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Óscar Puente, profecía de muerte

28 October 2026 at 18:28
Rueda de prensa de Óscar Puente tras el accidente de trenes en Toledo.

Óscar Puente es ese esbirro de mazmorra con potro y hachón, es el ogro de los cuentos que nos cuenta él mismo, es un ministro con veinte pulgares y pico de pato, es la misma muerte bamboleante, como un camello desfondado en el desierto, con vocación de costillar seco y lengua de arena. Óscar Puente es el Igor de Sánchez, es el hombre del saco, es el percherón que relincha, es la guadaña de mondadientes, la boca de cepo y la piel de púas; es el chato de la banda, el cantinero de los muertos, el enterrador de lo público bajo la luna gótica, decadente y putrefacta del sanchismo. Puente es el gafe que sólo es incompetente, es el matón que sólo es cobarde, es el torpe que sólo es vago, es el ministro con menos ministerio de todo este Gobierno sin responsabilidades, es el icono de zócalo tercermundista de esta España ya tercermundista, que empieza un viaje en Madrid y se despeña como por Bombay. Sí, Puente es el político tercermundista, con arboladura tercermundista de matarife trepa, en la España ya tercermundista de la corrupción y la propaganda, en la que sólo funciona lo que va bajo mordida, la España tercermundista de los presidentes con bailecito de cocos, besitos con hilillo de asco y kermés televisiva. Óscar Puente, con alma y faz de pez negra, nunca tuvo que estar en un gobierno y ahora no puede seguir ni de ministro ni a la vista.

Lo que ha pasado aquí, ya dos veces en apenas diez meses, no debería haber pasado. Que en Europa, en 2026, los trenes de alta velocidad se paren, choquen, vuelquen, vuelen, ardan como si fueran caravanas de colonos por un Oeste castellano o bandolero; que gente que sólo iba a sus casas, o al curro, o al hospital, o la facu, o a ver a la novia, esa novia oblicua, triste y alegre de todas las estaciones de tren, terminen aterrados, abandonados, perdidos, heridos o muertos, como si el tren pasara por territorio comanche, eso no debería pasar. La gente no debería subir a un tren persignándose, con testamento y amuleto, con cerbatana y cantimplora, con alforja y faca, menos aún subirse para no llegar. Sí, esto no debería pasar, pero si además los responsables no se dedican a lo que deberían, sino a bailar con osos de peluche, más como pervertidos que como irresponsables o frívolos, como hizo Puente con Marc Giró, a estar todo el tiempo dando zascas con azadón y tuiteando con el sobaco, ese sobaco parlante de Puente, todavía peor. Ya glosaba yo el otro día que, en lo de Marc Giró, Puente se atrevió a decir que lo único que pasaba es que había muchas obras y que los trenes eran viejos. “Mientras tanto, vamos a sufrir un poco”, remató. Vamos a sufrir y hasta a morir.

Óscar Puente es el sanchismo montuno, es la política a coces, es la cara dura sin afeitar, es el tercermundismo aceptado e innegable, como si viniera a vernos, haciendo promesas y espantando moscas, un ministro montado en burro. Pero, sobre todo, Óscar Puente es la profecía de muerte que nos traía la misma Muerte, el innegable aviso de la muerte por su propia mano. No sólo por esas hechuras que tiene él de moverse siempre con guadaña, que decía yo el otro día también, sino porque ya habíamos visto la muerte o la inminencia de la muerte, pasando rasante y rozante por la ventanilla de los trenes. Y habíamos visto también al mismo Puente huyendo de todo con su pesado aleteo de vampiro gallináceo. Todos los que cogemos ese tren para desandar hasta el pueblo o hasta el amor sabíamos, antes de Adamuz y después de Adamuz, hace dos años, hace un año y hoy mismo, que aquello no funcionaba.

Tiene que irse él, y también todo el sanchismo, a pastar por ahí, a esperar abandono o sentencia justo por donde se pierden, a veces para no volver, nuestros trenes, nuestros amigos, nuestros familiares

No era normal el tren colgado de un cable o varado en el campo, esperando la puesta de sol o el sacrificio final, como una vaca; no eran normales los retrasos, los meneos, los sustos, los tabardillos, los avemarías, los silencios y las excusas. Lo que ha pasado, otra tragedia que, recuerden, según Sánchez pasa porque “desgraciadamente, los accidentes ocurren”, no sería normal ni aunque volvieran a conducir los trenes con gorra de deshollinador, menos con los actuales sistemas automáticos. Pero parece que esos sistemas, ahora, se pueden desactivar con aquellos silbatos, banderines o faroles de factor de estación, que a ver para qué tanta modernidad. El caso es que la tragedia ha vuelto a ocurrir y el Gobierno dice (lo dijo prontísimo, como espantando, antes que nada, otra vez, su responsabilidad) que ha sido un “error humano”, algo que ya es una confesión. Quiero decir que el que pueda haber un error humano ya significa que el sistema no funciona. Sabíamos que no funcionaba, cuando estábamos en el tren esperando el veredicto del azar como el del médico, y lo sabía también Puente mientras hacía discoteca por el ministerio o ministerio por las discotecas.

