Los ocho libros de la semana: de un enigmático debut anónimo a un análisis del género del ‘true crime’
El canon Formentor

© ARCHIVO FUNDACIÓN FORMENTOR (EL PAÍS)

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Hace años, en un congreso de historia, alguien tuvo la idea de que los asistentes echaran una moneda a un bote común cada vez que se citaba el nombre de Chris Wickham (1950-2026). Les dio suficiente para pagarse varias rondas en un bar después de las sesiones. La anécdota ilustra hasta qué punto la obra de Chris Wickham, fallecido el pasado 9 de octubre, ha marcado el estudio de la Edad Media. Nadie como él sabía conectar épocas, regiones o temas y plasmarlo en deslumbrantes interpretaciones. Podía hacerlo porque sus conocimientos eran tan vastos que asombraban hasta a los especialistas más avezados. Manejaba papiros árabes o documentos de la Genizá de El Cairo con la misma solvencia con la que indagaba en los polípticos carolingios, en los statuti comunali de ciudades medievales italianas o en los pipe rolls ingleses, y sabía destilar hasta la última gota de crónicas latinas, árabes o bizantinas para extraer cuanto ayudara a entender las sociedades en las que vivían sus autores.

© G. DAGLI ORTI (DE AGOSTINI / GETTY IMAGES) (EL PAÍS)
Manuel Álvarez Junco (Zamora, 78 años), profesor titular en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid y artista gráfico, recuerda que durante mucho tiempo evitó regalar calaveras traídas de México porque a sus amistades en España “les sentaba mal y hasta se ofendían”. La anécdota refleja dos formas de relacionarse con la muerte: mientras que en España, y gran parte de Europa, suele asociarse al duelo y a la solemnidad, en México, el Día de Muertos la incorpora a una celebración familiar, con ofrendas, flores, tumbas adornadas, comida y música.
Donde hace siglos se encontraba la puerta de Valnadú, en el número 5 de la calle Vergara de Madrid, haciendo esquina con la calle de la Unión, junto al Palacio Real, se ubica la librería La Buena Vida. Este «café del libro» abrió en el año 2007 con una vocación de librería independiente y cultural, prestando especial atención a la edición alternativa y a la literatura contemporánea en castellano. En 2018, CEGAL le concedió el Premio a la Librería Cultural del año. Pasamos a echarle un ojo a sus suculentas estanterías y, por qué no, a tomarnos un capuchino... con sacarina, por favor.
Una vez acomodados, nos atiende amablemente Jesús Rodríguez, librero de La Buena Vida. De entrada, nos recomienda dos títulos recientes de narrativa: «Zapote» (los tres editores) del escritor costaricense Luis Chaves, y «Glifo» (Nórdica) de la escocesa Ali Smith. Si en el primero se eleva a símbolo uno de los elementos centrales del universo del autor: su casa de Zapote; en el segundo, se nos pregunta si acaso estamos prestando atención a la historia que nos ha forjado y a la historia que estamos creando. Y lo hace a través de la historia de dos hermanas en una era confusa.
Asimismo, en el apartado de no ficción, nuestro cicerone librero nos conduce hasta un estante de donde saca un libro de canto fino y blanco, se trata de «Desentendimiento» (Caja Negra), el flamante ensayo de la filósofa eslovena Alenka Zupancic. Propone este libro que la forma predominante con la que hoy respondemos a lo traumático no es la negación lisa y llana, sino algo más inquietante: el desentendimiento. No se trata de ignorar la realidad, sino de reconocerla plenamente para, aun así, actuar como si no importara, «fingiendo demencia». Rodríguez, además, nos prescribe una segunda obra de no ficción, «El placer de la domesticación» (Renacimiento) de Javier Pérez Barricarte. «¿Quién no ha jugado por gusto?», se pregunta este ensayo que nos sumerge de manera amena y fascinante en eventos que cambiaron el mundo para siempre: la creación de los Juegos Olímpicos, el desarrollo de juegos de mesa insólitos y las primeras victorias de la Inteligencia Artificial al ajedrez.
