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Tras las huellas de Miguel Hernández, con el Guadalquivir y el Segura como compañeros de viaje

Este viernes 30 de octubre se cumplen 116 años del nacimiento de Miguel Hernández, un poeta universal al que dejaron morir en la cárcel de Alicante al acabar la Guerra Civil cuando apenas tenía 31 años. La obra hernandiana tiene dos referentes geográficos: su cuna e infancia oriolanas y alicantinas, de un lado, y, de otro, la provincia de Jaén, adonde llegó destinado como comisario de Cultura para dirigir el periódico Altavoz del Frente Sur. De allí era su esposa, Josefina Manresa, y aquí fue nombrado en 2024 Hijo Adoptivo de la provincia a título póstumo.

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© Teo Moreno Moreno ( Alamy / CORDON PRESS )

La casa museo de Miguel Hernández en Orihuela, donde vivió con su familia entre 1914 y 1934.
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La Ruta de Napoleón: un viaje del Mediterráneo a los Alpes en 11 paradas siguiendo las huellas del emperador

En 1815, Napoleón Bonaparte regresó a Francia después de huir del exilio en la isla italiana de Elba. Llegó a Golfe-Juan, cerca de Antibes, en la costa sur de Francia. Desde Cannes, emprendió una ruta hacia los Alpes franceses y luego hacia París. Cuando llegó a la capital dos semanas y media después, recuperó el poder y retomó el mando militar.

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Más información en la guía Provenza y la Costa Azul de Lonely Planet y en la web lonelyplanet.es.

© David Taljat ( Alamy / CORDON PRESS )

De camino al santuario de Notre-Dame de La Salette se recomienda reducir la velocidad y disfrutar del paisaje.
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Nusfjord, así es la aldea en las islas Lofoten donde se detuvo el tiempo

Amanece en Nusfjord, una diminuta aldea de pescadores levantada sobre palafitos, aferrada a la rocosa costa de las islas Lofoten, un archipiélago en el norte de Noruega. La luz aquí parece tener sus propias reglas y, en un instante, la aldea se tiñe de un naranja intenso que lo envuelve todo, como si amaneciera con más ganas que en otras partes del mundo. Desde agosto hasta abril, cuando las noches se alargan, otra luz aún más mágica, las auroras boreales, se asoma por sorpresa en noches despejadas, dibujando paisajes tan hipnóticos como etéreos.

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© RAFAEL ESTEFANÍA

Vista al amanecer del pueblo de Nusfjord, en las islas Lofoten (Noruega).
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Malta, un país tan maravilloso que solo podía ser pequeño

Malta es un país tan maravilloso que, quizá para compensar, solo podía ser pequeño. Desde el avión, sus tres grandes islas caben en una mirada: Malta, Gozo y el roquedo de Comino. Y ya en tierra, el paisaje es tan breve que, allá donde se mire, se termina. Las palabras “Malta” y “grande” solo aparecen juntas en algunas estadísticas: las que hablan de densidad de población, de turistas per capita o de atracción de millonarios en busca de ese delicioso eufemismo llamado optimización fiscal. Sí, Malta es pequeña, pero ya dijo la filósofa Simone Weil que una condición de la belleza es estar casi ausente. Como estas islas, que antes llamaban Calipseas y que siempre parecieron, sobre el azul de los mapas, unos granos de sal caídos en el mar que une —que separa— Libia y Sicilia.

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© Michael Brooks (Alamy / CORDON PRESS)

El mirador de Upper Barrakka, en La Valeta (Malta).
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