No cabe duda que la Fundació Joan Miró de Barcelona es el mejor espacio para conocer la obra del gran artista catalán. Los fondos que ha ido reuniendo con el paso del tiempo, gracias a la generosidad del pintor y sus herederos, así como de algunos de sus íntimos amigos, como Joan Prats, hace imprescindible subir hasta este espacio en la montaña de Montjuïc para adentrarse en un universo plástico único, uno de los más importantes en la historia de la pintura del siglo pasado. Evidentemente no está todo lo que pintó Miró, pero sí lo imprescindible y eso ahora se ve reforzado con un depósito de 37 obras maestras mironianas que llegan a la Fundació por diez años de la mano de la Colección Katsuta.
Las piezas, que fueron presentadas ayer, forman parte de un acuerdo de colaboración entre el centro y la colección más sobresaliente sobre Miró en el continente asiático. Es la continuación de una colaboración antigua y que ahora se vuelve a materializar gracias a este conjunto formado por pintura –algunas de gran formato–, dibujo y escultura, en un recorrido que nos lleva desde 1914 hasta 1977. A ello se le suma que seis de estos trabajos nunca había sido expuesto con anterioridad en la Fundació Miró.
Probablemente la pieza estrella sea «Pintura-poema», también llamada «Bonheur d’aimer ma brune», un óleo de 1925 que nos remite a la época en la que Miró ya estaba dentro de la vorágine del surrealismo, el momento en el que algunos de los miembros del grupo, especialmente André Breton, Paul Éluard y Louis Aragon, pasaban por su taller parisino de la Rue Blomet. Es el tiempo en el que Miró tiene como marchante a Jacques Viot, responsable de la organización de la primera exposición individual de nuestro protagonista en la Galerie Pierre de la capital francesa. La exposición causó el ruido suficiente como para estimular al pintor durante su estancia veraniega en Mont-roig, realizando pinturas-poemas, como la que nos ocupa, con dos figuras que se dan un beso. «El surrealismo liberó el inconsciente, exaltó el deseo y dotó al arte de poderes adicionales», declaró Miró retrospectivamente en 1964. «Las alucinaciones sustituyeron al modelo externo. Pintaba como en un sueño, con total libertad. Los lienzos de este periodo… son los más desnudos que he pintado», apuntó sobre ese periodo deudor de sus lecturas de la poesía de Novalis, Lautréamont y Rimbaud.
Dos años más tarde, Joan Miró realizó «Pintura», perteneciente a la serie de composiciones con el fondo sin tratar, igualmente llevadas a cvabo en París. Es un cuadro que participa de ese deseo mironiano de «asesinar a la pintura», causando un gran impacto en el espectador.
La destreza de Miró en el papel con el collage, el gouache y el lápiz se vislumbra en una obra de 1934 sin título y que nos traslada al tiempo en el que el pintor fue el tema de un número monográfico de la revista «Cahiers d’Art». Es un periodo importante porque, además de tener a Loeb como su representante en Europa, ya había aparecido Pierre Matisse para hacer lo mismo con su producción en Estados Unidos. En el verano de 1934, Miró experimentó con los más diversos materiales, resaltando un conjunto protagonizado por figuras de color blanco pintadas sobre un fondo negro, como es el caso de la Colección Katsuta.
Son solo tres ejemplos de lo que puede encontrarse por diez años en la Fundació Miró de la mano de obras excepcionales de esta colección privada.
“El tiempo es lo único que tenemos, lo más valioso, lo que no compramos y no vuelve”, reflexionó Matías Alé en Ellos, el ciclo de entrevistas de Infobae, al recordar uno de los episodios más difíciles de su vida: la internación psiquiátrica que atravesó en 2015. Repasó los 45 días que permaneció en una clínica tras sufrir un brote psicótico con delirio místico, cómo fue el camino de recuperación y de qué manera aquella experiencia cambió sus prioridades y su forma de mirar la vida.
Actor, conductor y figura del espectáculo argentino, Alé comenzó su carrera como modelo y alcanzó gran popularidad durante los años 2000, especialmente por sus participaciones en programas de entretenimiento y humor. Su paso por ShowMatch y Bailando por un sueño, además de sus trabajos en ficciones televisivas y numerosas temporadas teatrales en Mar del Plata, Buenos Aires y Villa Carlos Paz, consolidaron su presencia en los medios. Durante años, su relación con la actriz y vedette Graciela Alfano también lo convirtió en uno de los protagonistas habituales de la actualidad del espectáculo.
A los 49 años, Matías atraviesa una nueva etapa personal y profesional. Casado con Martina Vignolo, con quien comparte su pasión por el teatro y su vínculo con Mar del Plata, asegura que hoy busca priorizar el tiempo, los afectos y una vida más tranquila. Durante la charla, también reflexionó sobre la importancia de poner límites, recordó sus años en la televisión junto a Marcelo Tinelli y habló de sus proyectos y del deseo de convertirse en padre.
— Bienvenido al ciclo Ellos. Estuviste hasta hace muy poco en Mar del Plata y ahora volviste a Buenos Aires. Cómo te ha cambiado la vida en los últimos años, ¿no?
— Sí, igual a mí me llamó siempre mucho la atención vivir en las ciudades donde siempre hice temporada. Ya viví en Carlos Paz casi dos años. Ciudad que me hizo muy bien y de la que me traje un Martín Fierro como mejor conductor federal por haber trabajado allí. Después se dio que conocí a Marti, que es mi mujer y es marplatense, y nos casamos hace un año. Ella siempre me acompaña, más allá de que es profesora de educación física y actriz, labura en nuestro medio y lo hace muy bien, me parecía de alguna forma injusto traerla, repatriarla de su Mar del Plata natal. Ella es mucho más chica que yo, entonces me parecía egoísta. Así que el año pasado, estábamos en Las Leñas o en Puerto Madryn para mi cumpleaños y me dijo: “¿Te parece que de grandes podremos vivir en Mar del Plata?”. “Yo ya soy grande. Cuando llegues a ser grande, no sé si voy a estar yo”, le respondí (risas). Y me pareció tan noble y tan tierno lo que a ella le pasa con Mar del Plata que sería muy ingrato que no lo disfrute. Desde Las Armas o Maipú, ella ya te dice: “¿Sentís el olor a mar?”. Ama Mar del Plata y yo también tengo un vínculo muy lindo con Mar del Plata y con Miramar, sobre todo. Miramar es la ciudad en la que aprendí a andar en bicicleta, a nadar con mi viejo. Tengo los mejores recuerdos con mi papá y me queda a 40 minutos de Mardel.
— Y Mar del Plata te ha dado un montón también en lo profesional.
— Todo. Yo tengo una vida allá.
— ¿En otro momento de tu vida hubieses imaginado dejar tu cotidianidad para ir detrás de un amor?
— No tan pronto. En los últimos 10 años yo estuve como empezando de nuevo porque tuve varios años que no estuve bien de salud, entonces me guardé un poco y, de repente, la vida me volvió a reencontrar con este medio, y es como si hubiera empezado de cero. No me lo imaginaba, pero lo hice totalmente convencido. Fue orgánico, fue desde un deseo y todo fluyó para que así fuera. Y nos casamos el 24 de octubre del año pasado. Nos fuimos dos meses de luna de miel. Volvimos, hicimos dos obras de temporada juntos: Función imposible, con Roberto Peña; y Asia caliente con Carna, y grandes elencos, de las cuales también yo era el productor. Y en marzo fue una sensación rara.
— ¿Laburar juntos?
— No, la sensación rara fue cuando en marzo se volvían todos. Yo estaba acostumbrado siempre a volverme, a hacer diciembre, enero, febrero y en marzo volver. He ido a Mar del Plata fuera de temporada, pero siempre una semana y volvía. Acá se iban todos y nosotros nos quedabamos. Y le dije: “Amor, mañana es lunes 18 de marzo, ¿qué hace la gente después de la temporada?”.
