Espelho secreto revela os “Olhos do Teatro”


En una historia del arte dominada por la mirada masculina y heteropatriarcal, cada vez que las disidencias empiezan a ocupar espacios que durante siglos les fueron negados supone una buena noticia. Cuando además se trata de una propuesta tan conectada como la de La Chola Poblete (Guaymallén, Mendoza, Argentina, 1989) y Seba Calfuqueo (Santiago de Chile, 1991), quienes desembarcan este otoño en Madrid con hasta tres poderosas exposiciones que celebran lo trans y la experiencia racializada del mundo, es un acontecimiento.

© ANTÁRTICA (EL PAÍS)
Hasta el mismísimo Stephen King se ha preguntado cómo nos puede gustar el terror: “Me preguntan por qué escribo lo que escribo, por qué la gente quiere leerlo y va al cine para verlo. ¿Por qué hay personas dispuestas a pagar por sentirse extremadamente incómodas?”, plantea en su ensayo Danza Macabra (Valdemar). Cuando leemos un libro o vemos una película de terror, como quizás hayamos hecho esta semana de Halloween y Todos los Santos, muchas veces experimentamos emociones negativas: miedo, inquietud, en ocasiones incluso asco o angustia. Sin embargo, llenamos salas de cine, devoramos libros y acudimos a clubs de lectura y festivales de cine especializados en terror. ¿Por qué lo pasamos de miedo con el miedo?
A principios de los 80, tras el éxito de Carrie y El resplandor, Stephen King ya estaba cansado de que le preguntaran por qué escribía historias terroríficas. “¿Por qué tiene la gente semejante interés en mi interés… Y en el suyo propio?”, se pregunta en Danza Macabra, publicado en 1981 (y reeditado en 2024 en España por Valdemar). “Creo que, más que otra cosa, es porque todos tenemos un postulado enterrado en nuestras mentes: que sentir interés por el horror es malsano y aberrante”. En este gigantesco ensayo, en el que King hace un repaso histórico y personal por la literatura y el cine de terror entre 1950 y 1980, el escritor apenas se detiene a responder a estas preguntas. Como respuesta, remite a un ensayo anterior, publicado en El umbral de la noche, su primer libro de relatos: “No tengo el más mínimo interés en recalentar ese viejo guiso en estas páginas, si están interesados, les recomendaría que lo leyeran”.
Aquí va un tupper de ese guiso: la idea de King en los 70 es la que han seguido defendiendo muchos escritores desde entonces, que el miedo en la ficción nos ayuda a lidiar con nuestros miedos reales. “Cuando usted lee una obra de horror, no cree realmente lo que lee”, escribe. “No cree en vampiros, hombres lobos, camiones que arrancan repentinamente y que se conducen solos. Los horrores en los que todos creemos son aquellos sobre los que escriben Dostoievski, [Edward] Albee y [Ross] Macdonald: el odio, la alienación, el envejecimiento a espaldas del amor, el ingreso tambaleante en un mundo hostil sobre las piernas inseguras de la adolescencia. En nuestro auténtico mundo cotidiano somos a menudo como las máscaras de la Comedia y la Tragedia, sonriendo por fuera, haciendo muecas por dentro. En algún recoveco interior hay un interruptor central, tal vez un transformador, donde se conectan los cables que conducen a esas dos máscaras. Y es en ese lugar donde el relato de horror da tan a menudo en el blanco”.