Óscar Puente es el matasiete con escolta, es el gigantón deshuevado, es el ministro altanero que en realidad está hundido dentro de sí mismo, dentro de su chaqueta como una escombrera de huesos, igual que todos los cobardes y los impostores. Óscar Puente, que con lo de Adamuz decía que “él no ha soldado las vías”, que ante la nueva tirada de los dados o ante el nuevo vuelo de la guadaña decía que “la probabilidad de que otro accidente de estas características se produzca es bajísima, tranquilidad”, que ante el miedo de ese españolito que tomaba el tren como la diligencia decía que “el miedo es libre”, que ante la incredulidad de los propios muertos decía que “el tren vive en España el mejor momento de su historia”; Óscar Puente, en fin, se dispone a repetir todo su repertorio de cabezadas, pretextos y, pronto, chistes y bailoteos. Óscar Puente, pajarraco de las tumbas, manijero de las desgracias, tuitero en su ministerio, perezoso en su rama, último regalito del aciago sanchismo y, sin duda también, herencia de la pasividad, el sectarismo, el cinismo y el negocio de tantos, no debe continuar ni en el Gobierno ni a la vista. Tiene que irse él, y también todo el sanchismo, a pastar por ahí, a esperar abandono o sentencia justo por donde se pierden, a veces para no volver, nuestros trenes, nuestros amigos, nuestros familiares, nuestras novias de ventanilla, con toda la luz de la vida y de las promesas en los ojos.

El infierno en las calles

25 October 2026 at 23:06

Dijeron que no habría paz en las calles y la promesa se va cumpliendo. La llama de la revolución prende fácil en esta izquierda como de celofán, aunque en realidad no se hace la revolución robando enmascarado una consola, como un panal, ni representa ninguna democracia nueva, vieja u olvidada prenderle fuego a ésta como si fuera un establo. Aunque la izquierda intente desmarcarse de los saqueos y los disturbios, los vándalos no hacen sino aprovecharse del caos que ella está provocando y promoviendo, con su reivindicación y su estética de las muchedumbres, la lucha, la fuerza bruta, la justicia o el desquite por la propia mano, esa “moral de linchamiento” que Bertrand Russell achacaba a los puritanismos. La izquierda, con sus tocas pacifistas, su plumaje de besos y su herpes del amor, pasa pronto al tumulto o la guerrilla, no porque cambie de principios sino porque sólo cambia de táctica. El pueblo es sabio hasta que te da la espalda y la democracia es aceptable hasta que no te votan ni los que van a tu tasca a vomitar sobre el serrín las bolas de pelo de las barbas de sus profetas. Entonces, recuerdan las injusticias eternas y los fetiches históricos, cae uno en que es sindicalista con camisa de leñador o profesor de un instituto con humedades arqueológicas, y salen a tomar la calle precisamente porque no es suya, que a ver si no para qué.

La izquierda admira ese fuego en el que arde la democracia, sea por su mano o por otra mano cercana o lejana pero en todo caso aliada, amiga, que aquí les vale igual Sánchez, Putin, China o Irán. La izquierda admira cómo arden, igual que un museo de cera, los ayuntamientos a vela, las tiendas todas como de jerséis y peluquines de rico, las calles mojadas de madrugada como de gasolina, las góndolas de las diosas y los caballos de los tejados, que hasta en el barroquismo o neoclasicismo de las ciudades (va por barrios) se nota el avasallamiento capitalista, que es como veneciano. No está seguro uno de qué busca la izquierda, por lo menos aquí, saliendo a la calle con cacerola, antifaz o mechero. No puede ser el poder porque ya lo tenían, o al menos tenían ministerios grandes, esponjosos y chorreantes como tartas nupciales, muy bien repartidos en el banquete. Tampoco puede ser la justicia, porque el pobre, el currante y el que vive bajo un chubasquero en un zulo abuhardillado han seguido en su continuidad y resignación históricas aun gobernando ellos, o sobre todo gobernando ellos.

La izquierda admira ese fuego en el que arden sus enemigos o sus fetiches, como una iglesia que arde, como un palco que arde, pero no se trata sólo de volver al fuego atávico y ritual, para el que, por otro lado, tampoco necesitan muchas razones. Se trata, sobre todo, de supervivencia. Cuando al personal le parece que la izquierda, o al menos cierta izquierda, allí pasando la esquina de la socialdemocracia como pasando el estanco, no sirve para nada, ni para gobernar ni para quejarse, se hace necesario inventar una utilidad fuera de los ministerios y fuera del sistema. Ahí es cuando vuelve otra vez la Revolución, o al menos el remedo de Revolución, prendiendo fuego a esa realeza de la ciudad que son las boutiques o las fuentes con estatua. Quieren que pensemos que la izquierda es útil incluso, o sobre todo, cuando no gobierna. O que, una vez encendida la llama poética y material de la Revolución, si llegan a gobernar otra vez, si vuelven a sus ministerios achampanados, sí se podrán cambiar las cosas. En democracia nunca consiguen nada y sustituyendo la democracia por sus utopías sólo consiguen ruina, miseria, crueldad y corrupción. Esta Revolución o amago de Revolución, esta purificación por el fuego y por el hierro, esta cosa un poco vikinga que tiene la izquierda, este éxtasis por la violencia propia o prestada, les sirve como reinicio del cuento. En realidad sólo quieren que les vuelvan a votar para el ayuntamiento navideño o para el escañito como un trono de casita de chocolate, que entonces se acabarán todos los fuegos.