— “¿Qué hago acá?”, le dijiste.
— Yo feliz, ¿eh? Pero...
— Es un cambio de vida.
— ¿Dónde hay un piquete? ¿Dónde están los peajes? ¿A qué autopista me subo? Hay como una vida más suave y el marplatense sabe vivirla y disfrutar. A las cinco de la tarde vos lo ves caminando con la tabla de surf y terminó el día. Fue otro mood, otro ritmo y justo me salió trabajo. Trabajé en Radio Mitre desde abril, así que me quedé ahí. Todos los días hacía un programa de una a cuatro, pero siempre Buenos Aires estaba presente en las notas, en mis relatos.
— Yo te escucho y pienso en cómo una misma vida puede dividirse de forma tan clara en distintas etapas. Pensarte hace 10 o 15 años, hablando en este tono, viviendo cerca del mar, con un ritmo más suave, era inimaginable.
— Sí. Pero creo que te lo da la persona que te acompaña, el contexto en el que nos rodeamos, la edad, el crecimiento personal y cómo uno va viendo la vida. Hace 10 o 15 años, yo no me imaginaba un sábado sin estar cenando en un restaurante en Puerto Madero, por ejemplo.
— O haciendo una presencia.
— Hoy hay cosas que a uno ya no lo movilizan. Hoy me moviliza cruzar a la playa y soltar a mi perro salchicha y que sea feliz. Yo hoy con casi 50 años digo: “¿Cómo me perdí tantos casamientos de mis amigos?" Hoy no me acuerdo ni por qué y en ese momento le das una importancia enorme. Cómo me perdí nacimientos, me perdí abrazar más tiempo a mi viejo. Cuando mi viejo falleció, yo tenía 19 años. ¿Por qué perdí tanto tiempo en planificar qué cosa? Si después de todo lo que planifiqué salió otra cosa.
— ¿Te reprochaste mucho eso?
— Sí. No sé si es un reproche. Trato de absorberlo. Yo siempre le digo a Marti: “Yo no te voy a decir dónde está la salida del laberinto, porque eso tenés que hacerlo vos y yo no te voy a condicionar”. Porque ella tiene 25 años. Pero sí te voy a decir: “Creo que para la izquierda no es”. Pero más que nada para que no pierdas el tiempo porque el tiempo es lo único que tenemos, lo más valioso, lo que no compramos y no vuelve. Yo no negocio, no transo con mi tiempo. Para mí el tiempo es absoluto.
— ¿Cuándo le empezaste a dar real valor al tiempo por sobre otras cosas?
— Cuando estuve adentro del psiquiátrico, porque no pasa más el tiempo ahí. Y el tiempo que es lindo, cuando te viene a visitar tu mamá, se pasa volando.
— Y en esa situación en la que estabas, ¿qué era lo que más miedo te daba?
— No salir de ahí o salir y que te miren, que me ha pasado también. “Ahí va el loco”. Ese prejuicio. O cuando hagamos esta nota, seguramente en los comentarios está eso y suele pasar. Pero me sentí tan seguro de mí y con tantas herramientas para poder salir adelante que estaba seguro de que iba a poder. Para mí el tiempo de salir era fundamental. Es un tiempo que encima no gobernás, porque te lo manejan otros. No tenés reloj, te dicen cuándo tenés que comer y cuándo hacer cada cosa. No estoy juzgando, simplemente contando mi relato.
— Estás contando tu experiencia.
— Es un tiempo en el que te dicen: “Ahora te ponés perfume, ahora te vas a dormir, ahora estás con tus compañeros, ahora se come, ahora están las visitas”. Y de repente, cuando no hay nada para hacer, decís: “Cuántas cosas que haría si no estuviera acá”. Entonces, empezás a darle importancia a que no necesitamos ropa y en realidad no necesitamos muchas de las cosas materiales que tenemos. Yo con un short, un pantaloncito, estuve 45 días. Lo único que quería era cambiarme el bóxer y ponerme perfume; después la remera era la misma. La camita en la que dormís, el lugar, la gente que ves. No tenés teléfono, no sabés qué está pasando afuera. Hay una cosa que había empezado a escribir y seguramente en algún momento lo haré y es: “Cuándo llegará el miércoles”. Porque el miércoles es el día de visitas. Entonces, estás toda la semana esperando y hay un momento en el que son las siete de la tarde, aproximadamente, y te sentás en el patio de afuera y hay un teléfono fijo.
— ¿Ese era el momento de comunicarte con el exterior?
— Claro. Esto fue hace diez años, tal vez han modificado las cosas en la clínica donde estuve internado. Pero estás esperando a que te llamen. Y de repente vos ves que se levanta alguien al lado tuyo y te pone contento porque a tu compañero lo llamó la mamá, pero vos ves que quedás para lo último y decís: “No me llama nadie”. O la persona que me tiene que llamar, que en ese momento compartía la vida conmigo y costaba que llame, era horrible esa sensación. Cuando salís de ahí querés capitalizar el tiempo. Mi viejo se fue con 45 años y pienso en el tiempo que le quedó por vivir por eso ya no transo con eso. Pongo límites cuando alguien quiere usurpar o hacerme perder mi tiempo. Cosa que antes no hacía, porque creía que había tiempo para todo.
— Sos una persona que estuvo tan iluminada, con tanto laburo, tantos ojos puestos en vos y reconocimiento, ¿cómo es cuando, de golpe, sentís que te olvidaron? Porque decías: “Estaba esperando un llamado que no llegaba y nadie me llamaba”.
— Yo pensé que no me iban a aplaudir más. Yo dije: “¿Y cuándo me subo de vuelta a un escenario?”.
— ¿Lo pensabas cuando estabas internado?
— Obvio. Sí, me daba miedo. Pero no por el aplauso, sino por perder un lugar en el que yo me sentí tan cómodo. Siempre me gustó poder expresarme, hacer reír y divertir. Yo había transitado tanto este medio, que tan bien me hace poder generar algo lindo en el otro y dije: “No está más”. En el verano de 2016, recién salido de mi primera internación y abandonado, porque me habían abandonado...
— ¿Quién te había abandonado?
— No importa.
— ¿Una pareja?
— Sí, una pareja. La persona que transitaba conmigo en ese momento, no importa. Yo estaba en el living de mi casa, sin motricidad fina, medicado, escapándome de los medios que estaban en la puerta del country donde yo vivía. No me animaba a pasar porque se me veía lento, difícil, no tenía brillo en la mirada. Todas cosas que uno pierde cuando está en una situación así. Caminaba alrededor de la mesa de mi casa, me ponía la música de Rocky y quería ganar de vuelta motricidad fina. Peleaba solo y decía: “Yo voy a poder”. Estaba con siete medicaciones arriba, con un futuro incierto y nadie me llamaba para trabajar. El teléfono no sonaba nunca. Y me acuerdo que me llamaron Aníbal Pachano y Daniel Comba.
El regreso al escenario
— Cómo uno se acuerda de los que sí estuvieron.
— Yo me acuerdo de las personas que están cuando la pasás mal. Creo que estaban trabajando juntos y me dijeron: “Mati, vení y hacé lo que quieras. Parate en el escenario”. Yo decía: “No, Dani, pero me siento lento”. “Vos párate, la gente te va a querer ver. No estoy lucrando con tu estado, estoy dándote la posibilidad de que vuelvas a trabajar en un escenario, que es lo que a vos te gusta hacer”, me dijo. Y en ese momento no me animé. Porque te llenás de miedo. Pero yo me despertaba muy temprano, me iba en bicicleta, nadaba con una profe que era la guardavida, que me hacía nadar para recuperar motricidad y ganar confianza. Me reencontré también con mi familia. Pero es un momento en el que se te apaga, no la luz, porque no es que vos decís tenés abstinencia de cámara...
