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El partido del amor y de la risa

23 October 2026 at 23:07
Quizá el presidente del Gobierno no es tan buen enamorado ni tan buen actor.

BESO CON BIGOTE DE GAFA CON NARIZ. El beso de Sánchez a Begoña ha estado aleteando toda la semana, pegajosamente, como un murciélago. Planeado como otro episodio de la telenovela de Sánchez, después de los desmayos en la biblioteca, los comisarios malvados, la muerte de la abuelita y los duelos de reojos en la plantación, yo diría que, sin embargo, el beso pinchó enseguida, como esos globos de chicle, como esos besos con globo de chicle de los escolares. Entre la fuerza del amor, bastante forzada, y la fuerza de la necesidad, bastante más evidente, el airoso o membranoso beso quedó aplastado como por un matamoscas. En Espejo Público, José Luis Martín Ovejero, experto en comunicación no verbal, hacía notar que Sánchez abrazó a su mujer con una mano en el atril, una manera rara de abrazar a un amor de telenovela salvo que tengas en la otra mano un florete o las riendas del corcel. También veía a Sánchez tenso e incómodo justo después del beso. Y es verdad, se le ve con los labios apretados, en un gesto que, si no fuera porque conocemos al poeta, al amante, al bandido, al héroe y al cachondo, se diría de asco o, como poco, de vergüenza. Quizá no es tan buen enamorado ni tan buen actor.

Ana Rosa Quintana, que parecía volver a la prensa rosa pero con alfiler, para pinchar ese corazón de chicle electoral como un globo o un cojín con forma de corazón, aguaba la fiesta: “Estamos ante la precampaña del amor. Un amor muy Maduro. Nunca hemos visto un beso menos espontáneo desde la época de los Kirchner (…). Podría ir en el montaje final de Cinema Paradiso con la música de Love Story de fondo (…). Ha sido todo tan cursi que parecía ideado por Iván Redondo”. Pero lo cursi es lo contrario de lo real, y eso en política aún es peor que en la literatura o en la televisión (Iván Redondo era aciago en la política pero sólo es ridículo, como esos videntes fosforescentes y ululantes, en la televisión). “En la vida pública tienes que tener un nivel de pudor”, opinaba Nicolás Redondo Terreros, que de repente parecía desconectado de nuestra impudicia política. En La Roca, Manu Mostaza manifestaba que ese gesto “humaniza al personaje” y produce un efecto “underdog”, o sea simpatía por el débil. Yo diría que no, que destroza al personaje. Sólo la mentira resultaba natural en Sánchez, pero ese beso era tan falso que hasta él sucumbía. Así de mala es la telenovela, que a Sánchez casi se le despega el bigote, ese bigote que ya era de gafa con nariz.


CLAQUÉ EN ADAMUZ. El siniestro Óscar Puente, con su sombra descoyuntada de hombre lobo por las tapias cementeriales de España, acudía a lo de Marc Giró, que es alegre hasta la grima, como esos cuartetos de barbería con canotier, y por tanto igual de siniestro o incluso más. La alegría sin interrupción es siniestra o incluso perversa, como en las sectas, como en Leticia Sabater, como en las mascotas deportivas, como en los tunos. Ni el tuno ni Marc Giró pueden evitar hacer la pingaleta en la tragedia, esa tragedia en la que siempre actúan los tunos o esa tragedia en la que siempre está envuelto el macabro Óscar Puente, con sus hechuras de moverse con guadaña. La polémica ya había empezado con la promo: Puente entraba en el habitual ascensor de Giró, convertido esta vez en autobús o tren, y éste sufría un abrupto parón o choque, cosa que sólo provocaba en el ministro las ganas de tuitear y, luego, en todos, las ganas de bailar. Hay a quien le pareció un insulto a las víctimas de Adamuz, pero yo creo que fue algo más sutil y obsceno.

La alegría sin interrupción es siniestra o incluso perversa: en las sectas y en el ascensor de Marc Giró y Óscar Puente.