Concluímos nuestra visita a la librería con dos recomendaciones que el librero saca del cajón de sastre. Una obra cuya publicación espera especialmente en lo que resta de 2026 : «Jayber Crow», editado por Chai y escrito por Wendell Berry, que es una novela que retrata con maestría los anhelos y las decepciones de todo un pueblo a lo largo de un siglo entero. Además, nos da otro título, esta vez uno de una obra que versa sobre Madrid: «Te quiero porque me das de comer» (Alrevés), la novela de humor negro que David Llorente enmarca en Carabanchel y que es la historia de Max Luminaria, un cirujano –número uno desde la escuela– muy querido en el barrio, pero cuya vida fuera del quirófano no es como la podemos imaginar...


© Sarah Wood/ editorial Nórdica
En noviembre de 1120, un barco cargado de jóvenes aristócratas ingleses zarpó de Normandía después de una jornada de celebraciones. Los pasajeros y buena parte de la tripulación habían bebido demasiado. Querían alcanzar la embarcación del rey Enrique I, pero apenas habían abandonado el puerto cuando chocaron contra unas rocas. Entre los muertos estaba Guillermo Aetheling, heredero de la Corona, con lo que su padre se quedó sin sucesor masculino. Aquel accidente desencadenó una crisis política que transformaría Inglaterra durante generaciones.
Dan Jones elige este episodio para comenzar «El imperio del león. Auge y caída de los Plantagenet, los grandes reyes guerreros medievales» (traducción de Claudia Casanova), historia de una dinastía que dominó territorios desde Escocia hasta los Pirineos. El naufragio contiene varios elementos que recorren las cientos de páginas del volumen: la fragilidad de las sucesiones, el peso de las decisiones individuales y la facilidad con que una fortuna política podía desaparecer de un día para otro, de tal modo que Jones explica grandes procesos históricos sin perder de vista las circunstancias humanas de sus protagonistas.
Primero de todo, cabe decir que Jones, nacido en 1981 y formado en Cambridge, donde estudió con el historiador David Starkey, pertenece a una generación de divulgadores británicos que han recuperado la narración histórica para un público amplio. Sus investigaciones han dado lugar a libros como «Los templarios», «Los cruzados» y «Poder y tronos», además de documentales y novelas históricas. Así, su experiencia como investigador y narrador resulta pertinente en una obra poblada de personajes cuyas vidas parecen ofrecer argumentos para la ficción.
La historia de los Plantagenet lleva al lector a observar la Edad Media desde una perspectiva menos rígida que la simple división entre países, puesto que los soberanos ingleses poseían territorios franceses, se casaban con princesas castellanas o navarras, combatían en Tierra Santa y mantenían relaciones cambiantes con otras monarquías. La política se organizaba alrededor de vínculos personales, obligaciones feudales y derechos hereditarios. Una boda tenía consecuencias militares; la muerte de un niño podía desencadenar una guerra, o una disputa entre hermanos decidía quién gobernaría regiones enteras.
La dinastía surgió precisamente de un conflicto sucesorio. Tras la muerte de Enrique I, su hija Matilde, designada heredera, vio cómo su primo Esteban de Blois se adelantaba para ocupar el trono. La guerra civil que siguió, conocida como la Anarquía, dividió Inglaterra durante casi dos décadas. Matilde no consiguió convertirse en reina, pero aseguró los derechos de su hijo Enrique, nacido de su matrimonio con Godofredo de Anjou, asociado al nombre Plantagenet por la retama o «planta genista» que utilizaba como emblema. Jones concede una notable importancia a estas mujeres, cuya influencia política no siempre se correspondía con el lugar que le permitían ocupar. Enrique II llegó al trono en 1154 y protagonizó una gran expansión territorial. Su matrimonio con Leonor de Aquitania, antigua reina de Francia y propietaria de vastos dominios, había reunido bajo una misma autoridad territorios extraordinarios. Leonor, que participó activamente en la política y terminó enfrentada a su marido, ocupa un lugar fundamental en la historia familiar, ya que su matrimonio demuestra cómo las alianzas conyugales constituían operaciones políticas cuyos resultados nadie podía controlar.