— Pero se apaga el aplauso, el contacto con el público.
— Además, es decir: “¿Voy a poder volver?”. Porque mucho tiempo me pasó que también por la medicación sentía fobia, tenía miedo a enfrentar a la gente, que me vieran así, tenía miedo del qué dirán. A mí me decía: “Matías, practicá un chiste”. Y no me reía ni yo que ya sabía el final. No me salía ni el remate. Y esto fue hace 10 años, no fue hace 50. ¿Se puede salir adelante? Sí, pero es un trabajo que hay que hacer con uno.
— Creo que vos visibilizaste tanto lo que es la salud mental en un momento en el cual no se hablaba.
— Era un tabú.
— Creo que sigue siéndolo, pero menos. Los deportistas después empezaron a hablar mucho del tema.
— Sí, Tini, Alejandro Sanz, tanta gente tan talentosa.
— Vos hoy estás laburando de nuevo, estás enamorado, rehiciste tu vida desde un lugar mucho más consciente y con aprendizajes de experiencias muy duras. Cuánta gente del otro lado puede inspirarse en tu historia, ¿no?
— Sí, sin duda. Es lindo lo que decís. Me ha pasado, por ejemplo, de viajar a Bariloche porque me habían invitado a evento, fui a una boda del hijo de una amiga mía. Pero fui a Bariloche también con la misión de buscar un gnomo, un duende que era un rey dormido, con las monedas de oro, que me encantaba. Lo tenía cuando vivía con Graciela (Alfano) y en la división de bienes perdí a mi rey, no sé dónde quedó. Entonces, llego al evento, estaban festejando y le digo a mi amiga: “Escuchame, ¿dónde consigo un gnomo?”.
— ¡Necesito un gnomo! (risas).
— Ella me dice: “No me vas a creer, pero la persona que está allá es el que hace esos gnomos”. Me acerco al hombre, me reconoce y le digo: “¿Usted es el que hace los duendes, el rey?”. Y me dice: “Sí, ni me hables. Soy yo. Ese molde es mío, pero se nos prendió fuego hace tres años el taller y lo perdí”. “Uy me traía tanta suerte este duende. Bueno, gracias”, le digo. Pero ahí el hombre me dice: “Pero, ¿sabés qué? Ella también los hace” y me señala a otra señora en la fiesta. Cuando me acerco a la mujer, de la nada, ella me dice: “Yo sabía que ibas a venir a mí”. Le digo: “¿Por qué? ¿Qué pasó?”. Y ahí me dice: “¿Vos sabés que mi hijo estuvo internado con vos?”. Yo no lo sabía, pero ella me cuenta quién era y le digo: “¿Lo podemos llamar?”. “Sí, le va a encantar”, me dice. Nos fuimos afuera, lo llamo y se generó un reencuentro telefónico impensado.
—¡Mirá lo que generó el duende o el gnomo! ¿Te acordabas quién era el chico?
— Sí, era divino. Un ingeniero. Se había recuperado. Está en Bariloche y trabaja allá. En esa llamada, me dice: “Nos hiciste reír a todos hasta ahí adentro”. Le digo: “¿Por qué? ¿Qué pasó?”. Y ahí me cuenta: “Un día saliste y le cambiaste un bóxer por unos Ray-Ban a la hija del comisario”. Yo no me acordaba de esto y ahí me cayó la ficha. Me dice: “Son los anteojos con los que te fuiste de internación. La chica quería unos bóxer tuyos y vos saliste corriendo y todos te miramos y dijimos: ‘Este no está loco, es un fenómeno’” (risas). Y yo fui y se ve que le cambié un calzoncillo limpio por los anteojos con los que salí después de la clínica.
— Es espectacular lo que estás contando porque más allá de la anécdota, uno ve en retrospectiva y dice: alguien desde arriba maneja los hilos, ¿no?
— Sin duda.
— Hay toda una precisión de conexiones en cuestiones incluso dramáticas como las que te tocaron vivir a vos.
— Pero mirá lo que es la misión de cada uno: el duende, el señor, el casamiento, mi amiga, la señora que dijo...
— Para reencontrarte con quien te había acompañado en ese momento tan difícil.
— Todo el tiempo me pasa y lo linkeo con que vos decís de que lo visibilizo y ahí deja de ser una tragedia.
— Es parte de la vida.
— Yo siento que mi misión o mi propósito es tratar de, mientras pueda, hacerle bien a los demás, hacerlos divertir con lo que soy yo, sin forzar nada. Y lo hice hasta dentro de un loquero. Y que el tipo se acuerde de eso y que hoy la chica tal vez tenga mi calzoncillo y ya se haya recuperado, y yo me fui con los anteojos.
— Y también te demuestra que ese gran miedo que vos tenías de no volver a ser visto, reconocido, aplaudido, tu esencia trascendía todo eso que te estaba pasando a nivel salud.
— Y este medio, ¿eh?
— ¿Sentís que fue ingrato el medio con vos?
— No, el medio conmigo ha sido extremadamente generoso.
— Como mencionaste esto de que te sentías observado...
— Pero no por el medio. Por la calle, las redes o por lo que sea. Sentís que no están viendo el Mati que era hace cinco años, no estaban viendo el pillo que se llevaba todo puesto.
— No, nadie me juzgaba. A mí la gente que me conoce y que me quiere nunca me juzgó y siempre me han aceptado en todas las circunstancias, más medicado o menos medicado. Yo eran las once de la noche, por ejemplo, y con la medicación que tomaba, en Año Nuevo me dormía. Ese 2015-2016, en la casa de Pedro, que festejábamos, me fui a dormir a la habitación de él porque no podía más. Pero todos me cuidaban. Tengo un grupo, una red de contención hermosa. Algunas veces personas que tal vez compartís un asado y que vienen de otro rubro te dicen: “No, bueno, porque tu medio...”. ¿Viste que siempre está ese prejuicio? Pero el medio conmigo ha sido siempre tan generoso y siempre digo que todos tenemos nuestro lugar. Siempre va a haber lugar para todos y a mí todo el mundo me ha ayudado mucho en este camino. Rodolfo Ranni, Georgina Barbarossa, Carmen Barbieri, bueno, ahora Fátima. He trabajado con todos. Por eso a uno le duele cuando a veces lo que dicen o se pelean en una entrega de un premio. No es por ahí. Hay para todos. Todo el mundo te dice: “Qué buena carrera que hiciste”. Y no es una carrera, es un camino. Porque carrera significa estar compitiendo siempre contra alguien. Hace unos años hice el Camino de Santiago de Compostela. Caminé de Sarria hasta la catedral de Santiago de Compostela, un año jacobeo. Soy creyente y caminé 150 kilómetros. Y vos te cruzás con quien sea y siempre la premisa es decirte: “Buen camino” al que te cruzás, en el idioma que sea. No es qué edad tenés, cuánto medís o cuánta plata tenés.
— Nadie te mide.
— No te preguntan de qué línea política sos o de qué cuadro de fútbol. Nadie te juzga. Es “buen camino”. Y si te ven que se te rompió una zapatilla o algo, te ayudan para que vos llegues. Porque no sabés con qué batallas está peleando el que tenés enfrente o el taxista que te encerró en la calle.
— ¿Esa conciencia la adquiriste después de lo que te pasó?
— Sí, claro. Igual tengo mis momentos también. Yo no soy un Buda, sino estaría en el Tíbet ahora...
— Pero te escucho y piendo en cuánto de todo eso que pasó te llevó a una mejor versión de vos.
