Tamara Alonso, especialista en cocina vegetal: "Cuando te haces vegana, de repente, todo el mundo se convierte en nutricionista"


Hay algo especial en sentarse a la mesa en momentos señalados junto a familiares o amigos para compartir lo que hay en el plato mientras se pasa un buen rato, por lo menos en España es habitual que sea así.
Esto hace que, mientras en el día a día sigamos unos horarios más o menos regulares, durante los fines de semana nos relajemos notablemente, cambiando por completo el momento de sentarnos a la mesa (y también de levantarnos de ella). Este 'jet lag alimentario' puede tener consecuencias para nuestra salud.
Es bastante habitual que durante la semana sigamos unos horarios marcados por el trabajo y las responsabilidades, esto hace que, una vez que llega el fin de semana, optemos por relajarnos y dejar de mirar tanto el reloj, dejando que sea el momento el que dicte la mejor hora para comer. Los horarios de comida el fin de semana no siempre son los mismos que mantenemos durante la semana y esto puede tener consecuencias.
Nuestro cuerpo se habitúa a las rutinas y esto hace que tengamos hambre más o menos a las mismas horas siempre, también que el cuerpo se prepare en esos momentos para asimilar lo que vamos a comer. Al romper esas rutinas, el cuerpo se desorienta y es probable que le cueste más realizar todas sus funciones. Esto es lo que se conoce como 'jet lag alimentario'.
Según un reciente estudio, esto puede tener consecuencias para la salud, aumentando el riesgo cardiovascular, sobre todo en el caso de los hombres. La investigación, publicada en la revista Communications Medicine, analizó más de 104.000 adultos en Francia y llegó a la conclusión de que cada hora extra de desfase entre los horarios de comida de los días laborables y los del fin de semana se vincula con un 14% más de riesgo de enfermedad cardiovascular y con un 21% más de riesgo de enfermedad coronaria, como el infarto.
Si bien el 79% de los investigados eran mujeres, esta asociación solo se vio clara en el caso de los hombres. Esto no indica que lo descubierto sea concluyente y ellos tengan un mayor riesgo que ellas, pero abre la puerta a nuevas investigaciones donde se contemplen nuevos datos y que ayuden a entender mejor lo descubierto.
El riesgo no estaba solo en atrasar la hora de las comidas por adoptar un horario más relajado, también quienes la adelantaban presentaban un riesgo mayor de enfermedad cardiovascular y coronaria, frente a quienes mantuvieron horarios regulares toda la semana. La regularidad parece ser clave, algo que también se ha demostrado con el sueño y que, según los investigadores, podría ser por motivos similares. Los cambios alteran el reloj interno del cuerpo.
Mientras que la luz es la que activa el reloj central del cuerpo, ubicado en el cerebro, los horarios de comidas podrían influir sobre los relojes periféricos de otros órganos, como el hígado, el páncreas o el intestino. Con horarios de descanso y alimentación estables, el organismo suele ser más eficiente.
Folcalvez, X. L., Obeid, E., Palomar-Cros, A., Fezeu, L. K., Bourhis, L., Bellicha, A., Péneau, S., Deschamps, V., Deschasaux-Tanguy, M., Touvier, M., Hercberg, S., Julia, C., Kesse-Guyot, E., Andreeva, V. A., Lassale, C., Montagner, A., Guillou, H., Jacobi, D., & Srour, B. (2026). Eating jetlag based on meal timing discrepancies and risk of cardiovascular disease using the prospective cohort NutriNet-Santé. Communications Medicine, 6(1). https://doi.org/10.1038/s43856-026-01758-5

Últimamente hablamos de SIBO, microbiota, distensión abdominal e inflamación. Incluso repetimos que el intestino es nuestro segundo cerebro, a veces sin entender del todo qué significa esta afirmación. Sin embargo, seguimos abordando la salud digestiva y la salud mental como si fueran cuestiones independientes, como si lo que ocurre a nivel emocional no tuviera repercusiones en el cuerpo y lo que sucede en el cuerpo no afectara a nuestro bienestar psicológico y emocional. Una visión disociada del cuerpo.

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Es absurdo pensar que la civilización que dio al mundo Jurassic Park coma manzanas para alimentarse.
¿Tienes preguntas sobre nutrición? Envíanoslas a comer@lavanguardia.es, nuestro nutricionista Aitor Sánchez resolverá todas tus dudas.


Joan Matji (Lesoto), directora global de Nutrición y Desarrollo Infantil de Unicef, considera que como sociedad hemos fallado a niños y adolescentes al permitir que estén rodeados de alimentos ultraprocesados y poco saludables donde viven, estudian y juegan. “Creo que estamos ante un problema muy serio”, mantiene en una entrevista con EL PAÍS en Madrid, donde participa en la Cumbre Mundial sobre Obesidad, que del 26 al 28 de octubre reúne a gobiernos, personas con obesidad, jóvenes y representantes de la sociedad civil para evaluar los progresos y acordar prioridades en la lucha contra esta enfermedad crónica de aquí a 2030. Para ella, el aumento de los niños con sobrepeso y obesidad va más allá de ser un asunto sanitario, sino que “es el resultado de un fracaso de los sistemas y los entornos alimentarios en los que crecen los niños”, que, además, tiene un alto coste económico para los Estados. “La prevención es mucho más barata que el tratamiento”, explica Matji, que apuesta por una combinación de medidas, que pasan por facilitar el acceso a dietas saludables, educación y una mayor regulación.

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Se estima que cada gramo de alcohol consumido aporta alrededor de siete kilocalorías ―una cifra muy cercana a la de las grasas― sin ofrecer a cambio al organismo ningún nutriente esencial como vitaminas, minerales, proteínas o fibra. De ahí el concepto de calorías vacías asociado a las bebidas alcohólicas. A esas calorías, además, habría que añadir, en el caso de los cócteles y combinados, las que aportan los refrescos azucarados. Por eso, el consumo de alcohol siempre se ha asociado con la ganancia de peso.

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