© Stuart C. Wilson/Getty Images for Paramount)
Edvard Munch y [[LINK:TAG|||tag|||6336155059a61a391e0a0edf|||Pablo Picasso]], dos de los más grandes pintores del siglo XX, nunca se conocieron en persona. Jamás coincidieron a pesar de compartir 63 años de vida, desde el nacimiento del malagueño en 1881 hasta la muerte del noruego en 1944. Sin embargo, sí consta tanto la influencia recíproca entre ambos así como la convivencia de sus obras en más de diez exposiciones colectivas, desde la primera vez en la gran muestra de la Sonderbund de Colonia, en 1912, donde el nórdico conoció la obra del español, quien ya sabía de la creación de Munch por sus influencias en Barcelona. Sin embargo, la exposición Munch-Picasso supone la primera vez que ambos artistas se muestran solos, cara a cara, dialogando imaginariamente desde las paredes del Museo Picasso Málaga. «Es como si Picasso invitara a Munch a tomarse una copa de Málaga Virgen en su casa», resumió el director artístico del Museo, Miguel López-Remiro, en la presentación de la muestra –inaugurada por la reina Sonia de Noruega–, que podrá visitarse hasta el 28 de febrero de 2027.
La exposición, que cuenta con más de cien obras entre pinturas, grabados y dibujos –con una aportación destacable del Munchmusset Oslo–, está comisariada por la historiadora del arte Paloma Alarcó, para quien la trama del discurso expositivo «explora diálogos imposibles entre dos personalidades dispares que pertenecieron a generaciones y países distintos, tenían estrategias y sensibilidades artísticas divergentes y también formas opuestas de explorar la pintura, pero compartían una similar obsesión por los misterios profundos de la vida, así como intereses comunes a lo largo de sus fecundas carreras».
Y es que, desde una edad temprana, tanto Munch como Picasso manifestaron la convicción de que estaban llamados a transformar el arte de su tiempo. Aunque desarrollaron trayectorias muy diferentes y adoptaron soluciones plásticas a menudo contrapuestas, ambos compartieron una misma voluntad de romper con las convenciones heredadas y adentrarse en territorios expresivos inéditos. Sus obras revelan afinidades sorprendentes que trascienden las diferencias generacionales, culturales y estilísticas. El amor, la muerte, la soledad, la angustia, la sexualidad o la vida moderna son temas recurrentes en los dos monstruos del pincel.
Así, la convergencia de sus producciones artísticas se explica, como argumento más destacado, con la transformación de la figura humana, que en ambos va mucho más allá de una cuestión estética. La deformación, la fragmentación o la distorsión se convierten en recursos para expresar una realidad emocional y existencial compleja. Edvard Munch utilizó la intensidad del color, la vibración de la línea y la fuerza simbólica del paisaje para transmitir sentimientos como la angustia, la soledad, el deseo o la pérdida. «El Grito» es el epítome de ello. Pablo Picasso, por su parte, llevó esta ruptura un paso más allá al descomponer la forma y multiplicar los puntos de vista, convirtiendo la pintura en un espacio de experimentación donde la realidad aparece en constante cambio. En los dos casos, la imagen abandona la representación armónica para convertirse en un escenario de tensión, conflicto y presencia.


© Pablo Asenjo / Museo Picasso Málaga


© Munchmuseet / Ove Kvavik


© FABA Foto: Hugard & Vanoverschelde

Uma obra que faz parte do acervo do Museu de Arte José Pinto Bicca de Medeiros, localizado em Alegrete, na Fronteira Oeste do estado do Rio Grande do Sul, vai passar por uma análise para confirmar a autoria da artista modernista Tarsila do Amaral.
O anúncio foi feito esta quinta-feira (29), pelo Ministério Público do Rio Grande do Sul, que fechou parceria com o perito Douglas Quintale para analisar gratuitamente a obra.
O especialista é o único autorizado a emitir certificações relacionadas ao trabalho de Tarsila. Isso em vista que ele apresenta atribuições conferidas pelos legítimos representantes dos direitos patrimoniais e sucessórios relacionados ao legado da artista.
Segundo a nota, o acordo com o especialista já havia sido feito durante uma reunião realizada na última segunda-feira (26).
Esta obra que passará por análise, está incluída em uma ação civil pública ajuizada pelo MPRS em 11 de junho de 2026, que visa assegurar a proteção da pintura.
O Museu de Arte José Pinto Bicca de Medeiros está fechado há dez anos, desde 2016, enquanto o imóvel e o acervo seguem sob responsabilidade de Alegrete.
A decisão da promotora de Justiça destaca que, independentemente da confirmação, o caso “exige medidas cautelares para proteger o bem até que o especialista realize a avaliação”.
A nota ressalta que a análise pericial feita pelo perito tem previsão de ser concluída ainda em 2026.
*Sob supervisão de André Rigue.