En democracia nunca consiguen nada y sustituyendo la democracia por sus utopías sólo consiguen ruina, miseria, crueldad y corrupción"

La izquierda sólo quiere reiniciarse, que ahora está atascada como la roomba, y seguir sobreviviendo. En cuanto a los demás encapuchados, van a lo suyo: el que quiere la consola va a por la consola y el que quiere el caos va a por el caos, que es un fin en sí mismo cuando buscas la destrucción. Sánchez no sé si aún tiene la esperanza de sobrevivir (a las elecciones, a la verdad y a la Justicia), aunque alguien que lo fía todo a campañas que duran tres días, a hacer de travoltín con paquetón de calcetín, a aparecer ante el Guernica como haciendo un anuncio de Micolor, a salir en televisión intentando hacer chistes con su cara de tambor muy tensado; alguien así, decía, me parece que ya lo da todo por perdido. Pero, si hay alguna oportunidad, sabe que está en el caos. Sánchez sigue su plan, que es que arda todo para poder escaparse entre las llamas, como un terminator. La izquierda sigue su plan, que es renacer de las cenizas, las virutas y el fracaso cada cierto tiempo. Y tambíen Putin, China e Irán siguen sus planes de guerra híbrida contra Occidente. Y todos ellos se ayudan y se retroalimentan. La izquierda en el caos parece más poderosa, Europa en el caos parece ya derrotada, y la civilización en llamas les suena al paraíso a los infames y fanáticos cabreros islamistas. Hay que persistir, pues, en la civilización y en la democracia, que es lo contrario a que las ciudades ardan por culpa no sólo de encapuchados sino también de maestritos.

Por diferentes razones, con diferentes actores pero con esa sincronía que a veces presta la historia, arde Francia como una barquita, arde Italia como un telón, arde Barcelona como una fachada o una mecedorita de Gaudí, y puede arder toda España o toda Europa por ese conjuro del fanatismo o de la estupidez capaz de hacer que ardan la piedra, el agua, la libertad y hasta la verdad como si sólo ardiera un cuadro. El afán destructor de la izquierda se ha unido al afán destructor de minorías anticivilizatorias, de potencias extranjeras y hasta de Sánchez, que es el gran destructor, como un meteorito o una bestia apocalíptica. La violencia siempre ha sido el medio más directo para conseguir cualquier cosa, algunos dirían que el medio natural. La mayoría de la historia de la humanidad no es sino violencia pura más o menos organizada, y desde Homero o Plutarco hasta ahora mismo seguíamos considerando grandes hombres a ambiciosos sanguinarios. La paz es un lujo, además de la prueba de que nuestra democracia liberal es, de momento, la cumbre de la civilización. Por eso la atacan los totalitarios, los autócratas, los fanáticos, los primitivos con su fuego primitivo. También los de aquí, al menos hasta que consigan otro gobiernito de progreso y otro ministerio de mantequilla. Y ya, hasta la próxima vez que necesiten la carnaza del pueblo y el infierno en las calles.

El partido del amor y de la risa

23 October 2026 at 23:07
Quizá el presidente del Gobierno no es tan buen enamorado ni tan buen actor.

BESO CON BIGOTE DE GAFA CON NARIZ. El beso de Sánchez a Begoña ha estado aleteando toda la semana, pegajosamente, como un murciélago. Planeado como otro episodio de la telenovela de Sánchez, después de los desmayos en la biblioteca, los comisarios malvados, la muerte de la abuelita y los duelos de reojos en la plantación, yo diría que, sin embargo, el beso pinchó enseguida, como esos globos de chicle, como esos besos con globo de chicle de los escolares. Entre la fuerza del amor, bastante forzada, y la fuerza de la necesidad, bastante más evidente, el airoso o membranoso beso quedó aplastado como por un matamoscas. En Espejo Público, José Luis Martín Ovejero, experto en comunicación no verbal, hacía notar que Sánchez abrazó a su mujer con una mano en el atril, una manera rara de abrazar a un amor de telenovela salvo que tengas en la otra mano un florete o las riendas del corcel. También veía a Sánchez tenso e incómodo justo después del beso. Y es verdad, se le ve con los labios apretados, en un gesto que, si no fuera porque conocemos al poeta, al amante, al bandido, al héroe y al cachondo, se diría de asco o, como poco, de vergüenza. Quizá no es tan buen enamorado ni tan buen actor.