— Porque el agua se acaba, se termina todo. Todos somos finitos. Ojalá que vivamos 90 años. Pero si vivimos 90 años, 30 los dormimos, porque dormimos 8 horas por día. 30 años nos pasamos durmiendo, hay días que no nos acordamos, 10 que los sufrimos, 10 que estamos lamentando pérdidas. ¿Y qué es la vida?
— ¿Y qué es para vos?
— Qué sé yo, un quilombo. Hay veces que digo: “Qué linda la vida” y otras que digo: “¿Para qué mierda nos mandaron?”. Yo tengo mis pensamientos personales, pero la veo sonreír a Marti y me da felicidad. La abrazo a mi vieja y me da felicidad, veo al perro salchicha y me da felicidad, pero me veo internado y digo: “Mierda, ¿qué me mandó a esto?”. Se me murió mi papá, casi me cortan una gamba, me duele un oído y ahí digo: “¿Qué es esto? ¿Por qué?”.
— ¿A quién le pedías en esos momentos de oscuridad?
— A mí. Yo dejé de creer en todo. No creí más en nada. Yo me creí que era el hijo del Espíritu Santo y fue culpa mía. A mí me internaron porque tuve un brote psicótico con delirio místico. Yo seguí creyendo en Dios, pero no vino a sacarme de ahí adentro, salí yo. Entonces, yo creía en mi vieja, que a pesar de que tal vez no me podía visitar porque había problemas internos, eran las cinco de la mañana y estaba en la puerta con el auto y me mandaba una gaseosa o un postrecito para que el enfermero me lo dé. Yo creo en eso, creo en lo que veo. Creo mucho en Dios y me encanta. Pero antes era mucho más creyente. Hice el Camino de Santiago, fui a Fátima, a Lourdes, al Vaticano. Todo lo que se puede hacer, lo hice. Pero puede que me pasé de rosca y dije: “Vamos a parar un poquito y vamos a creer en Mati, que se levanta a las siete de la mañana y trabaja todos los días”. Sin ego, sin nada, creo en mí, en mi sangre, en mi viejo, en la gente, en esto que soy, en esta materia.
— El amor te reencuentra en otra etapa de la vida. No sé si uno ama distinto, pero al menos uno está diferente.
— Sí, claro.
— No es el mismo Mati que se enamoró de Martu que el que se enamoró de Silvina, de Graciela o de la que sea.
— Pero hoy tampoco soy el mismo Mati que me enamoré hace dos años y medio. Estos días cumplimos dos años y medio juntos y un año de casados. Nos veo en las fotos y los dos crecimos juntos y somos distintos, y está bueno elegirse también en esa diferencia.
— ¿En qué versión te encuentra ella?
— Y yo creo que tratando de ser mi mejor versión. Me reconozco que estoy atravesando un problema en un oído que me tiene bastante irascible. Tengo tinnitus, que es el zumbido, y tengo un oído tapado hace dos años y medio y no logro dar pie con bola. Y eso a veces me cansa más. Anoche pasé una noche difícil, dormí pocas horas. Entonces, Marti muchas veces tiene paciencia en que sabe que yo, por ejemplo, a veces me quedo en silencio y es porque estoy tratando de escuchar un silencio que no lo escucho hace un año y medio. Esta sensación de zumbido permanente me tiene a veces medio mal. Pero trato de ser mi mejor versión y de todas las experiencias transitadas tratar de ser mejor. A mí me encanta aprender, cuando me equivoco o algo me sale mal, me encanta aprender y soy muy observador.
— Tal vez es porque estás yendo más despacio y eso te lo permite.
— Sí, claro.
— El casamiento también, aparte de celebrar el amor, es un rito que te invita a entrelazar esos caminos. ¿Cómo lo viviste?
— El casamiento fue el mejor evento que me hubiera gustado que me contraten para ir a conducirlo (risas). Yo le digo a ella la sensación con la que me fui de la iglesia fue como ir flotando. De la iglesia, yo me hubiera subido a ese auto descapotable antiguo que alquilamos y me hubiera ido a un aeropuerto ni siquiera hubiera pasado por la fiesta aunque fue hermosa. Pero esa sensación de casamiento que vos decís, fue una locura. Verla a ella entrar con su papá fue un momento único.
— ¿Sentiste como una recompensa a este amor después de todo lo que te tocó pasar?
— Sí, sin duda. Creo que la vida me está recompensando. Pero no es que me castigó ni mucho menos. Muchas cosas las generé yo. No estoy en lugar de víctima. Pero, ¿viste cuando te dicen: “Che, te viene la buena”? Trabajo, amor, proyectos, tele, teatro, vida, salud, salvo esto que te conté antes, me siento bien. Estoy en un proceso de bajar un poco de peso. Mi vieja está bien de salud. Estoy bien, me siento bien.
Las cámaras solidarias junto a Tinelli
— ¿Extrañás algo de tanta masividad, como por ejemplo en el programa de Marcelo? ¿Extrañás algo de esos 40 puntos de rating?
— No extraño los 40 puntos sino esa adrenalina que era tan linda. Aunque no sé si la extraño, sino que digo qué lindo lo que nos tocó vivir, qué lindo que fuimos contemporáneos a eso. Porque hoy no existe más y no sé si tengo fuerza para eso. Me acuerdo que yo estaba ensayando el baile en el caño y me llama Marcelo para mandarme a un viaje. A Marcelo le encantaba que yo haga sus cámaras solidarias. Había un costado solidario en mí, entonces me llamaba y me decía: “Mati, esta semana hay que ir a Santiago del Estero”. Y yo estaba haciéndome el sexy en el caño y tenía que salir disparado a Aeroparque.
— Aparte como un soldado.
— Obvio. Ahí me decían tenés que ir y yo iba. En este caso me dijeron tenés que hacer de un arqueólogo que llega a Santiago del Estero, al paraje Labrita, porque le vamos a conseguir agua a un colegio. Te vamos a caracterizar, llegás en helicóptero y vas a anunciar una obra.
— Aparte la producción que había en esa época era una locura.
— Yo llegaba hablando en ruso, con el auto ploteado, el helicóptero ploteado. Aterrizábamos y salía la maestra con la directora. Imaginate un terreno todo lleno de tierra, los nenes ahí en el colegio, en la mitad del recreo, y yo bajaba...
— ¿El objetivo final era un acto solidario real?
— Sí, era excavar para sacar agua. Pero yo tenía que decir que había que levantar la escuela porque habíamos encontrado restos de pachanosaurius (risas). Imaginate, en Santiago del Estero, un helicóptero en la canchita de tierra. Era una cosa tan tierna. Y yo le decía a la señora: “Tengo mucha sed”. Y me decía: “Acá no hay agua”. Y cuando lograba que me traían una botella, en vez de tomarla me la tiraba en el pelo. Y la maestra me decía: “¡Acá cuidamos el agua!”. Yo estaba en modo personaje interpretando a un arquélogo malo. Encima Marcelo me dijo: “Tenés que ir a hacer la presentación de la cámara y volvés a bailar el caño”. Entonces, me volví rápido ese mismo día mientras toda esa semana se quedaban excavando hasta que llegaron a los 105 metros. Yo volví, bailé en el caño, hice todo y me volví a Santiago. Pero cuando llegué estaban todos parapetados y estaban todos los padres de los nenes esperándome con armas.
— Atrincherados. Era todo drama.
— “Queremos matar al arqueólogo”, gritaban (risas). Todo el equipo preocupado porque nos querían linchar. Teníamos a los nenes abrazados a la retroexcavadora para que no avancen. Era todo una locura. Pero después fue hermoso. El supuesto asistente del arqueólogo viene y dice: “Señor arqueólogo, tenemos una buena y una mala noticia”. Todos estos esperando el resultado para ver qué pasaba con la escuela...