Por casualidad o por ósmosis, la moraleja de la promo era puramente sanchista: los accidentes simplemente ocurren, no hay responsabilidad sino sólo resignación, breve duelo y, enseguida, olvido y hasta bailoteo. Y si queda algo de la tragedia, no sólo de Adamuz sino de toda esa filosofía del fracaso y la ineptitud, es sólo la simpática y zapatona autoparodia del político, que pasa de incompetente o criminal a tío enrollado que se ríe de sí mismo. Se ríe de nosotros, en realidad, que solo le faltó ir de tuno o que lo acompañara María Jesús Montero allí en ese ascensor de Giró entre la discoteca y la sala de traumatología. Giró llegó a preguntarle por Adamuz y Puente contestó que la investigación será larga, que “necesitamos trenes nuevos y acabar las obras y, mientras tanto, vamos a sufrir un poco”. Enseguida, el ministro siniestro pero guay y la España sufriente, trágica y salmantina fueron reconducidos hacia la música, las películas y el recitado de Molière, que en Puente parecía un monólogo con calavera, como todo en él. Giró no sólo nos descubría al tierno hombre detrás del caos, sino que no dejó de acompañarlo, durante todo el programa, con una especie de claqué con bastón y canotier. Quizá sólo el claqué puede ser tan siniestro como Puente.


Ni las salvas de aplausos ni el sofá adolescente de Broncano lograron aflojar el rictus de Sánchez.

LA FLOR EN EL CULO. El partido del amor sin duda es también el de la risa, que no sólo hace gracia Óscar Puente tuiteando en un vagón estremecido, sino Sánchez con su “flor en el culo” y su camisa de persona normal, que es como su mono de fontanero o fontanera, allí en el sofá de doritos y pesetones de lo de Broncano. Sánchez es un ventajista, alguien capaz de cualquier cosa pero que sólo se atreve a presentarse ante un cuarentón quinceañero (lo son todos ahora, parece) que sólo le va a decir “qué guapo eso, tío” o “yo no entiendo mucho”, y ante un público a la altura, en una silla de gamer o en una bañera de una demolición, como con resaca o flojera de gomilla de calzoncillo perpetuas. Y ni aun así, ni con ese público de kebab, ni con ese entrevistador tirillas y como deshuesado, que además fue un empeño personal suyo, se le vio cómodo a Sánchez.

Sánchez, de colegueo en el sofá de pelusas y clínex de la adolescencia más adolescente de la historia de España, sólo parecía un quinqui. Hace mucho que lo parece, con las venas de alambre, con los ojos como dados. El seductor se ha consumido bajo el plástico de la piel y en la sonrisa sólo hay miedo y mono. No hay ya manera de disimular eso, y aunque quiera seguir el rollo del panoli que tiene delante todo tiembla por dentro y por fuera. Sánchez no es capaz de fingir los besos de amor ni es capaz de ignorar que está entre el susto, la muerte y el asco. Cuando se reía parecía que abría y cerraba una cremallera, cuando se defendía se le veía el cartón con la caducidad. Ante una gente que votaría a Ignatius Farray, especie de koala totémico que representa la intelligentsia de esta generación, y ante un chaval que le debe la carrera, Sánchez podía decir, por ejemplo, que en el móvil sólo tenía “fotos familiares”, o que “muchas veces los presidentes del Gobierno no saben cuáles son los obsequios que te dan”, y seguir oyendo aplausos. A pesar de todo esto, la tensión, el rictus, no lo abandonaban, y la adrenalina como de lucha o huida, que le salía como por las branquias que casi tiene, mojaba ese sofá ya de por sí muy mojado.

Canten con Silvia: con más gente a favor de Sánchez en cada pueblo y nación habría menos gente difícil y más gente con corazón.

Sánchez es un ventajista, se va a los programas de sus propios empleados, donde solo le van a replicar con una bromilla; se va a seducir a los que ya están seducidos por su propio calcetín o ya no se acuerdan de quién los sedujo, si Aitana o Farray, y aun así se diría que el presidente no lo consigue. Fue gracioso ver La Hora de la 1 el viernes, donde al personal de Silvia Intxaurrondo, monja de excursión sanchista, le parecía que Sánchez había conquistado a la juventud, como el papa, y que nos había ganado a todos mostrándose humano, como si no supiéramos perfectamente lo humano que es. Justo eso es lo que pasa, que el gurú del amor y de la risa ya no tiene nada que enseñarnos que no conozcamos, ni la flor en el culo ni la chorra achistorrada.


