelo povo e para o povo.” Acontece que, na verdade, a democracia é o governo da maioria. Como elucida Alexis de Tocqueville na obra “Democracia na América”, “em todos os países onde o povo é soberano, é a maioria que governa em nome do povo.” O busílis está no facto de essa maioria ser a maioria dos que votam, o que pode levar a que muitos cidadãos não se sintam verdadeiramente representados pelas instituições democráticas.
Talvez seja esse o caso dos jovens que se manifestam nas cidades europeias, causando aquilo que António Guerreiro apelida de “guerra civil planetária”. O mal-estar social que faz emergir movimentos inorgânicos e leva a contestação às ruas expõe os limites da democracia liberal, num tempo em que o poder é cada vez mais difuso e fragmentado. A hiperpolítica, conceito popularizado pelo historiador Anton Jäger no livro homónimo, invadiu o espaço público entendido quer como conceito urbanístico, quer como conceito filosófico de lugar de debate e formação de opiniões.
A politização exacerbada e contínua do espaço público no seu duplo sentido não trará, muito provavelmente, reformas estruturais ou soluções concretas para problemas coletivos. Quando a maré descer, só ficarão na restinga os despojos da degradação das democracias liberais, bem patente na incapacidade dos governos de exercerem a sua autoridade e de conterem a fúria dos manifestantes dentro dos limites da civilidade democrática. Enquadrar a natureza inorgânica e muitas vezes violenta dos movimentos de rua na organização institucional das democracias é, hoje, um dos principais desafios do poder político nos países ocidentais.
Novas geografias do poder
Historicamente, o poder esteve sempre associado a lugares e símbolos identificáveis: o trono, o palácio, o parlamento, o quartel, a fábrica… O poder tinha um rosto, uma hierarquia e um território. Mesmo quando se encontrava disperso por diferentes instituições, era possível reconhecer os seus centros de gravidade e os limites da sua ação. Hoje, a geografia do poder tornou-se mais complexa. Embora o poder continue a habitar os lugares tradicionais, também circula, e cada vez mais, por redes financeiras, infraestruturas tecnológicas, sistemas de informação, plataformas digitais e mecanismos algorítmicos cuja influência nem sempre é visível.
É atribuída a William Shakespeare a frase “o horror visível tem menos poder sobre a alma do que o horror imaginado.” O problema contemporâneo com o poder é, justamente, a sua invisibilidade aos olhos da maioria dos cidadãos. A questão decisiva do nosso tempo já não consiste, por isso, em saber apenas quem governa. Consiste em perceber quem define as condições em que se governa, quem controla os instrumentos que permitem decidir e quem tem capacidade para impor limites aos decisores.
O poder formal nem sempre coincide com a capacidade real de influenciar os acontecimentos. Um governo empoderado pela legitimidade eleitoral pode, ainda assim, estar condicionado por múltiplos poderes difusos. A distância entre a titularidade formal do poder e a capacidade efetiva de intervenção constitui uma das questões centrais das democracias contemporâneas, como se vê pela inépcia dos governos europeus em encontrar respostas para quem protesta nas ruas.
Tradicionalmente, o poder é distribuído por diferentes esferas que se cruzam e ora cooperam, ora entram em conflito. Grosso modo, o Estado conserva os três monopólios legítimos: legislar, tributar e punir. O poder económico condiciona o investimento, o emprego, os salários e a distribuição da riqueza. O poder tecnológico controla infraestruturas essenciais à comunicação, ao acesso à informação e à gestão de dados. O poder mediático participa na definição dos assuntos que merecem atenção coletiva e influencia a formação da opinião pública. E o poder cultural contribui para estabelecer os valores, as aspirações e as representações através das quais uma sociedade questiona a sua própria condição.
Atualmente, estes poderes continuam a existir e a influenciar o modo de vida nas sociedades democráticas. Mas, entretanto, verificou-se a concentração num número restrito de pessoas, grupos ou instituições de poderes com menor visibilidade e, por isso, menos escrutináveis. O poder contemporâneo já não é piramidal, mas sim uma imbricada rede de relações e dependências. Neste sentido, o exercício do poder depende da posição ocupada nessa rede, dos recursos disponíveis e da capacidade de transformar esses recursos em influência.
Longa manus da tecnologia
Nas novas geografias do poder, o capital, a informação e a tecnologia estão, seguramente, entre os fatores que mais condicionam e influenciam quem decide. No caso da tecnologia, a inteligência artificial veio, aliás, acentuar o carácter concêntrico, etéreo, manipulador e inescrutável dos novos instrumentos de poder. De repente, os centros tradicionais de poder ficaram expostos a mecanismos de influência cuja lógica desconhecemos e muito menos controlamos. A inteligência artificial permite ampliar a vigilância, dificultar a identificação de manipulações e concentrar poder nas organizações que controlam os dados, os modelos e a infraestrutura digital.
O pequeno grupo de oligarcas tecnológicos acumula um poder económico, político e social sem precedentes, através do controlo dos sistemas digitais globais. Dispõe de uma extraordinária capacidade de moldar a opinião pública a partir das redes sociais, de avançar sem regras no desenvolvimento da superinteligência, de investir na reversão do envelhecimento celular, de esboroar as regras da privacidade ou de acelerar a crise ambiental. Tudo isto tem efeitos profundos no funcionamento das democracias liberais e até no equilíbrio geopolítico.
Há poucos dias, as forças militares ucranianas deram conta de que os terminais Starshield começaram, sem aviso prévio, a perder conectividade acima de 160 km/h, dificultando a ação dos drones intercetores usados contra os drones russos impulsionados a jato. As limitações à velocidade da rede de internet via satélite desenvolvida pela SpaceX, de Elon Musk, estão a servir para forçar a Ucrânia a ceder a um acordo de paz (ou de capitulação, na verdade) com a Rússia, como deseja a administração Trump.
Um tech oligarch é, portanto, capaz de influenciar decisivamente o desfecho de uma guerra que está a massacrar um povo e que tem implicações profundas na segurança da Europa. É um sinal dos tempos e representa a tendência para impor o poder pela superioridade tecnológica, através de parcerias entre governos e setor privado. Assim será cada vez mais no futuro, considerando a velocidade de desenvolvimento de tecnologias complexas com fins simultaneamente civis e militares.
É claro que a superioridade económica, tecnológica, energética ou militar sempre ditou as regras no mundo, ao longo da História. A diferença é que o poder hoje é cada vez mais difuso e fragmentado, o que torna difícil o seu controlo, limitação e escrutínio democráticos. Das ruas de Paris aos escritórios de Silicon Valley, das corretoras de Wall Street ao estreito de Ormuz, da linha da frente da Ucrânia às redes de bots, dos campos de morte de Gaza ao luxo de Mar-a-Lago, da opacidade dos offshores à sede da ONU, onde se esconde, afinal, o poder?