— Era un clima completamente hostil después de lo que habían anunciado.
— Claro, todo clima de tensión. La buena noticia era que no estaban los restos de pachanosaurus. Y ahí yo como arqueólogo decía: “Uy qué mal”. Y él me respondiá: “Pero, ¿sabe qué? ¡Hay agua! Y ahí saltó un chorro de agua y pusieron el tema Agua, de Los Piojos. Y vos ves a los nenes y aún hoy siguen llegando mensajes con la canchita de fútbol con pasto y los nenes jugando ahí. Entonces, me decís: “¿Añorás o extrañás?”. Esa sensación sí. Hoy la forma de comunicar es otra. Nosotros lo vemos sentados en un escritorio, que no está mal. Pero eso era realmente emocionante.
— Es que era cambiarle la vida a la gente.
— Hemos vivido cosas que han sido increíbles. No es que extrañe mi pasado ni mucho menos, pero soy un agradecido de que, por ejemplo, que Marcelo haya pensado en mí para hacer eso, haber sido contemporáneo de todas estas cosas. Hay que guardarlas, atesorarlas, saber que las transitamos, que las hicimos, que están por suerte en una red, en una nube, que las podemos ver cuando queramos y aggiornarse a lo nuevo, acomodarse a lo que va. Pero tenemos eso en la mochilita.
Proyectos actuales y el deseo de ser padre
— Si pudieses tomarte un mate con el Mati de hace 10 años atrás, antes de todo lo que te pasó, ¿qué le dirías?
— Me vas a hacer llorar. En muchas situaciones me hubiera dicho: “Salí de ahí, maravilla”. En otras me hubiera dicho: “Andá más despacio, tranquilo”. A todas las edades para atrás le hubiera dicho lo que dijiste hace un rato: “Estate presente, consciente y disfrutá esto. Hablá menos, escuchá más y no confíes tanto”.
— ¿Te han traicionado mucho?
— Sí. Pero no está mal tampoco porque eso me da herramientas y me hizo más fuerte. Vas aprendiendo.
— Y haciendo el mismo ejercicio, pero mirando para adelante. Si pudiese venir el Mati dentro de 10 años, ¿qué te gustaría que te cuente?
— No lo había pensado. En 10 años, tendría casi 60. Y me gustaría verme mejor que ahora. Ser un Brad Pitt, ponele, que tiene 70 y está genial (risas).
— ¿Te gustaría ser papá?
— Sí, nos gustaría ser papás. Tenemos ganas. Estamos viendo cuándo es el momento. No lo estamos buscando.
— Y Martu es chiquita todavía.
— Sí, pero tiene ganas. Tenemos ganas. Pasa que también nuestra vida es tan nómade de alguna manera, que digo, bueno, me voy a Mar del Plata, estoy más tranquilo, hago una base y de repente te pasa la vida por delante.
— Vas a hacer teatro con Fátima.
— Voy a trabajar con Fátima en el Holiday el verano, producido por Miguel Pardo, festejando los 20 años de Fátima en Carlos Paz. Mi última obra en Carlos Paz fue antes de enfermarme, en 2015. Y vuelvo ahora, 11 años después, con otra sabiduría, otro aprendizaje. Estoy conduciendo, que es lo que siempre quise y hoy tengo mi programa, de 9 a 11, mi espacio en Net, que lo hago con tanto amor. Estoy feliz. Me gustaría que el de 60 me diga: “Che, qué bien estos 10 años. Cómo los capitalizaste, cómo aprendiste”.
— ¿Y te quedó algún miedo?
— No, no tengo miedo. El miedo no existe. Puede ser una sensación fea de perder a mi vieja, por ejemplo. Qué pasará el día de mañana, a quedarme sin trabajo, a volver a enfermarme o que no se vaya este zumbido. No lo sé. Pero la palabra miedo no.
— Has logrado desdramatizar todo.
— Y sí. Porque tragedia más tiempo es comedia. Pero si no lo vemos de esa manera, hoy no tendría que estar acá después de todo lo que viví. En 2011 casi me cortan la pierna, sufrí la internación. No me hago la víctima, me río de mí. Ya me divierto, la paso bien. Me salen mal las cosas o lo que sea y trato de divertirme. También estoy en un momento de mi vida en el que los límites correctos con educación y con respeto es saber que mi libertad termina donde empieza la tuya. Mi tiempo lo administro yo. Te puede gustar o no lo que hago, pero esta es mi forma de vivir, de desarrollar la vida, lo que trato de aprender y de profesar. No soy ejemplo de nada, pero sí pongo límites.
— Estás en un lindo momento.
— Sí, hermoso. Yo me levanto feliz y no es fácil. ¿Viste cuando uno pregunta qué somos, a qué vinimos? Somos lo que damos. ¿Damos alegría? ¿Damos malestar? ¿Damos malas noticias? Si una persona es feliz, es generosa, todo eso vuelve. Yo estoy convencido de que la vida, Dios o quien sea, me dio una segunda oportunidad para transitar. ¿Pero por qué? Porque te juro que me la gané. Yo sé que hice bien las cosas. Y me la banco. Porque hice bien las cosas cuando pude haberlas hecho muy mal. Ser buena gente es un trabajo. Me acuerdo una vez en Jerusalén, que fuimos con mi hermano, y estabamos en el Muro de los Lamentos, sentados en donde fue la Última Cena. Habíamos comprado un sándwich para compartirlo. Y mi hermano, que es una persona muy inteligente, me dijo: “¿Vos creés que sos buena persona porque sos religioso, sos creyente? ¿Creés que cumplís con todas las premisas?”. “Sí”, le digo. Y me dice: “¿Vos sabés cuál es la única premisa que es la misma, que tiene el mismo común denominador que en todas las religiones? No le hagas a los demás lo que no te gustaría que te hagan. Y te lo pongo como positivo para que se te haga más difícil: haceles a los demás lo que te gustaría que te hagan". Es la única premisa que está en todas las religiones. Así trato de vivir. A veces me sale, a veces no.
"Lo único que lamento es no haber inventado los vaqueros". Esta frase, atribuida Yves Saint Laurent, realza la importancia de una prenda que ha sabido envejecer como ninguna. Mucho antes de conquistar el street style, el vaquero ya había comenzado a escribir su historia. Proveniente de la ciudad de Nimes, en Francia (serge de Nîmes), de ahí su apelación denim, fue inicialmente utilizado por su resistencia. A finales del siglo XIX, "durante la fiebre del oro en California, Levi Strauss comercializó un pantalón realizando con denim, que tenia un bolsillo para que los mineros pudiesen guardar sus herramientas", explica la diseñadora Zuri Ramos (@white_bouquets_).
Con el paso del tiempo, se convirtió en un icono de rebeldía y juventud, gracias a figuras como James Dean y Marlon Brando. En la actualidad, su espíritu desenfadado y atemporal lo siguen colocando en el podio de las prendas más versátiles y deseadas.
Los expertos de Encuentro recuerdan que "hay pocos tejidos capaces de acompañarnos durante tanto tiempo y, a la vez, reinventarse tantas veces. El denim cambia de forma, de volumen y hasta de color, pero nunca termina de abandonar el armario". Y su variedad es, sin duda, uno de sus grandes puntos a favor: "Skinny, flare, wide leg, straight, push up... ya no hay un único vaquero que defina una temporada. La convivencia de diferentes fits refleja también una manera más libre y personal de vestir, en la que encontrar el pantalón que mejor funciona para cada mujer importa más que seguir una única tendencia". ¿Pero cómo lucirlo con éxito? Algunos looks resultan sencillamente infalibles.