ARDE PARÍS. Mientras Sánchez llora y ríe, sufre y ama, se divierte y suda para adentro con su camisa de sudar, Francia arde como en las películas donde arde París, por sus bulevares, sus barquitas, sus sedas, sus campanas, sus libros, sus guerras. Porque aquello ya es una guerra, no una protesta, y la gente ya no sale queriendo cortar una calle sino queriendo cortar gargantas. Delante de la reportera de TVE, con casco de trinchera, un energúmeno se dirigió a la cámara, o sea a toda Europa, o a todo el mundo, y se pasó el dedo por el cuello. Sus motivaciones no parecían guerrilleras ni políticas ni sociales, sino sagradas, porque seguramente lo son. La gran República Francesa, anterior a la americana, aunque construida y dubitada entre más sangre, parecía vencida por una turba que ya no es ideológica ni religiosa ni de clase sino meramente anticivilizatoria. Entremetidos con la izquierda destructora y caótica, pero casi más amparados por los bobos bien pensantes, los nuevos bárbaros ya no se ocultan. Aquí también se van haciendo realidad esos llamamientos a que no haya paz en las calles, que Sánchez lo necesita, y los que están deseando que todo arda se preparan y se regocijan. No está tan lejos París, que el infierno llegó a estar en Montmartre, y la esperanza en su Mayo, y su Napoleón en Madrid, donde ahora, por Sol, quizá vuelvan los mamelucos y los alfanjes.

Los nuevos bárbaros ya no se ocultan.

El Gran Tenedor duerme en casa

16 October 2026 at 23:03
Montse Mínguez defendiéndose en 'Espejo Público' de los "ataques personales" que la han animado a dimitir.

EL ESPEJO DE MEDUSA. Montse Mínguez tenía una portavocía maricarmenista y a la vez, como desveló Artículo 14, un churri desahuciador y Gran Tenedor (hay que ponerlo en mayúscula, que uno lo ve como un título a medio camino entre Gran Maestre y Mesonero Mayor). O sea, que era digna portavoz de este PSOE completamente disociado entre el discurso y los actos. Más que portavoz, Mínguez, con su presencia de Medusa, era algo así como el mascarón de proa del sanchismo, a la vez emblema y ariete. En las televisiones impías ponían las recopilaciones de sus frases sobre vivienda, espantando a los buitres desde la tribuna del Congreso, desde los atriles como brocales, desde la radio como un entresuelo invadido por palomas: “Con los fondos buitre o con las familias”, “de lo que se trata es de que la vivienda sea considerada como un derecho, no como un negocio”, “quieren echar a la gente de sus barrios, que haya desahucios…”. Pero parece que el buitre vive con ella, como en su pelo de nido, como en la paja de su discurso, y que el Gran Tenedor, como el Gran Satán, duerme en casa.

Ante Susanna Griso, Mínguez, incluso desplumada de discurso y hasta de pelo, o precisamente por eso, seguía siendo una purista. Se quejó del “ataque personal”, “lo peor de la política”, como si el PSOE no lo usara, y mejor; como si ellos no hubieran llegado a la alcoba chorreante y al cuello de cisne de Ayuso o Feijóo, y, sobre todo, como si una incoherencia personal pudiera ser otra cosa que eso, personal. Olvidó de repente la justicia de las calles, y esa moral de los lagrimones como aldabas, para pasar a la estricta ley, a la “empresa que se dedica al alquiler y cumple la legalidad”, como si no hicieran eso mismo los fondos buitre, los Grandes Tenedores pantagruélicos, los caseros que desclavan ancianas de sus camas, todo lo que sale en sus discursos y en sus telepedros como puro mal. Susanna Griso le recordaba que ella había llamado a la empresa del caso de Maricarmen “pyme carroñera”, y eso que sólo tenía ese piso. Pero era un piso simbólico, paradigmático, modélico, algo como el piso piloto de la estrategia sanchista, con su gancho de olor a muerto como el gancho del olor a nuevo.