Ana Rosa Quintana, que parecía volver a la prensa rosa pero con alfiler, para pinchar ese corazón de chicle electoral como un globo o un cojín con forma de corazón, aguaba la fiesta: “Estamos ante la precampaña del amor. Un amor muy Maduro. Nunca hemos visto un beso menos espontáneo desde la época de los Kirchner (…). Podría ir en el montaje final de Cinema Paradiso con la música de Love Story de fondo (…). Ha sido todo tan cursi que parecía ideado por Iván Redondo”. Pero lo cursi es lo contrario de lo real, y eso en política aún es peor que en la literatura o en la televisión (Iván Redondo era aciago en la política pero sólo es ridículo, como esos videntes fosforescentes y ululantes, en la televisión). “En la vida pública tienes que tener un nivel de pudor”, opinaba Nicolás Redondo Terreros, que de repente parecía desconectado de nuestra impudicia política. En La Roca, Manu Mostaza manifestaba que ese gesto “humaniza al personaje” y produce un efecto “underdog”, o sea simpatía por el débil. Yo diría que no, que destroza al personaje. Sólo la mentira resultaba natural en Sánchez, pero ese beso era tan falso que hasta él sucumbía. Así de mala es la telenovela, que a Sánchez casi se le despega el bigote, ese bigote que ya era de gafa con nariz.


CLAQUÉ EN ADAMUZ. El siniestro Óscar Puente, con su sombra descoyuntada de hombre lobo por las tapias cementeriales de España, acudía a lo de Marc Giró, que es alegre hasta la grima, como esos cuartetos de barbería con canotier, y por tanto igual de siniestro o incluso más. La alegría sin interrupción es siniestra o incluso perversa, como en las sectas, como en Leticia Sabater, como en las mascotas deportivas, como en los tunos. Ni el tuno ni Marc Giró pueden evitar hacer la pingaleta en la tragedia, esa tragedia en la que siempre actúan los tunos o esa tragedia en la que siempre está envuelto el macabro Óscar Puente, con sus hechuras de moverse con guadaña. La polémica ya había empezado con la promo: Puente entraba en el habitual ascensor de Giró, convertido esta vez en autobús o tren, y éste sufría un abrupto parón o choque, cosa que sólo provocaba en el ministro las ganas de tuitear y, luego, en todos, las ganas de bailar. Hay a quien le pareció un insulto a las víctimas de Adamuz, pero yo creo que fue algo más sutil y obsceno.

La alegría sin interrupción es siniestra o incluso perversa: en las sectas y en el ascensor de Marc Giró y Óscar Puente.

Por casualidad o por ósmosis, la moraleja de la promo era puramente sanchista: los accidentes simplemente ocurren, no hay responsabilidad sino sólo resignación, breve duelo y, enseguida, olvido y hasta bailoteo. Y si queda algo de la tragedia, no sólo de Adamuz sino de toda esa filosofía del fracaso y la ineptitud, es sólo la simpática y zapatona autoparodia del político, que pasa de incompetente o criminal a tío enrollado que se ríe de sí mismo. Se ríe de nosotros, en realidad, que solo le faltó ir de tuno o que lo acompañara María Jesús Montero allí en ese ascensor de Giró entre la discoteca y la sala de traumatología. Giró llegó a preguntarle por Adamuz y Puente contestó que la investigación será larga, que “necesitamos trenes nuevos y acabar las obras y, mientras tanto, vamos a sufrir un poco”. Enseguida, el ministro siniestro pero guay y la España sufriente, trágica y salmantina fueron reconducidos hacia la música, las películas y el recitado de Molière, que en Puente parecía un monólogo con calavera, como todo en él. Giró no sólo nos descubría al tierno hombre detrás del caos, sino que no dejó de acompañarlo, durante todo el programa, con una especie de claqué con bastón y canotier. Quizá sólo el claqué puede ser tan siniestro como Puente.


Ni las salvas de aplausos ni el sofá adolescente de Broncano lograron aflojar el rictus de Sánchez.

LA FLOR EN EL CULO. El partido del amor sin duda es también el de la risa, que no sólo hace gracia Óscar Puente tuiteando en un vagón estremecido, sino Sánchez con su “flor en el culo” y su camisa de persona normal, que es como su mono de fontanero o fontanera, allí en el sofá de doritos y pesetones de lo de Broncano. Sánchez es un ventajista, alguien capaz de cualquier cosa pero que sólo se atreve a presentarse ante un cuarentón quinceañero (lo son todos ahora, parece) que sólo le va a decir “qué guapo eso, tío” o “yo no entiendo mucho”, y ante un público a la altura, en una silla de gamer o en una bañera de una demolición, como con resaca o flojera de gomilla de calzoncillo perpetuas. Y ni aun así, ni con ese público de kebab, ni con ese entrevistador tirillas y como deshuesado, que además fue un empeño personal suyo, se le vio cómodo a Sánchez.

