Enrique Vila-Matas, tras recibir el Premio Nacional: "Escribir es divertirse. La literatura está ahí para no aburrirme"



El escritor Enrique Vila-Matas ha sido galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2026, según ha informado el Ministerio de Cultura. El jurado ha elegido al autor por “su influencia decisiva en la narrativa contemporánea, su aportación a la tradición borgiana en lengua española, así como por una originalidad formal y fidelidad al espíritu metaficcional de Cervantes desde una dilatada y ejemplar trayectoria”. Asimismo, el jurado ha señalado que Enrique Vila-Matas “encarna de manera magistral los principios medulares de la ficción posmoderna a través de un estilo particular donde las fronteras entre realidad y fabulación se difuminan y entremezclan con absoluta fluidez, construyendo un universo literario que dialoga con la tradición mientras la reinventa. Al convertir la duda en método y la lectura en aventura, reivindica la creación literaria como un arte de la inteligencia y del placer”, dice el fallo, como recoge el Ministerio de Cultura.
Además, el jurado ha manifestado que “su cuestionamiento de la autoridad narrativa, sumado a una agudeza y un humor que raya en el laconismo y la ironía, lo sitúan como uno de nuestros escritores más subversivos. Su obra sustenta un proyecto creativo y arriesgado en el marco de las letras hispánicas, que, a través de un viaje metaliterario apoyado en la cita, el mestizaje y el juego ensayístico, investiga a fondo el género de la novela, la autoría, la identidad personal y el porvenir de la escritura”.
Por último, el jurado ha expresado que “su creación, profundamente filosófica, poética y libérrima, reflexiona sobre el papel de la literatura en el mundo actual y dialoga con la de otros autores -inconformistas y arriesgados, capaces de enfrentarse al fracaso en una especie de abismo propio-, erigiendo con ello todo un canon particular que nos conecta de forma imperecedera con los valores más esenciales de lo humano. Maestro del quiebro y especialista en abrir nuevos frentes, Vila-Matas es un autor inclasificable y sorprendente, cuya agudeza y pasión por la literatura le han llevado a ser uno de nuestros autores más reconocidos en el panorama internacional”.
Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es escritor. Estudió derecho y periodismo e inició su vida profesional como redactor de la revista de cine "Fotogramas". Su obra, traducida a una treintena de idiomas, se compone de novelas como "El viaje vertical" (1999), "Bartleby y compañía" (2000), "París no se acaba nunca" (2003) y "Doctor Pasavento" (2005), "Ocho entrevistas inventadas" (2024) y "Canon de cámara oscura" (2025); libros de relatos como "Suicidios ejemplares" (1991), "Hijos sin hijos" (1993), "Exploradores del abismo" (2007) o la recopilación "Recuerdos inventados" (1994); y sus ensayos como "El viajero más lento" (1992), "Desde la ciudad nerviosa" (2000), "Y Pasavento ya no estaba" (2008) y "La locura" (2024).
Entre sus galardones, Enrique Vila-Matas obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona por ‘Bartleby y compañía’ en 2001, novela que en el 2002 recibió el Prix du Meilleur Livre Étranger en Francia y el Fernando Aguirre-Libralire. Este mismo año, recibió el premio Herralde de Novela por ‘El mal de Montano’, obra que también obtuvo el Nacional de la Crítica y el Prix Médicis étranger en 2003. En 2006 ganó el premio Internazionale Ennio Flaiano de Narrativa y los premios Fundación Lara a la mejor novela del año y de la Real Academia Española por su novela ‘Doctor Pasavento’, y en 2014 obtuvo el Formentor de las Letras por toda su obra.
Además, fue nombrado Caballero de la Legión de Honor francesa en 2006, en 2009 recibió el título de Doctor honoris causa en Letras por la Universidad de los Andes (ULA) de Mérida, Venezuela, y en 2013 fue nombrado Oficial de la Orden de las Artes y las Letras por el gobierno de Francia.
El jurado ha estado presidido por María José Gálvez Salvador, directora general del Libro, del Cómic y de la Lectura del Ministerio de Cultura; y como vicepresidente ha actuado Jesús González González, subdirector general de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas. Como vocales han actuado Aurora Gloria Egido Martínez (Aurora Egido), propuesta por la Real Academia Española; Víctor Fernández Freixanes, por la Real Academia Gallega/Real Academia Galega; Miren Aitzpea Goenaga Mendiola (Aizpea Goenaga), por la Real Academia de la Lengua Vasca/Euskaltzaindia; María Escalas Bernat (Maria Escalas), por el Instituto de Estudios Catalanes/Institut d’Estudis Catalans; Brauli Montoya Abad, por la Academia Valenciana de la Lengua/Acadèmia Valenciana de la Llengua; Manuel Rico Rego, por la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE); Carmen María Pujante Segura (Carmen Pujante), por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE); Ángel Basanta Folgueira, por la Asociación Española de Críticos Literarios; Juan Fernando González Urbaneja (Fernando González Urbaneja), por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE); y José Ramón Ovejero Lafarga (José Ovejero), por el Ministerio de Cultura.