Mínguez era puro sanchismo, pillado y desentendido en “0,2”, que eso dijo ella, que “se desconectaba en 0,2” si seguían atacándola con sus contradicciones, ese espejo de Medusa. “Si hay un inquilino que no paga, se le desahucia”, llegó a declarar, indistinguible de los fachas crucíferos. Aunque tampoco pasa nada con las contradicciones si se olvidan o se obvian y enseguida se pasa a reconducir la realidad hasta el relato, justo lo contrario de lo que debería hacer la política: “Estamos hablando de un tema que es el derecho a la vivienda, y para defender el derecho a la vivienda estamos los socialistas”. Mínguez, mascarón y aldabón de fiera, ya es la nueva heroína y mártir del PSOE, no sólo acribillada por la verdad sino por ella misma, que no puede haber cosa más facha ni más sanchista.


Felipe de paisano, un rey consolador.

MARRUECOS CON FRAGATA Y EL REY CON SUVENIRES. El rey Felipe, de paisano, no iba a Ceuta a espantar fragatas marroquíes ni a plantar las nuestras, que parece que sólo las sacamos en musicales o para colgar luces de la patrona. El rey iba a consolar al pueblo, que tenía él algo de padre o tío con regalo de la Península a Ceuta, regalo inverso al que nos hacía ilusión de pequeños, esos relojes o radios que parecían traídos de una aventura en Cipango. Se nos había pasado ese detalle, el rey de paisano, el rey de caramelos, el rey de los autógrafos de tenista, hasta que en Espejo público el general Rafael Dávila explicó que, siendo la primera vez que el rey va a Ceuta, tendría que haber sido recibido con honores militares, revista a la tropa, corona floreada de salvas y palomas espantadas. Recordaba yo el otro día a ese general como un acerico de estrellas que visitaba mi cuartel y ante el que había que presentar fusiles, botas y peroles relucientes, y no caímos en que a Ceuta llegaba el rey como capitán general y lo recibían como si fuera David Bustamante. Parece que el Gobierno sólo permite que hagan alarde militar por allí los marroquíes, mientras nuestros soldados van con escoba, como yo en la mili, y nuestro rey va con suvenires.

El general Dávila se fijó en el detalle que se nos había pasado.

Esta semana hemos conocido que, durante el asalto a Ceuta, buques de guerra marroquíes llegaron a entrar en aguas españolas, y hasta pesqueros más o menos camuflados, como esos pesqueros rusos, sospechosos de farol y quietud, de la Guerra Fría. Para el general Dávila no había duda de que esos movimientos, junto con la presencia de agentes y militares marroquíes entre los asaltantes y la atención de satélites espías, fueron planeados por un Estado Mayor. Nuestro Gobierno mandó sus fragatas de la Virgen, pero con discreción y como a vela, como el propio rey, y aquí no nos enteramos de nada. El viernes, las noticias de Antena 3 nos contaban que, según fuentes policiales, habría habido tres incursiones de buques marroquíes, la última el jueves, aunque el Gobierno lo desmiente. En los viejos tiempos, nos enterábamos hasta de que un Mig había hecho una pasada rasante, precisamente para que tomáramos conciencia de la amenaza, del enemigo, pero con Marruecos no pasa eso. Marruecos no es tratado por Sánchez como una amenaza sino como un vecino más despistado que molesto, al que se le cuela una fragata como una rama del plátano de sombra en tu jardín, sin mala intención. Al intentar explicar lo inexplicable, o mejor lo que tiene una explicación inconveniente, nuestro Gobierno, por supuesto, se lió de nuevo.

