Kevin T., el presunto autor del tiroteo el pasado viernes en las localidades de Trappes y La Verrière, a las afueras de París, en el que murió una persona y al menos cinco resultaron heridas, admite que seleccionó a sus víctimas por su color de piel y religión. No se arrepiente y niega que su acto sea terrorismo porque “fue legítimo”. El fiscal antiterrorista, Olivier Christen, ha dado detalles de la investigación este jueves y ha confirmado el carácter racista del atentado.
Bally Bagayoko, alcalde de Saint-Denis, participa en una marcha para rendir homenaje a la memoria del fallecido en el tiroteo de Trappes, Pengo Bossio Wangi (26 años), el 25 de octubre de 2026.
Kinshasa, 29 oct (Prensa Latina) La Oficina de Coordinación para Asuntos Humanitarios (OCHA) alertó sobre las consecuencias humanitarias que dejan hoy los enfrentamientos entre grupos armados en la provincia de Ituri, en República Democrática del Congo (RDC).
Acordar com o pescoço preso pode tornar qualquer movimento num tormento. Saiba o que pode fazer em casa para aliviar a dor, porque não deve ficar completamente imóvel e quando precisa de ajuda médica.
Este proyecto de periodismo fotográfico fue encargado por Ember Mental Health. Ember financia y acompaña a organizaciones comunitarias de salud mental para que crezcan y se consoliden, fortaleciendo el ecosistema global de cuidados.
Yanina Cruz, trabajadora social y coordinadora de la respuesta humanitaria de Centro 32, está con su hijo mayor en la sala de su casa, en Tijuana, México, el 14 de mayo de 2026. Esta organización, situada en la ciudad fronteriza de Tijuana, acompaña a personas migrantes y desplazadas que necesitan apoyo psicosocial y ayuda humanitaria. Cruz ayuda a las familias migrantes que necesitan alimentos, ropa, pañales y otros apoyos básicos. Su jornada de cuidados, sin embargo, no termina al salir del trabajo: vive con sus dos hijos, de 19 y 17 años, y algunos días comienza a las cinco de la mañana preparando sus comidas antes de salir hacia los albergues. Después de atender durante horas a familias que atraviesan situaciones de desplazamiento y precariedad, Cruz puede tardar hasta dos horas en transporte público en regresar a casa. “Llego cansada, pero nos vemos, cocino algo y comemos juntos”, cuenta. Después suele salir a caminar. Su rutina muestra otra dimensión de estas redes: las mujeres que sostienen necesidades esenciales de otras familias regresan después a sostener también las propias.
Integrantes del equipo de Centro 32 comparten unos chilaquiles preparados por Lourdes Medano, fundadora y directora de la organización, en Tijuana, el 12 de mayo de 2026. Comer juntas, conversar, reírse o detener durante unas horas el ritmo de trabajo forma parte de las prácticas con las que el equipo intenta proteger su propia salud mental y mantener la cohesión interna. “Hay un desgaste para nosotras, un desgaste por compasión, porque siempre estamos escuchando historias”, explica Medano. Para ella, cuidar a quienes acompañan es una condición para que la respuesta comunitaria pueda sostenerse: “Todas paramos y descansamos. Buscamos sostenernos unas a otras”. El Centro 32 no solo sostiene a quienes migran, construye redes allí donde las respuestas existentes resultan insuficientes, sino que, al mismo tiempo, se pregunta cómo cuidar a quienes pasan años sosteniendo a otras personas.
La familia de Medano, la fundadora del Centro 32, se instaló en Tijuana porque su padre era bracero y viajaba durante meses a Estados Unidos para trabajar, por lo que la ciudad fronteriza permitía mantener a la familia más cerca. “Mi padre se iba seis meses y regresaba. Yo era pequeña y no entendía bien qué pasaba: se iba, desaparecía un tiempo y luego volvía”, recuerda Medano. Esa experiencia marcó su manera de entender la separación familiar y la migración, aunque las personas que Centro 32 acompaña hoy atraviesan desplazamientos mucho más largos y condiciones muy distintas a las que conoció su familia. En la imagen, Lourdes Medano camina junto al muro fronterizo entre México y Estados Unidos, en Tijuana, el 12 de mayo de 2026. Recuerda una infancia en la que cruzaba a pie al otro lado y observa cómo, con los años, las barreras se han vuelto más altas, extensas y difíciles de atravesar.
“Las vallas y los muros no han detenido la migración; exponen más a las personas”, sostiene Medano. Para ella, el contraste entre los derechos reconocidos sobre el papel y las posibilidades reales de ejercerlos está en el centro del problema: “La ley dice que tenemos derecho a la salud, pero ¿dónde?”. Centro 32 intenta acompañar parte de ese vacío, aunque Medano insiste en que la responsabilidad última corresponde al Estado.
Gricelda Flores, psicóloga de Centro 32, regresa a casa después de una larga jornada de trabajo de campo en Tijuana, el 13 de mayo de 2026. Durante la semana recorre albergues y espacios comunitarios para ofrecer atención psicológica individual y grupal a personas migrantes y desplazadas. Su trabajo ocurre, en gran medida, allí donde están quienes necesitan acompañamiento, en una ciudad donde las organizaciones comunitarias han terminado cubriendo parte de las necesidades de salud mental que no encuentran una respuesta suficiente en las instituciones.