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© Sandra Mehl
Como después de un truco mágico de David Copperfield en el que desaparece un edificio de la línea del cielo de Manhattan, un día —no sabemos si “un buen día”—, las recolectoras palestinas de flores en los invernaderos israelíes, los prisioneros palestinos, los conductores palestinos de autobuses en Tel Aviv, los propietarios palestinos de pequeños locales de hummus, desaparecen de Israel. ¿Será una huelga, una maniobra política por parte de la resistencia, una estrategia del ejército israelí, una conspiración? Existe una oposición dentro de Israel contra los desmanes de su gobierno a la que esta novela da voz; sin embargo, aquí la voz fundamental es la de los israelíes para quienes la desaparición constituye una ofensa y un alivio. Ibtisam Azem reflexiona sobre la usurpación de bienes, memoria y discurso; sobre la imposibilidad de asumir la franja gris en determinadas circunstancias históricas y políticas; sobre cómo se pervierte la racionalidad y se devalúa el significado de palabras como democracia. Lo más inquietante es que este libro fue publicado en 2014. Entonces, el pueblo palestino ya contaba con argumentos para denunciar una situación que, como poco, se remonta a 1948 con la creación del estado de Israel y la Nakba, la Catástrofe, que supuso la expulsión de más 700.000 palestinos. Hoy, en pleno genocidio, la lectura de El libro de la desaparición nos alcanza con pertinente vibración ideológica para recordarnos la dimensión ética y la oportunidad política de los textos literarios.