Cazadora de cuero + camiseta
Tanto para acudir a la oficina como para un plan apetecible en fin de semana, la combinación de los vaqueros con buenos básicos de fondo de armario funciona. Por buenos básicos nos referimos a la camisa blanca, la camiseta XXL, la cazadora de cuero o la blusa romántica. Si el minimalismo domina habitualmente tus looks, prueba a lucir un par de vaqueros rectos azules con una prenda sencilla y complementos con personalidad que eleven el conjunto. Un par de bailarinas rojas o un bolso con tachuelas son buenas opciones.
Con gabardina
Este otoño, "la gabardina mantiene su lugar como uno de los grandes imprescindibles: una prenda práctica, versátil y suficientemente ligera para acompañarnos cuando el calor empieza a dar una tregua", explican los expertos de Simorra. Por ello, una de las mejores combinaciones de la temporada es la formada por la gabardina y vaqueros, tanto de corte acampanado como balloon. Basta con una camiseta para completar el conjunto.
Con un poncho
Con la llegada del frío, regresan al primer plano algunas prendas exteriores tan interesantes como el abrigo de borreguito, la capa pero también el poncho. El encanto folk chic de esta última prenda es único por lo que no dudes en invertir en una modelo de lana gruesa, de un color sobrio y ponible, como el blanco o el gris.
En 'total look'
La combinación de un buen par de vaqueros con una camisa a juego es la garantía de un look atemporal, sofisticado y sin esfuerzo. Sumados a una camiseta blanca y un cinturón con un estampado como el de leopardo, consiguen un look de inspiración effortless chic idóneo para cualquier momento.
Denim + estampado animal
Leopardo, cervatillo, cebra... los estampados animales reinan en la selva de las tendencias. Una manera óptima de lucirlos es a través de abrigos XL, una prenda que convierte cualquier estilismo en una declaración de intenciones. Asociado a un par de vaqueros rectos o wide leg, el resultado es un equilibrio perfecto entre audacia y naturalidad.
Con cárdigan
"Un cárdigan sobre un top ajustado, una camisa vaquera combinada con punto o una blazer sobre una blusa ligera son algunas de las fórmulas que nunca fallan", señalan los expertos de Maksu. Si a ellos sumamos un vaquero recto o de corte ancho, conseguimos un look casual chic de máximo confort y belleza.
Con una blusa romántica
Las blusas con lazadas, volantes y lazos, es decir detalles de inspiración romántica, son grandes inversiones. En otoño, se pueden llevar con un vaquero negro o azul y una americana estructurada para conseguir un estilismo todoterreno. El contraste entre la delicadeza de sus acabados y la sobriedad de las prendas de corte sastre es siempre exitoso.
Los mejores looks del street style lo corroboran: los vaqueros son inmortales y su capacidad para reinventarse temporada tras temporada los convierte en un imprescindible del armario.
La última de Kylian Mbappé es la que le va a salir más cara. El delantero, que prepara en Valdebebas el partido del Real Madrid ante el Racing de este domingo, ha perdido tres patrocinadores y ha generado un conflicto con China al referirse a Mao Zedong, fundador de la República Democrática, en los siguientes términos: “Creo que era un dictador”. Un sacrilegio en la región de Asia, que no ha aceptado su perdón.
Los controladores del centro de coordinación de Atocha (Madrid) ordenaron al AVE 2080 que siguiera un protocolo equivocado antes de que el miércoles embistiera al Iryo 6076 en la localidad toledana de Urda, causando al menos 69 muertos y 58 heridos. Así se desprende del libro de normas del maquinista de Renfe y de los testimonios recabados por este diario de tres expertos con experiencia en el manejo de la línea de alta velocidad que une Madrid y Sevilla.
Falta de personal y una fuerte presión sobre los hombros de los operarios en horas pico de tráfico. Son dos de las quejas recurrentes de los sindicatos al referirse al Puesto de Mando y Centro de Regulación y Control (CRC) que el gestor de la infraestructura ferroviaria Adif tiene junto a la estación madrileña de Atocha. En él trabajan un centenar de personas en torno a Da Vinci, uno de los sistemas de vigilancia de la red ferroviaria más avanzados de Europa. Desde sus pantallas se monitoriza el control de tráfico centralizado, las comunicaciones fijas y GSMR, la señalización, sistemas de seguridad, sistemas de planificación y regulación del tráfico, videovigilancia y control de las estaciones. Hasta ahora, un motivo de orgullo para la compañía dependiente del Ministerio de Transportes, pero es aquí donde se fragua la cadena de órdenes inconexas que acaban el miércoles en tragedia, con el choque de dos trenes y al menos 69 víctimas, en la localidad toledana de Urda.
En su primera comparecencia tras el accidente, el miércoles desde el puesto de mando de Urda (Toledo), el cariacontecido presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se mostró consciente de que, además del coste en muertes y heridos y familias desoladas, la tragedia dejaría un legado más, uno en forma de destrozo en el crédito popular del ferrocarril. El Gobierno reforzará la seguridad para “reconstruir la confianza en nuestro sistema ferroviario de alta velocidad”, se comprometió el jefe del Ejecutivo. Para conseguirlo, hay tarea por delante, que las urnas dirán el 29-N a quién le toca asumir. Porque la catástrofe de Urda golpea una imagen, la del servicio de trenes en España, que ya está seriamente dañada, según muestran los datos demoscópicos disponibles.
Hope es un espectáculo bestial. En este caso, de trepidante y furiosa acción ante la amenaza aniquiladora de unos seres muy extraños. El título no hace alusión a ninguna esperanza, sino al nombre del pueblo que un día amanece literalmente patas arriba cuando una fuerza ingobernable lo destruye todo. La primera hora de Hope, que empieza con el jefe de policía local a pocos kilómetros del pueblo examinando a una res destrozada por las garras de un animal desconocido, es una delirante persecución sin respiro dentro del laberinto de calles, tiendas, oficinas y mercados del pueblo destruido. Un ejemplo asombroso del arte del exceso.
Función de noche, obra maestra de Josefina Molina, sobrevuela como algo más que un fetiche cinéfilo la ópera prima de Javier Giner, autor de la serie autobiográfica Yo, adicto.Si en aquella película de principios de los ochenta —también con el teatro de fondo y también con el cine de John Cassavetes en su espíritu—, asistíamos al doloroso ajuste de cuentas de un matrimonio separado, el ajuste de Giner ocurre en solitario, sin posibilidad de réplica, ante el espejo roto de dos vidas bifurcadas en una misma ciudad, Bilbao.
Nunca han querido estar de moda. Dicen los escoceses Norman Blake y Raymond McGinley, a sus 60 y 62 años, que ni siquiera cuando crearon Teenage Fanclub en Glasgow en 1989 les interesaba figurar en una escena. “Parte de lo que hacemos, y de lo que hacíamos entonces, consiste en ignorar un poco todo lo demás y seguir nuestro propio camino, al margen de las tendencias”, reflexiona McGinley, “cuando empezamos estaban los Happy Mondays, los Stone Roses, aquella escena baggy [del Manchester de finales de los ochenta]. En el Reino Unido no había muchas bandas que sonaran como nosotros. Hacíamos lo nuestro”. La fórmula —basada en melodías de guitarra y armonías vocales, pero sin miedo a la distorsión— les ha funcionado: llevan juntos 37 años (40 si se tiene en cuenta su primera formación, The Boy Hairdressers), acaban de publicar su decimotercer álbum de estudio, Do Not Dare to Dream (no son supersticiosos, su cuarto disco se tituló Thirteen), y están inmersos en una gira europea que ha sumado 12 fechas en España.