Sánchez, de colegueo en el sofá de pelusas y clínex de la adolescencia más adolescente de la historia de España, sólo parecía un quinqui. Hace mucho que lo parece, con las venas de alambre, con los ojos como dados. El seductor se ha consumido bajo el plástico de la piel y en la sonrisa sólo hay miedo y mono. No hay ya manera de disimular eso, y aunque quiera seguir el rollo del panoli que tiene delante todo tiembla por dentro y por fuera. Sánchez no es capaz de fingir los besos de amor ni es capaz de ignorar que está entre el susto, la muerte y el asco. Cuando se reía parecía que abría y cerraba una cremallera, cuando se defendía se le veía el cartón con la caducidad. Ante una gente que votaría a Ignatius Farray, especie de koala totémico que representa la intelligentsia de esta generación, y ante un chaval que le debe la carrera, Sánchez podía decir, por ejemplo, que en el móvil sólo tenía “fotos familiares”, o que “muchas veces los presidentes del Gobierno no saben cuáles son los obsequios que te dan”, y seguir oyendo aplausos. A pesar de todo esto, la tensión, el rictus, no lo abandonaban, y la adrenalina como de lucha o huida, que le salía como por las branquias que casi tiene, mojaba ese sofá ya de por sí muy mojado.

Canten con Silvia: con más gente a favor de Sánchez en cada pueblo y nación habría menos gente difícil y más gente con corazón.

Sánchez es un ventajista, se va a los programas de sus propios empleados, donde solo le van a replicar con una bromilla; se va a seducir a los que ya están seducidos por su propio calcetín o ya no se acuerdan de quién los sedujo, si Aitana o Farray, y aun así se diría que el presidente no lo consigue. Fue gracioso ver La Hora de la 1 el viernes, donde al personal de Silvia Intxaurrondo, monja de excursión sanchista, le parecía que Sánchez había conquistado a la juventud, como el papa, y que nos había ganado a todos mostrándose humano, como si no supiéramos perfectamente lo humano que es. Justo eso es lo que pasa, que el gurú del amor y de la risa ya no tiene nada que enseñarnos que no conozcamos, ni la flor en el culo ni la chorra achistorrada.


ARDE PARÍS. Mientras Sánchez llora y ríe, sufre y ama, se divierte y suda para adentro con su camisa de sudar, Francia arde como en las películas donde arde París, por sus bulevares, sus barquitas, sus sedas, sus campanas, sus libros, sus guerras. Porque aquello ya es una guerra, no una protesta, y la gente ya no sale queriendo cortar una calle sino queriendo cortar gargantas. Delante de la reportera de TVE, con casco de trinchera, un energúmeno se dirigió a la cámara, o sea a toda Europa, o a todo el mundo, y se pasó el dedo por el cuello. Sus motivaciones no parecían guerrilleras ni políticas ni sociales, sino sagradas, porque seguramente lo son. La gran República Francesa, anterior a la americana, aunque construida y dubitada entre más sangre, parecía vencida por una turba que ya no es ideológica ni religiosa ni de clase sino meramente anticivilizatoria. Entremetidos con la izquierda destructora y caótica, pero casi más amparados por los bobos bien pensantes, los nuevos bárbaros ya no se ocultan. Aquí también se van haciendo realidad esos llamamientos a que no haya paz en las calles, que Sánchez lo necesita, y los que están deseando que todo arda se preparan y se regocijan. No está tan lejos París, que el infierno llegó a estar en Montmartre, y la esperanza en su Mayo, y su Napoleón en Madrid, donde ahora, por Sol, quizá vuelvan los mamelucos y los alfanjes.

Los nuevos bárbaros ya no se ocultan.

Periodistas de ministerio

19 October 2026 at 21:49
El presidente de Vox, Santiago Abascal, y la secretaria general adjuna del partido, Montse Lluis, en una reunión de CEN en Bambú

Montse Lluis va a ser la número dos de Vox por Madrid, y no es por ella en particular, sino por la figura en general, pero yo me he acordado de los periodistas que terminan en un ministerio o así, que es como pasar de ser organillero de la calle a ser clavecinista de palacio. Hay periodistas que terminan en un ministerio, como un poeta encajonado, escribiéndole al líder bajo la luz de luna de las fotocopiadoras, bajo la inspiración mística del argumentario (uno se imagina el argumentario como un códice flotante que aparece ante los asesores igual que un cáliz ante los monjes). La verdad es que tan falso puede ser un amor de pianista tísico, de poeta tísico o de presidente tísico como un argumentario de partido, así que todo depende de las debilidades de cada uno. Lo que sí me parece es que el periodista que termina en un ministerio en realidad siempre apuntó a ministro, ya quería ser desde el primer momento ministro, o secretario de ministro, mientras iba por las redacciones como si fueran cancillerías políticas y por los cafés como si fueran vagones de armisticio. Ahora, con las elecciones, hay como un murmullo de periodistas ministros, o secretarios de ministro, que quieren llegar a serlo por fin, y otro murmullo de los que temen dejar de serlo y volver al organillo de la calle o a las redacciones que huelen a sopa. Cada uno tiene la vocación que tiene, claro.