Vicente Vallés, que no necesita ni énfasis ni floripondios, que practica como un aikido del periodismo para desarmar la política con sus propios actos y palabras (como otro espejo de Medusa con frialdad de bandeja de riñón), iba haciendo rodar a los ministros. Ángel Víctor Torres calificaba el incidente de “rutinario” y Elma Sáiz de “puntual”, algo que hacía señalar a Vallés que “o fue puntual o fue rutinario, pero las dos cosas a la vez resultan difíciles de cuadrar”. Y aún más difíciles de cuadrar, continuaba, con la tercera versión, la de Félix Bolaños ante Ferreras, que explicaba que no se había divulgado el incidente (él único reconocido, de momento) simplemente porque “afecta a la seguridad nacional”. Apuntaba Vallés que se entiende que no se difunda información sobre detalles militares, pero no el hecho en sí. La verdad es que desvelar el incidente no menoscaba en nada nuestra seguridad nacional, sólo la tranquilidad de Marruecos y, claro, la imagen de un Gobierno que prioriza esa tranquilidad de Marruecos, que quizá también es la suya, a la tranquilidad de Ceuta y toda España. Tan tranquilo estaba Sánchez confundiendo cañoneras con plátanos de sombra que luego se fue a la Mareta, efectivamente, a buscar sombra y a no dar guerra.

Vicente Vallés surfeando las contradicciones del Gobierno en Ceuta.

PURGATORIO SIN SÁNCHEZ. Silvia Intxaurrondo, monja con pizarrín del sanchismo, no pudo sino escandalizarse, exactamente como esa monja del sanchismo, dejando caer el pizarrín y levantando las cejas como manos que claman al cielo. Quien había provocado su escándalo era la descocada Irene Montero, sacerdotisa de esa izquierda blasfema que a veces siente la necesidad de blasfemar contra otras izquierdas e incluso contra el propio Sánchez, que les dio el sustento. Le había preguntado Intxaurrondo a Montero, como la monja que pregunta la lección, si Podemos se iba a integrar en el Frente Amplio, e Irene Montero contestó que no. Fue como si hubiera contestado “no” a una pregunta no política sino teológica, como si hubiera contestado “no” a la primera y fundante pregunta del catecismo de Ripalda, ese “¿sois cristiano?” que no cabía contestar sino con toda la gracia del Señor y toda la inconsciencia de los chiquillos. Intxaurrondo, con las cejas en el cielo, como alas devotísimas e iracundas, incrédula pero aún piadosa, parecía darle otra oportunidad: “¡¿No?¡”. Montero sonreía satánicamente, como comulgando su chicle de fresa de colegiala perversa, y repetía: “No”.

Solo sí es sí y no es no: Montero desafiando descarada a una incrédula Intxaurrondo.

La izquierda unida es un oxímoron. La izquierda verdadera está hecha de purismos que se desprecian, de sectas que se odian, de mesías que se arrancan las barbas, las cejas y los aperos herreros y guerrilleros unos a otros. El único que quiere una izquierda unida es Sánchez, ni siquiera Rufián, que sólo está buscando nuevo acomodo. Después de ser algo así como el mozo de cuadra castigador de Sánchez, se prepara para volver a ser ese corresponsal ateo, cínico y amargo del independentismo en el Vaticano del Estado español. También Irene Montero busca su sitio, no ideológico sino físico, su escañito como una mecedora de abuela, que ella ya parece la abuela del negocio de su populismo, como la abuela con negocio de confituras. Igual que Ada Colau busca su mitología, siempre sacrificial y llagosa, y Maíllo yo creo que busca, aristotélicamente, algún punto entre la utopía y el posibilismo. Cuando escribo aún puede haber sustos, apreturas y recolocaciones en esta izquierda extrema que, además, también parece izquierda terminal, con mucho menos para repartir y más para pelear. Pero lo cierto es que cada uno busca su sitio, su cuartel de invierno, su consuelo, su tabernita o su chocita, que la izquierda tiene muchas. La sorpresa de Intxaurrondo, la incredulidad de Intxaurrondo, que luego le dio mucha caña a Irene Montero, con aires de venganza divina, es la sorpresa y la incredulidad del sanchismo que no quiere darse cuenta de que hasta su izquierda fervorosa empieza a buscarse la vida o el purgatorio sin él.

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