El Ayuntamiento madrileño de Boadilla del Monte (66.300 vecinos), gobernado por el PP, quiere recuperar unos locales comerciales que llevan años vacíos y que en su día fueron escenario de uno de los grandes pelotazos del caso Gürtel. El Consistorio ha llegado a un acuerdo extrajudicial con Caixabank, propietaria hoy de esos locales, para pagar la deuda hipotecaria que mantiene la empresa que en su día se hizo irregularmente con esos locales y que pertenecían a uno de los condenados, Ramón Blanco Balín, economista e inspector de finanzas del Estado, gran amigo en su día de José María Aznar (que le hizo directivo de Repsol) y que fue detenido como uno de los grandes cerebros financieros de la trama liderada por Paco Correa.
De hecho, Blanco Balín ya ha sido condenado en varias de las piezas de la trama (la visita del Papa a Valencia en 2006, los negocios en Arganda del Rey y en Boadilla del Monte) y espera nueva sentencia por otra pieza, por ayudar a Correa y sus socios a ocultar el dinero en el extranjero y defraudar al fisco. La Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo (EMVS) de Boadilla llevó este martes a su Consejo de Administración un punto del día para ser votado: pagar 600.000 euros a la Caixabank para poder recuperar la titularidad de tres fincas que albergan los 30 locales y 140 plazas de aparcamiento. Aunque el Ayuntamiento tiene el derecho de superficie, la titularidad de los locales es de la entidad financiera, que se los quedó después de que concediera un préstamo a la compañía Artas Consultoría, propiedad de Ramón Blanco Balín.
Aunque el PP tiene mayoría en el Consejo de la EMVS (nueve miembros), este martes decidió a última hora retirar la votación de ese acuerdo extrajudicial después de que la concejala del PSOE, Alessandra del Mónaco, pidiera más tiempo para estudiar toda la documentación y amenazara a los consejeros del PP con llevarles a los tribunales si con dinero público se saldaba la deuda que un condenado por corrupción mantiene con la entidad financiera. “El asunto es complejo y queremos dar la oportunidad al resto de grupos municipales de reunirse con los funcionarios y los técnicos para que les pregunten lo que consideren oportuno”, señala un portavoz del Ayuntamiento. “Es más eficiente, constructivo y beneficioso superar el actual estado de confrontación y poner fin a la judicialización de este asunto que podría alargarse durante varios años”, señala la propuesta enviada por Caixabank.
Para entender todo este lío tan “complejo” y judicializado hay que remontarse al año 2008. En ese momento, Caja Madrid (que luego sería absorbida por Caixabank) concedió dos préstamos que sumaban 6,7 millones de euros para que Ramón Blanco Balín pudiera llevarse uno de los principales contratos que la red que Correa amañó en Boadilla. Los dos préstamos, de 5,9 millones y 800.000 euros, se concedieron en junio y agosto de 2008. El negocio era redondo para Blanco Balín y Paco Correa. El Ayuntamiento de Boadilla, gobernado entonces por Arturo González Panero, alias ‘el Albondiguilla’ (condenado a 36 años de cárcel), sacó a concurso el derecho de superficie de tres parcelas en la mejor zona del municipio, donde se iban a construir 33 locales comerciales y 140 plazas de garaje en la Avenida Siglo XXI, una de las principales arterias del municipio.
Un amaño por 99 años
La adjudicación se la llevó Rústicas MBS SL, tres años antes de los préstamos, en octubre de 2005, empresa de Blanco Balín, que luego en 2007 cedió la concesión a otra firma suya, Artas Consultoría. Esta última gestionaría los 33 locales y los garajes durante 99 años. Y a cambio sólo pagaría al Ayuntamiento un canon anual de 81.344 euros, canon que había sido reducido porque fue fijado inicialmente en 320.000 euros. Todo un chollo para la trama, ya que ¿cuánto podía sacar Blanco Balín si alquilaba el espacio a su disposición? Según sus estimaciones, 1,3 millones de euros anuales, de los que había que descontar el paupérrimo canon anual que le pedía el Consistorio: 81.344 euros.
Si se hubieran mantenido esos precios en los 99 años de concesión, el negocio era de 136 millones de euros. Tras conocerse el escándalo del caso en 2009, el Ayuntamiento de Boadilla (ya con Panero fuera) rescindió en octubre de 2011 el contrato con Artas Consultoría. Han pasado 15 años y los locales comerciales languidecen en una de las avenidas más comerciales de Boadilla. Para la concejala Alessandra del Mónaco “consideramos que un asunto de esta trascendencia, relacionado con las consecuencias jurídicas de actuaciones urbanísticas del pasado y con antecedentes judiciales vinculados al caso Gürtel y la presencia del ex alcalde Arturo González Panero en prisión con una sentencia de 36 años y 11 meses, debemos exigir la máxima transparencia y todas las garantías jurídicas y económicas”.
El acuerdo que quieren firmar Boadilla y Caixabank contempla que, en el caso de que la entidad financiera recupere la totalidad del importe reclamado a Blanco Balín, 4.145.553 euros, “CaixaBank quedará obligada a reintegrar a la EMSV, en el plazo de 10 días hábiles, el importe de 600.000 euros abonado por ésta. La obligación de reintegración solo aplicard en el caso de recuperación por CaixaBank del total importe reclamado”. Las dos partes, Ayuntamiento y Caixabank, se comprometen así también a piner fin al litigio que mantienen por la titularidad real de las parcelas (y por ende, de los locales) para poder inscribirlas en el registro.
“Nos encontramos ante una cuestión jurídica compleja. La situación de bloqueo jurídico y económico de los inmuebles de la Avenida Siglo XXI está generando a la EMSV un perjuicio económico, sin perspectiva de solución a corto plazo por la vía exclusivamente litigiosa. Hasta que no se cancele la inscripción registral del derecho de hipoteca constituido sobre el derecho de superficie, las fincas no están, técnica y jurídicamente, libres de cargas”, explican desde el Consistorio. Si Boadilla tuviese los locales, podría sacar su alquiler o concesión a concurso e ingresar unos fondos públicos. Ese canon de concesió sería de 300.000 euros anuales. “No nos oponemos a que se busquen soluciones que protejan los intereses municipales, pero creemos que cualquier acuerdo debe estar suficientemente justificado y garantizar la defensa del patrimonio público. Boadilla no puede pasar página de la Gürtel sin transparencia ni explicaciones. No vamos a contribuir a normalizar sus consecuencias ni a cerrar en falso este capítulo de la historia de nuestro municipio”, recalcan desde el PSOE.
El currículo empresarial de Ramón Blanco Balín, por su parte, ha sido muy ingente. Ha tenido cargos en 40 empresas, entre las que destacan el Banco Zaragozano, Barclays Bank, NH Hoteles o Gas Natural. En 1996, tras la victoria de Aznar, Blanco Balín se incorpora a Repsol como consejero. En el año 2000 Alfonso Cortina, el presidente, lo nombra su segundo y en 2002 es elegido consejero delegado. En esos años también era apoderado de la Corporación Financiera Alcor, la sociedad patrimonial de ‘Los Albertos’ (Cortina y Alcocer). Boadilla, por su parte, fue uno de los epicentros de la trama Gürtel. Tanto, que la Audiencia Nacional abrió una pieza separada solo para investigar los tejemanejes de Correa y los suyos en este municipio madrileño. Las condenas fueron ejemplares.
El Tribunal Supremo confirmó en noviembre de 2023 la condena de 36 años y 11 meses que la Audiencia Nacional impuso a Arturo González Panero, exalcalde de Boadilla del Monte. La sentencia también condenó al PP a pagar 204.198,64 euros por beneficiarse de la red. Correa, al que se le impusieron por este caso 13 años y 6 meses de cárcel, la misma pena que a su número dos, Pablo Crespo, llegaron a un acuerdo con la Fiscalía para reducir su castigo a cambio de confesar los hechos. Esta pieza de Boadilla dejó 23 condenados.