Hay periodistas que terminan en un ministerio, o en una consejería, o en un gabinete, vestidos de azafatos y haciendo de eso mismo, y de heraldos y publicistas, que es lo contrario del periodismo según la cita apócrifa de Orwell y según la experiencia y el sentido común. En realidad el periodista no suele llegar a ministro, que parece una ambición más bien de madre del periodista, como de madre de Máximo Huerta, y en este caso quedó también como decepción de madre (aquel primer gobierno de Sánchez, puro marketing del vendehúmos o vendebragas Iván Redondo, era como un casting de Gran Hermano VIP y Huerta parecía el primer expulsado). El periodista, que tiene un oficio como de entresuelo, suele más bien pasar directamente de los sotanillos de las redacciones a los sotanillos políticos, y ahí se queda inventando palabras y escribiéndoles los discursos a esos políticos que, por no escribirse sus cosas, ni siquiera sus notas o chuletas, luego parece, como Feijóo, que no saben leer. Puede llegar, eso así, a jefe de gabinete de prensa y aparecer por las comparecencias del político para hacer de carabina o de monja con regletazo, como Miguel Ángel Oliver. O puede llegar a gurú, a factótum, a Rasputín mefistofélico, a brujo con cuervos, a Merlín con rayos, como Miguel Ángel Rodríguez. En estos casos, se diría que nos topamos con el más curioso de los quehaceres de un periodista, o sea, básicamente, impedir hacer periodismo.

Entre el periodismo y la publicidad, y también entre los más angelicales suspiros que alientan una redacción (hay redacciones que parecen internados habitados sólo por suspiros y anhelos de escapar fuera de allí, como aquellos internados de señoritas casaderas con pololo), tenemos otro destino muy deseado, quizá el que más. Me refiero a los medios públicos, que aquí son, absolutamente todos, medios de partido. Los medios públicos sólo son públicos en el sentido de que son otro ministerio u otra consejería, de Propaganda en este caso, que existe sin existir y que se puede manejar con más o menos pudor pero tienen el objetivo de su nombre sin nombre. Cada noticia, cada programa, cada escaleta, cada guion, cada presentador como con balconcillo, cada tertuliano que da tortas o las recibe, cada cómico con sotana, esmoquin o gorra para atrás está elegido, pensado y calculado para servir al partido. Quien lo niegue es que es tonto o está comiendo de ello. Aunque quizá el más cómodo destino es quedarte en tu medio de toda la vida, en tu cabecera de mancheta antigua como una lápida antigua, a ejercer el magisterio del periodismo aun siendo más útil, más efectivo y más dócil al partido de turno que en cualquier otro sotanillo de los que hemos mencionado.

En estos casos, se diría que nos topamos con el más curioso de los quehaceres de un periodista, o sea, básicamente, impedir hacer periodismo

Hay periodistas que pasan de los sotanillos o las hornacinitas de las redacciones a los sotanillos o las hornacinitas de los partidos, que puede parecer que es una tontería cambiar de un encajonamiento a otro pero no lo es. La verdad es que del periodismo es difícil comer, y más difícil todavía comer y beber (creo que fue Francisco de Cossío el que le dijo a Umbral que había que escribir dos artículos diarios, uno para comer y otro para beber). Es mucho más fácil comer y beber de la política, así que más que traidores al periodismo, más que ministros, estadistas o Richelieus desperdiciados por las redacciones entre suspiros y telefonazos, lo que hay son hambreadores. Tenemos una España llena de hambreadores, por todos lados, por todas las profesiones. Los hay con más ética y con menos, igual que los hay con más hambre y con menos, pero todos parecemos banderilleros con cornada de hambre y poetas con musa de telaraña. A lo mejor no hay que juzgar tan duramente a los que se van a la política para no pasar hambre, para no tener que comer fideos de versos o de realidad. Pero el periodista que niega la realidad, o que impide que se conozca, ya es otra cosa. Y también para eso hay que tener vocación.

Hay murmullo en las redacciones y en los ministerios, hay quien sólo piensa en dejar la libreta con mancha de sopa o la mesa del periódico con luz de ciego para escribirle la mentira al ministro en papel con heráldica, y hay quien tiembla al pensar en volver a pisar la calle, que después de la moqueta es como pisar lava. Rugen los comederos, aletean los sueños, flaquean los esbirros, se buscan refugios, huyen los héroes, sonríen los ambiciosos, porque cuando todo se da la vuelta es probable que las putas y los ascetas intercambien los puestos y la experiencia. Hasta el que tiene alma y hambre de poeta puede pasar a tener alma y hambre de rapaz. No sólo en el periodismo, sino en todo. Ya dependerá de la vocación de cada uno. 

El Gran Tenedor duerme en casa

16 October 2026 at 23:03
Montse Mínguez defendiéndose en 'Espejo Público' de los "ataques personales" que la han animado a dimitir.