Al terminar el día, Flores intenta recuperar una parte de sí misma fuera del trabajo. Cuenta que al volver a casa busca “componerse y reponerse”: leer cómics, cenar algo ligero o pasar tiempo con su familia. Esa transición cotidiana entre escuchar durante horas las historias de otros y encontrar una forma de dejarlas atrás muestra también el costo emocional de convertirse en parte de la red que sostiene a quienes atraviesan la migración.
Flores dirige un ejercicio durante un taller sobre estrés y cuidado psicosocial para personas en movilidad en La Casita UT, en Tijuana, el 13 de mayo de 2026. Buena parte del trabajo de la organización ocurre fuera de su oficina, en albergues y otros espacios de la ciudad, llevando atención psicológica y actividades grupales allí donde se encuentran las personas migrantes.
Flores llegó a Centro 32 como voluntaria y terminó incorporándose al equipo. La experiencia también modificó su propia relación con el cuidado: “No sabía pedir ayuda. No sabía que podía apoyarme en alguien”. En una organización construida alrededor del acompañamiento, aprender a dejarse sostener se convirtió también en parte del trabajo.
Lejos de Tijuana, en Ciudad de México, vive Teresa 'Tessy' Villalobos, psicóloga, terapeuta familiar y cofundadora de REDIGE, una red que acompaña a defensoras de derechos humanos, supervivientes y familiares de víctimas, con especial atención al desgaste emocional de quienes pasan años buscando justicia y sosteniendo a otras mujeres. Su camino hacia el activismo comenzó de una manera muy distinta al de las mujeres de Tijuana. Sucedió después de que su hija sobreviviera a violencia sexual y decidiera denunciar. Al acompañarla durante el proceso judicial, Villalobos empezó a encontrarse con otras madres, supervivientes y familias atravesando recorridos similares. "Ahí me cayó el veinte de que no era algo que nos estaba pasando a nosotras. Buscar justicia en este país es una lucha de persistencia; denunciar es apenas el comienzo", cuenta. Para ella, muchas mujeres terminan convirtiéndose en defensoras porque la violencia las atravesó primero: "No estamos aquí por voluntad. Nos gustaría estar haciendo muchas otras cosas y no tener que luchar contra una violencia que no debería existir".
Para REDIGE, el autocuidado forma parte de la posibilidad misma de sostener esas luchas en el tiempo. "Nos dimos cuenta de que las mujeres que acompañaban a otras estaban absolutamente drenadas", explica Villalobos. "Hay que cuidar a las mujeres que acompañan a las mujeres, porque si no sus luchas no persisten, o persisten a costa de su propia salud". Pos eso, la ONG construye redes horizontales en las que quienes sostienen también puedan ser sostenidas. "Si nosotras no estamos bien, ¿quién va a seguir la lucha?". En la imagen, Villalobos, Gisela Carmona, codirectora, y otra integrante del equipo preparan los materiales para un retiro dirigido a nuevas participantes, el 17 de mayo de 2026. Durante estos encuentros, mujeres defensoras de derechos humanos, supervivientes y familiares de víctimas trabajan sobre el desgaste que producen años de violencia, búsqueda de justicia y acompañamiento a otras.
Gisela Carmona, codirectora y tallerista de REDIGE, coloca ambas manos sobre el pecho durante un microtaller de biodanza en el jardín de Snow Apple, en Ciudad de México, el 16 de mayo de 2026. La jornada reunió a mujeres vinculadas a los procesos de acompañamiento de la organización y propuso, mediante el movimiento y la conciencia corporal, algo que REDIGE considera esencial para sostener el trabajo de defensa de derechos humanos: que quienes cuidan a otras puedan detenerse también a reconocer su propio cansancio, sus límites y sus necesidades.
Lidia Florencio Guerrero, integrante de Justicia para Diana y de la red REDIGE, enciende una vela en la habitación que perteneció a su hija, Diana Velázquez Florencio, en Chimalhuacán, Estado de México, el 19 de mayo de 2026. En el cuarto se conservan retratos, imágenes y objetos que mantienen viva su memoria. Diana tenía 24 años cuando fue víctima de feminicidio el 2 de julio de 2017. Desde entonces, Lidia y su hija Laura sostuvieron juntas una larga búsqueda de justicia frente a las irregularidades y omisiones que marcaron la investigación.
La historia de Lidia condensa una de las realidades que atraviesan a REDIGE: mujeres que, empujadas por la violencia, la pérdida y la falta de respuestas suficientes, terminan convirtiendo el duelo en organización, memoria y acompañamiento para otras.
La Glorieta de las Mujeres que Luchan, en Paseo de la Reforma, Ciudad de México, es un espacio que se ha convertido en un lugar de memoria, denuncia y encuentro para mujeres y colectivas que exigen justicia frente al feminicidio, las desapariciones y otras formas de violencia de género. Para Villalobos, la Glorieta marcó un momento decisivo: allí buscó a otras madres que, como ella, acompañaban a hijas sobrevivientes de violencia sexual y comprendió que la experiencia que atravesaba su familia formaba parte de un problema mucho más amplio.
En una de sus visitas encontró alrededor de 250 testimonios relacionados con violencia sexual y sus procesos de denuncia. Para ella, esa acumulación de historias hizo visible una violencia frecuente, pero todavía atravesada por el silencio, el estigma y la dificultad de ser creída. Fue también una de las experiencias que la llevaron a buscar a otras mujeres y a convertir una vivencia íntima en una red de acompañamiento colectivo. Este proyecto de periodismo fotográfico fue encargado por Ember Mental Health. Ember financia y acompaña a organizaciones comunitarias de salud mental para que crezcan y se consoliden, fortaleciendo el ecosistema global de cuidados.