«Tony»: la salvaje juventud de Anthony Bourdain se queda a medio cocinar
Se cuenta que, en 1671, al cocinero y maître François Vatel se le encargó organizar una enorme celebración para recibir al rey Luis XIV. Lo que debía salir perfecto ya empezó regular: la corte llegó con miles de cortesanos adicionales con los que no se contaba, lo que hizo que la comida de la primera noche fuese insuficiente; el elaborado espectáculo de fuegos artificiales preparado para esa misma velada falló debido al clima y, para colmo, el pescado que debía llegar para el banquete de la segunda jornada se retrasó. Vatel, angustiado y convencido de su fracaso, se quitó la vida con su propia espada. El pescado restante llegó apenas unas horas después de su suicidio y el banquete pudo celebrarse sin mayores complicaciones.
En «Tony», que acaba de llegar a Prime Video, el chef magistralmente interpretado por Antonio Banderas le cuenta esta historia al personaje de Dominic Sessa, que da nombre a la película. No es casualidad, ya que este Tony no es otro que Anthony Bourdain, una de las figuras más complejas de la cultura contemporánea. Chef, escritor y presentador de programas míticos como «Sin reservas» o «Lo desconocido», vio su vida marcada por los excesos, las adicciones, las tendencias autodestructivas y una tormentosa vida sentimental, ingredientes todos ellos de su trágico final: en 2018, se suicidó en la habitación de su hotel en Francia. La misma Francia donde, 347 años antes, lo había hecho Vatel.
La película dirigida por Matt Johnson —que ya se adentró en el terreno de los hechos reales con «BlackBerry» (2023) y que el año pasado nos dejó una obra enormemente reivindicable como «Nirvanna the Band the Show the Movie»— es, a su manera, un biopic. Uno, eso sí, bastante particular. Más allá de sumarse a la acertada tendencia del género de no contar una vida completa, sino ceñirse a una etapa concreta, «Tony» condensa y deforma los veranos que el jovencísimo Bourdain —Dominic Sessa, demostrando que lo de «Los que se quedan» no fue flor de un día— pasó en Provincetown, una pequeña localidad de Cabo Cod, Massachusetts. Allí, el por aquel entonces aspirante a escritor (la película arranca con él solicitando una beca para su primera novela mientras estudia en Vassar) sirvió como pinche y lavaplatos en la marisquería The Flagship durante varios veranos, aquí unificados. Tras el rechazo de dicha beca, llega la huida hacia delante del joven chef, incapaz de admitir la negativa ante su entorno y decidido a perseguir a Nancy Putkoski (su esposa durante veinte años, aquí interpretada por Emilia Jones). En Provincetown, Tony —porque Anthony solo le llama su madre— es acogido por el personaje de Antonio Banderas, un chef estricto y devoto del que nadie sabe ni el nombre ni la procedencia, y pronto pasa a formar parte de la disfuncional familia del restaurante, donde encontramos a tipos tan dispersos como Sal (Leo Woodall) o tan entrañables como Stavros (Stavros Halkias).
Durante su primera mitad, en la que se narra esta turbulenta llegada, la película de Matt Johnson es un excelente y frenético viaje que bien podría estar dirigido por los hermanos Safdie. El retrato de esta especie de adopción es canalla, sucio y callejero, un auténtico festival de sexo, drogas y rock and roll sostenido —como el resto de la película, eso se mantiene— por las soberbias interpretaciones de Sessa, Woodall y, especialmente, nuestro Antonio Banderas, que ejerce como padre y mentor de Bourdain y aporta temple y humor. Porque Johnson, entre otras cosas, es un gran escritor de comedia, y esto es patente en «Tony». Es una pena que, en su ecuador, a la cinta se le corte la cocción y su director parezca recordar que está haciendo un biopic. Es aquí donde «Tony» baja las revoluciones, corta el mojo que arrastraba y deja en evidencia sus costuras. La película desplaza el foco de esa cocina sacada de «The Bear» y sus integrantes a la problemática relación entre Bourdain y Putkoski. Problemática por su propio concepto —ficcionado, pues Bourdain nunca la siguió a Provincetown—, que se mueve en la fina línea entre el romanticismo exacerbado y el acoso; por la alarmante falta de química entre sus actores y por lo pobremente escrito que está el personaje de Jones, que parece figurar para poco más que provocar celos, motivar y movilizar a nuestro protagonista. A partir de ahí, Johnson recurre a todos los tics y tópicos del biopic y, pese a seguir regalando escenas y momentazos, principalmente por el carisma de sus actores, la película encalla en lo emocional.
El final, un último recordatorio del tipo de película que vemos, es facilón y pone el broche a un viaje que pierde la osadía con la que arranca. Un acobardamiento algo incomprensible, teniendo en cuenta el innegable talento de su director, el carácter punk y ácrata de la figura que se retrata y, sobre todo, la decisión inicial de no seguir a pies juntillas los hechos reales. Aun así, «Tony» es un viaje en el que merece la pena embarcarse, sea uno más o menos fan de la figura de Anthony Bourdain, aunque solo sea por disfrutar de ese trepidante primer acto, de ese humor desvergonzado y de Antonio Banderas haciendo kétchup casero con una planta que ya quisieran muchos.


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