En la década de 1980, Dick Eussen trabajaba como jefe de un equipo de bomberos en el Parque Nacional de Kakadu, en el norte de Australia. Un día trataban de impedir que un incendio de pastizal cruzara una carretera cuando apareció un nuevo foco al otro lado. Eussen se acercó para apagarlo y entonces vio pasar frente a él a un milano silbador. Entre las garras llevaba una rama humeante. El ave dejó caer el palo sobre la hierba seca y empezó a salir humo.
Detrás de los números a veces se esconden verdades desoladoras. El 1, por ejemplo, es con el que los telediarios bautizaron a José Fernández en la noche del 29 de octubre de hace dos años, mientras una dana terminaba por arrasar Valencia. El primer muerto conocido por las inundaciones, así lo definieron numéricamente. Fernández tenía 64 y aquella tarde estaba con su mujer Isabel en casa, en un cuarto piso de un edificio de Massanassa. Sobre las 18.00, bajó al garaje para sacar el coche, ante el miedo de que se inundase el trastero. Isabel, mientras, se puso a tender la ropa. Y en un momento, al asomarse a la ventana, contempló con pánico cómo una ola grande recorría la calle con coches flotando. Fue a buscar a su marido, pero se había quedado atrapado en el ascensor. Le escuchó pedir auxilio una y otra vez. “Pero ¿cómo podía ayudar? Nadie en ese momento podía ayudar. No tienes los medios. Es una situación de impotencia”, explicó entonces Isabel. Ambos desconocían la magnitud meteorológica ni tampoco recibieron una alerta en sus móviles que les advirtiera de los peligros de estar en plantas bajas o salir a la calle. El ES-Alert, de hecho, tardaría en llegar dos horas después de que Fernández bajara al garaje. A las 20.11, cuando sonó el primer mensaje masivo, 182 de las 233 víctimas mortales de la dana ya habían fallecido y la situación de decenas era insalvable.