EL ESPEJO DE MEDUSA. Montse Mínguez tenía una portavocía maricarmenista y a la vez, como desveló Artículo 14, un churri desahuciador y Gran Tenedor (hay que ponerlo en mayúscula, que uno lo ve como un título a medio camino entre Gran Maestre y Mesonero Mayor). O sea, que era digna portavoz de este PSOE completamente disociado entre el discurso y los actos. Más que portavoz, Mínguez, con su presencia de Medusa, era algo así como el mascarón de proa del sanchismo, a la vez emblema y ariete. En las televisiones impías ponían las recopilaciones de sus frases sobre vivienda, espantando a los buitres desde la tribuna del Congreso, desde los atriles como brocales, desde la radio como un entresuelo invadido por palomas: “Con los fondos buitre o con las familias”, “de lo que se trata es de que la vivienda sea considerada como un derecho, no como un negocio”, “quieren echar a la gente de sus barrios, que haya desahucios…”. Pero parece que el buitre vive con ella, como en su pelo de nido, como en la paja de su discurso, y que el Gran Tenedor, como el Gran Satán, duerme en casa.

Ante Susanna Griso, Mínguez, incluso desplumada de discurso y hasta de pelo, o precisamente por eso, seguía siendo una purista. Se quejó del “ataque personal”, “lo peor de la política”, como si el PSOE no lo usara, y mejor; como si ellos no hubieran llegado a la alcoba chorreante y al cuello de cisne de Ayuso o Feijóo, y, sobre todo, como si una incoherencia personal pudiera ser otra cosa que eso, personal. Olvidó de repente la justicia de las calles, y esa moral de los lagrimones como aldabas, para pasar a la estricta ley, a la “empresa que se dedica al alquiler y cumple la legalidad”, como si no hicieran eso mismo los fondos buitre, los Grandes Tenedores pantagruélicos, los caseros que desclavan ancianas de sus camas, todo lo que sale en sus discursos y en sus telepedros como puro mal. Susanna Griso le recordaba que ella había llamado a la empresa del caso de Maricarmen “pyme carroñera”, y eso que sólo tenía ese piso. Pero era un piso simbólico, paradigmático, modélico, algo como el piso piloto de la estrategia sanchista, con su gancho de olor a muerto como el gancho del olor a nuevo.

Mínguez era puro sanchismo, pillado y desentendido en “0,2”, que eso dijo ella, que “se desconectaba en 0,2” si seguían atacándola con sus contradicciones, ese espejo de Medusa. “Si hay un inquilino que no paga, se le desahucia”, llegó a declarar, indistinguible de los fachas crucíferos. Aunque tampoco pasa nada con las contradicciones si se olvidan o se obvian y enseguida se pasa a reconducir la realidad hasta el relato, justo lo contrario de lo que debería hacer la política: “Estamos hablando de un tema que es el derecho a la vivienda, y para defender el derecho a la vivienda estamos los socialistas”. Mínguez, mascarón y aldabón de fiera, ya es la nueva heroína y mártir del PSOE, no sólo acribillada por la verdad sino por ella misma, que no puede haber cosa más facha ni más sanchista.


Felipe de paisano, un rey consolador.

MARRUECOS CON FRAGATA Y EL REY CON SUVENIRES. El rey Felipe, de paisano, no iba a Ceuta a espantar fragatas marroquíes ni a plantar las nuestras, que parece que sólo las sacamos en musicales o para colgar luces de la patrona. El rey iba a consolar al pueblo, que tenía él algo de padre o tío con regalo de la Península a Ceuta, regalo inverso al que nos hacía ilusión de pequeños, esos relojes o radios que parecían traídos de una aventura en Cipango. Se nos había pasado ese detalle, el rey de paisano, el rey de caramelos, el rey de los autógrafos de tenista, hasta que en Espejo público el general Rafael Dávila explicó que, siendo la primera vez que el rey va a Ceuta, tendría que haber sido recibido con honores militares, revista a la tropa, corona floreada de salvas y palomas espantadas. Recordaba yo el otro día a ese general como un acerico de estrellas que visitaba mi cuartel y ante el que había que presentar fusiles, botas y peroles relucientes, y no caímos en que a Ceuta llegaba el rey como capitán general y lo recibían como si fuera David Bustamante. Parece que el Gobierno sólo permite que hagan alarde militar por allí los marroquíes, mientras nuestros soldados van con escoba, como yo en la mili, y nuestro rey va con suvenires.

El general Dávila se fijó en el detalle que se nos había pasado.