Bogotá, 29 oct (Prensa Latina) El Gobierno de Colombia presentó hoy ante el Congreso una propuesta legislativa de ajuste fiscal a la que denominó “Ley de Rescate” que plantea recortar el gasto estatal y reestructurar el sistema tributario nacional.
Bogotá, 29 oct (Prensa Latina) El presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, ordenó hoy la militarización de Cúcuta con carácter inmediato, en medio de la escalada de violencia que sacude a esa urbe fronteriza con Venezuela.
Transcurridos ya dos días desde la tragedia de Urda, está muy abierto el debate acerca de la causa primera de lo sucedido. Consolidándose la opinión entre los especialistas de que se encuentra en el sistema LZB de frenado. Que falló en Urda y que está en uso en la línea Madrid-Sevilla desde su inauguración, con ocasión de la Expo de 1992. Un sistema tecnológico de calidad, pero que tras 34 años de servicio se encuentra necesitado de especial mantenimiento, y cuya sustitución ya debía haberse producido. El propio Sánchez ayer en una comparecencia sin preguntas –como suele ser lo habitual en él– declaró que «van a reforzar la seguridad para que esto no vuelva a suceder». Lo que implícitamente significa reconocer un claro fallo técnico. Y preguntarle que si ya pasó una tragedia similar en Adamuz hace 9 meses, y en el mismo trayecto, ¿ha tenido que producirse esta otra tragedia para decidirse a mejorar la seguridad? ¿Y por qué todavía no se había reforzado? Ayer hubo un problema en la red ferroviaria que, afortunadamente, no fue otra tragedia, sino una nueva «incidencia». Fue un enganchón de catenaria de un convoy de Ouigo que cubría la ruta entre Murcia y Valladolid y que lo retuvo durante varias horas sin suministro eléctrico en el interior de un túnel a la altura de Aranjuez. Podemos imaginar, tras el impacto inicial y lo sucedido a continuación, el estado emocional de los viajeros. Y precisamente en la operadora que, a diferencia del ave de Renfe y de Iryo, no se había visto afectada por las tragedias de Urda ni de Adamuz. Es un dato significativo que las dos grandes tragedias sucedidas este año se hayan producido en la línea de la red entre Madrid y Sevilla. Pero pese a ello, la línea Madrid-Barcelona, de especial importancia, se ve afectada por la huelga de igual manera, invocando carencia de seguridad. El dolor de los familiares y amigos de las víctimas está siendo compartido por gran parte de la sociedad española, informada a través de los medios de comunicación que lo están difundiendo ampliamente. Ayer, la cifra de víctimas mortales se incrementó a 74 viajeros, además de 54 heridos de distinta gravedad. También se confirmó el fallecimiento de Fátima Báñez, quien fuera gran persona y ministra de Empleo y Seguridad Social, y que iba a Sevilla para participar en el acto del Día de la Empresa. Sin duda, esta tragedia a un mes de las elecciones generales del 29 N ha incidido en la precampaña electoral, eclipsando, de momento, el debate exclusivamente político. Pero exigiendo una investigación rigurosa de lo sucedido. Que es un gravísimo daño a nuestra reputación internacional.
Bogotá, 29 oct (Prensa Latina) Más de 44 millones de pasajeros se movilizaron por los aeropuertos de Colombia entre enero y septiembre último, lo cual representó un incremento del 4,2 por ciento en términos interanuales, informó hoy la Aeronáutica Civil.
Bogotá, 29 oct (Prensa Latina) El partido Pacto Histórico de Colombia destacó hoy la conclusión en la Cámara de Representantes del trámite ordenado por la Corte Constitucional para subsanar los errores de procedimiento en nueve artículos de la reforma pensional.
Hay muchas personas a las que conocemos por casualidad y que, sin que podamos imaginarlo en ese mismo momento, terminan ocupando un pequeño lugar en nuestra memoria. No hace falta haber compartido con ellas años de vida, ni pertenecer a su círculo más cercano, ni haber vivido una historia extraordinaria a su lado. Su sola presencia, educación, cercanía y amabilidad al hablar son suficientes para dejar una impresión duradera.
A Fátima Báñez la conocí así, por casualidad, hace ya un tiempo en un viaje de trabajo a Sevilla, y quizá por eso, al conocer la noticia de su muerte, he sentido la necesidad de detenerme para escribir estas líneas. No desde la pretensión de haber conocido toda su vida, porque sería injusto atribuirme una cercanía que jamás tuve, sino desde el recuerdo de las risas que nos echamos en ese viaje y por su templanza para aguantar tanto piropo por parte de mi jefe.
Fátima fue una mujer que llegó a alcanzar responsabilidades importantes en la vida pública española. Como ministra de Empleo y Seguridad Social, participó en una etapa especialmente compleja para nuestro país, marcada por la crisis económica y por el enorme desafío del desempleo. Su paso por el Gobierno la situó en el centro de decisiones que afectaban a millones de personas y que exigían capacidad de trabajo, resistencia y sentido de la responsabilidad. Después continuó vinculada al mundo empresarial y al diálogo entre las empresas y la sociedad, desde una posición que también requería experiencia, criterio y capacidad para entender realidades muy distintas.
Eso es lo que me lleva hoy a recordar aquel encuentro casual con Fátima. No voy a adornarlo con detalles que el tiempo no necesita ni a convertirlo en algo que no fue, simplemente fue eso, un viaje de trabajo.
Hay, además, una dimensión de esta pérdida ante la que cualquier consideración profesional queda necesariamente en segundo plano: la familiar. Para quienes conocieron a Fátima desde la intimidad de su hogar, su muerte representa la ausencia de una mujer concreta, con su voz, sus costumbres, su manera de estar y el lugar insustituible que ocupaba en la vida de los suyos.
Pienso especialmente en sus hijos. No pretendo imaginar su dolor ni poner palabras en sus sentimientos. Hay dolores que merecen respeto precisamente porque no nos pertenecen. Pero sí cabe recordar algo que a veces olvidamos cuando hablamos de personas conocidas: para el mundo, alguien puede ser una ministra, o una figura relevante; para sus hijos, es su madre. Y no hay cargo, reconocimiento ni éxito profesional que pueda compararse con la dimensión de ese vínculo humano.
Ojalá, cuando pase el tiempo y la tristeza encuentre una manera menos dolorosa de acompañarlos, puedan recordar a Fátima en toda su amplitud. No solamente por la forma en que murió, sino por la vida de entrega que tuvo. Por sus decisiones, sus esfuerzos, sus logros, sus afectos y por esa parte de ella que solo su familia conoce y que ninguna crónica podrá contar por completo.
Que sientan orgullo al hablar de su trayectoria y ternura al recordar a la mujer que había detrás de ella. Ojalá sepan que ambas cosas forman parte de su legado: la profesional que asumió responsabilidades de primer nivel y la persona cuya vida no puede resumirse en ellas.
Y quisiera, también, que estas líneas conservaran algo de la sencillez de aquel encuentro casual. Porque hay veces en que no hace falta conocer a alguien durante mucho tiempo para comprender que hemos tenido la oportunidad de coincidir con una persona que merece ser recordada con afecto y respeto.
Hasta que llega una noticia como esta.
Y entonces uno entiende que escribir también puede ser una forma de reconocer. No de fingir una intimidad que no existió, sino de dejar constancia de que aquella persona estuvo ahí, de que su trayectoria tuvo importancia y de que el recuerdo de un encuentro, por breve que fuera, merece ser tratado con honestidad.
Me quedo con esa idea. Con la importancia de reconocer a las personas mientras forman parte de nuestro presente y con la necesidad de hacerlo también cuando ya no están. No para añadir solemnidad a la tristeza, sino para que la muerte no sea lo único que digamos de ellas.