© EDITORIAL LAS AFUERAS (EL PAÍS)
Stephen King explica que el terror es lo que se anticipa, y el horror, la revelación de lo monstruoso. La escritora Mariana Enriquez toma esta distinción del novelista norteamericano para probar que el gótico no es un género de ayer, sino una literatura del presente, y que los miedos y temores que retrataba, lejos de pertenecer a culturas clausuradas, siempre reflejan nuestra realidad más próxima. Los viejos vampiros son hoy los utopistas milmillonarios de Silicon Valley, que sueñan con vivir eternamente; el monstruo de Victor Frankenstein asoma en la hibridación entre el cuerpo humano y la tecnología, y los espectros que asustaban a los niños están presentes en los cientos de desaparecidos que han dejado las dictaduras del siglo XX.
La autora argentina reflexiona sobre la literatura de terror en «Conversación con la oscuridad» (Páginas de Espuma), un ensayo que revierte prejuicios, derriba ideas preconcebidas y atestigua que los seres que antes nos provocaban escalofríos permanecen todavía con nosotros. «Los monstruos clásicos y los arquetipos del género van cambiando su significado con cada época. Un monstruo de la técnica, como era Frankenstein, se convierte en una computadora en 2001, una odisea del espacio: una inteligencia creada por el hombre que se vuelve en su contra. Hoy sería una IA sintiente que tomara decisiones. El vampiro, un mito relacionado con el sexo, la sangre y la muerte, se cargaba de otro significado durante la pandemia del sida. Hoy, los vampiros podrían representar el triunfo de los adolescentes en el consumo. Hay una infantilización en eso. El vampiro es una comedia romántica: unos adolescentes que lo dominan todo. Estos arquetipos representan siempre las ansiedades de cada tiempo».
La escritora comenta cómo ese conjunto de cuentos, historias y leyendas todavía nos retrata y asegura que, por lo general, «los traumas sociales se convierten siempre en fantasmas». Pero ella misma adelanta que «no me gusta reducirlos solamente a una metáfora de lo social. El terror tiene su propia entidad, su personalidad, su razón de ser. El terror es una cosa seria, consistente, que refleja el miedo a lo desconocido, a la muerte, a lo que no podemos resolver. No es solo un asunto político. Es el miedo a la violencia. Aunque la violencia siempre es política, no lo es todo el tiempo».
Una puntualización que no resta veracidad a una de las tesis que vertebran su obra. «Las guerras en general, pero las dictaduras en particular», son proclives a crear fantasmas. «Existe una biopolítica –afirma– de creación de espectros. La dictadura argentina tomó la decisión de exterminar a organizaciones armadas y civiles, y eso conllevaba la desaparición de los cuerpos. No es casual. Es una decisión política para implantar el miedo y que ese miedo se preserve en el futuro. No es lo mismo extender un duelo indefinidamente que no decir nunca dónde están los cuerpos. Todos los días aparecen huesos en Argentina, sobre todo ahora, gracias a la ciencia. Mi generación y la de mis hijos están afantasmadas por estos espectros que provienen de la generación de mis padres. No es solo la desaparición, es la orfandad que genera...».
Para la autora, esto «tiene un montón de implicaciones en el presente» y demuestra que «algo que ha ocurrido en el pasado sigue sucediendo en el presente. Ahí está la metáfora que supone el gótico, que se puede aplicar hoy –continúa–. Es lo que ocurre con la desindustrialización de América Latina. Esas fábricas que ahora no producen nada son castillos, el recuerdo de un pasado, unas ruinas que existen y que recuerdan lo que se fue».
Para ella, las dictaduras, en América y en cualquier lado, son «grandes generadoras de espectros» porque «es lo que tienes encerrado en la habitación y no puede salir. En Argentina se llevó presos a los dictadores y cumplen condena. Y es un consuelo encontrar los cuerpos y darles sepultura, pero eso no cierra el proceso. Eso es lo que marca la producción de fantasmas. Se encuentran los huesos, se les da sepultura, pero la herida y el trauma que se provocaron no se van, porque se trata de una herida psicológica. Las dictaduras son eso: el horror a abrir la puerta, el destrozo, lo innombrable, lo inolvidable, la cicatriz».
Mariana Enriquez, que en este ensayo recurre al cine y a la cultura popular –que reivindica sin ambages–, defiende la literatura de terror como una manera de contar América Latina después del «boom» y comenta cómo la política actual tiene algo del doctor Jekyll y de Mr. Hyde: unos señores que parecen respetar las normas, pero trabajan para destruirlas. «Hace tiempo que está pasando eso. Putin no es un líder democrático, pero Trump sí, y es autoritario. Igual que Milei y Bolsonaro. Ellos me dan miedo. Pol Pot mató a toda la población de Camboya; Stalin hizo lo mismo, igual que los dictadores centroamericanos. No entendemos ‘‘El otoño del patriarca” sin pensar en Somoza o Trujillo. Y están los dictadores africanos, como el de Uganda, que tiraba a la gente a los cocodrilos. Todos estos dictadores estaban fuera de la ley, pero lo que me da miedo es que los democráticos comiencen ahora a saltarse la ley. Tiendo a pensar en estas cuestiones con amargura –desarrolla la autora–. Esto pasa desde hace tiempo, pero hoy existen más medios y más posibilidades para que se voten proyectos autoritarios y funciona el hombre fuerte».
Mariana Enriquez rompe con el punto de vista de esos clasistas que consideran que la literatura de terror es un género menor. Ella reivindica estas obras y les añade un valor: «El terror funciona para aliviar el estrés de lo que nos asusta, pudiendo pensarlo. Uno puede leer cosas horrendas de Sarajevo en una ficción sin estar dañándose. A eso también ayuda el humor. De hecho, es un buen momento para la comedia, como para el terror, porque te permite hablar de una cosa de manera más desenfadada. Es un gran escape».
La escritora reconoce en el libro los grandes terrores contemporáneos, como «el miedo a lo apocalíptico, con las enfermedades, el calentamiento global y los hundimientos financieros recientes... Esto se notó mucho con la pandemia. La idea del fin del mundo es el gran miedo de este momento. También existe el miedo al fin de determinados estilos de vida y hay paranoia con el surgimiento de las derechas».


© Sebastián Freire

© HUGO AMARAL/OBSERVADOR