Esta semana hemos conocido que, durante el asalto a Ceuta, buques de guerra marroquíes llegaron a entrar en aguas españolas, y hasta pesqueros más o menos camuflados, como esos pesqueros rusos, sospechosos de farol y quietud, de la Guerra Fría. Para el general Dávila no había duda de que esos movimientos, junto con la presencia de agentes y militares marroquíes entre los asaltantes y la atención de satélites espías, fueron planeados por un Estado Mayor. Nuestro Gobierno mandó sus fragatas de la Virgen, pero con discreción y como a vela, como el propio rey, y aquí no nos enteramos de nada. El viernes, las noticias de Antena 3 nos contaban que, según fuentes policiales, habría habido tres incursiones de buques marroquíes, la última el jueves, aunque el Gobierno lo desmiente. En los viejos tiempos, nos enterábamos hasta de que un Mig había hecho una pasada rasante, precisamente para que tomáramos conciencia de la amenaza, del enemigo, pero con Marruecos no pasa eso. Marruecos no es tratado por Sánchez como una amenaza sino como un vecino más despistado que molesto, al que se le cuela una fragata como una rama del plátano de sombra en tu jardín, sin mala intención. Al intentar explicar lo inexplicable, o mejor lo que tiene una explicación inconveniente, nuestro Gobierno, por supuesto, se lió de nuevo.

Vicente Vallés, que no necesita ni énfasis ni floripondios, que practica como un aikido del periodismo para desarmar la política con sus propios actos y palabras (como otro espejo de Medusa con frialdad de bandeja de riñón), iba haciendo rodar a los ministros. Ángel Víctor Torres calificaba el incidente de “rutinario” y Elma Sáiz de “puntual”, algo que hacía señalar a Vallés que “o fue puntual o fue rutinario, pero las dos cosas a la vez resultan difíciles de cuadrar”. Y aún más difíciles de cuadrar, continuaba, con la tercera versión, la de Félix Bolaños ante Ferreras, que explicaba que no se había divulgado el incidente (él único reconocido, de momento) simplemente porque “afecta a la seguridad nacional”. Apuntaba Vallés que se entiende que no se difunda información sobre detalles militares, pero no el hecho en sí. La verdad es que desvelar el incidente no menoscaba en nada nuestra seguridad nacional, sólo la tranquilidad de Marruecos y, claro, la imagen de un Gobierno que prioriza esa tranquilidad de Marruecos, que quizá también es la suya, a la tranquilidad de Ceuta y toda España. Tan tranquilo estaba Sánchez confundiendo cañoneras con plátanos de sombra que luego se fue a la Mareta, efectivamente, a buscar sombra y a no dar guerra.

Vicente Vallés surfeando las contradicciones del Gobierno en Ceuta.

PURGATORIO SIN SÁNCHEZ. Silvia Intxaurrondo, monja con pizarrín del sanchismo, no pudo sino escandalizarse, exactamente como esa monja del sanchismo, dejando caer el pizarrín y levantando las cejas como manos que claman al cielo. Quien había provocado su escándalo era la descocada Irene Montero, sacerdotisa de esa izquierda blasfema que a veces siente la necesidad de blasfemar contra otras izquierdas e incluso contra el propio Sánchez, que les dio el sustento. Le había preguntado Intxaurrondo a Montero, como la monja que pregunta la lección, si Podemos se iba a integrar en el Frente Amplio, e Irene Montero contestó que no. Fue como si hubiera contestado “no” a una pregunta no política sino teológica, como si hubiera contestado “no” a la primera y fundante pregunta del catecismo de Ripalda, ese “¿sois cristiano?” que no cabía contestar sino con toda la gracia del Señor y toda la inconsciencia de los chiquillos. Intxaurrondo, con las cejas en el cielo, como alas devotísimas e iracundas, incrédula pero aún piadosa, parecía darle otra oportunidad: “¡¿No?¡”. Montero sonreía satánicamente, como comulgando su chicle de fresa de colegiala perversa, y repetía: “No”.

Solo sí es sí y no es no: Montero desafiando descarada a una incrédula Intxaurrondo.

La izquierda unida es un oxímoron. La izquierda verdadera está hecha de purismos que se desprecian, de sectas que se odian, de mesías que se arrancan las barbas, las cejas y los aperos herreros y guerrilleros unos a otros. El único que quiere una izquierda unida es Sánchez, ni siquiera Rufián, que sólo está buscando nuevo acomodo. Después de ser algo así como el mozo de cuadra castigador de Sánchez, se prepara para volver a ser ese corresponsal ateo, cínico y amargo del independentismo en el Vaticano del Estado español. También Irene Montero busca su sitio, no ideológico sino físico, su escañito como una mecedora de abuela, que ella ya parece la abuela del negocio de su populismo, como la abuela con negocio de confituras. Igual que Ada Colau busca su mitología, siempre sacrificial y llagosa, y Maíllo yo creo que busca, aristotélicamente, algún punto entre la utopía y el posibilismo. Cuando escribo aún puede haber sustos, apreturas y recolocaciones en esta izquierda extrema que, además, también parece izquierda terminal, con mucho menos para repartir y más para pelear. Pero lo cierto es que cada uno busca su sitio, su cuartel de invierno, su consuelo, su tabernita o su chocita, que la izquierda tiene muchas. La sorpresa de Intxaurrondo, la incredulidad de Intxaurrondo, que luego le dio mucha caña a Irene Montero, con aires de venganza divina, es la sorpresa y la incredulidad del sanchismo que no quiere darse cuenta de que hasta su izquierda fervorosa empieza a buscarse la vida o el purgatorio sin él.

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