Asesinar a un arzobispo
El imperio de Enrique II tampoco era una unidad semejante a los Estados modernos. Cada territorio conservaba sus leyes y señores, mientras el rey recorría enormes distancias para mantener las lealtades; por ejemplo, su capacidad administrativa permitió fortalecer la justicia real y sentar las bases del «common law», el derecho común inglés. Jones relaciona de este modo las decisiones de los monarcas con la evolución de las instituciones: en otras palabras, las medidas tomadas para resolver problemas inmediatos podían sobrevivir durante siglos.
Asimismo, la relación con la Iglesia también estuvo marcada por conflictos de autoridad. Enrique II había convertido a su amigo Thomas Becket en arzobispo de Canterbury, pero ambos terminaron enfrentados por los límites de la jurisdicción eclesiástica. En 1170, cuatro caballeros asesinaron a Becket en la catedral. El crimen causó tal conmoción que el rey acabó realizando una penitencia pública ante su tumba, donde permitió que los monjes lo azotaran. Y es que la legitimidad del soberano dependía tanto de sus victorias como de su relación con la Iglesia.
Las mayores dificultades de Enrique II, sin embargo, procedieron de su descendencia. Sus hijos se rebelaron contra él, Leonor participó en las conspiraciones y los reyes franceses aprovecharon las divisiones. El monarca quería distribuir sus posesiones entre sus herederos sin renunciar al control efectivo de ninguna. Jones encuentra aquí una contradicción recurrente: la familia que había reunido un inmenso patrimonio territorial era incapaz de ponerse de acuerdo sobre su transmisión.
Ricardo Corazón de León heredó el trono en 1189 y pasó a la posteridad como uno de los grandes guerreros medievales. Su participación en la Tercera Cruzada y sus campañas contra Saladino alimentaron una reputación que ha sobrevivido en la literatura. Pero su reinado estuvo condicionado por los gastos militares, las ausencias y las amenazas sobre sus territorios europeos. Capturado cuando regresaba de Oriente, su liberación exigió un rescate extraordinario. Murió en 1199, después de que se infectara una herida de ballesta.
Su hermano Juan Sin Tierra heredó aquellos problemas y agravó otros. Perdió Normandía y extensas posesiones continentales frente al rey de Francia, incrementó los impuestos y provocó una rebelión aristocrática que lo obligó a aceptar la Carta Magna en 1215. Jones sitúa este documento en las circunstancias de su aparición: los barones pretendían frenar los abusos de un monarca al que habían dejado de confiar sus derechos y propiedades. El acuerdo fracasó inicialmente como instrumento de paz, pero sus versiones posteriores adquirieron trascendencia al establecer límites legales al poder real. La evolución política inglesa ocupa un lugar esencial en el libro. Durante el reinado de Enrique III, las tensiones entre el soberano y la nobleza favorecieron nuevas reformas. Las Provisiones de Oxford y las asambleas impulsadas por Simón de Montfort contribuyeron al desarrollo del Parlamento. Mientras defendían sus privilegios, los grandes señores creaban mecanismos destinados a controlar las decisiones de la Corona.
Por otro lado, Jones presta atención a las relaciones de Inglaterra con los reinos ibéricos. Leonor de Inglaterra, hija de Enrique II y Leonor de Aquitania, se casó con Alfonso VIII de Castilla; Berenguela de Navarra fue esposa de Ricardo Corazón de León, y Eduardo I contrajo matrimonio con Leonor de Castilla en el monasterio de las Huelgas de Burgos, en 1254. Años después, Juan de Gante se casaría con Constanza de Castilla, hija de Pedro I. Estas uniones formaban parte de una red de intereses políticos y territoriales que vinculaba a las monarquías europeas. Pese a todo, los vínculos no impidieron los enfrentamientos. Durante la guerra civil castellana, el Príncipe Negro, hijo de Eduardo III, intervino en apoyo de Pedro I y obtuvo una victoria en Nájera, en 1367, pero tuvo consecuencias económicas desastrosas para el príncipe.
Con Eduardo III, Inglaterra se embarcó además en la guerra de los Cien Años. Las victorias de Crécy y Poitiers consolidaron el prestigio militar de los Plantagenet, mientras los arqueros ingleses adquirían un protagonismo decisivo. Pero las guerras coincidieron con la peste negra y profundas transformaciones sociales. Financiar las campañas aumentó la presión fiscal y agravó las tensiones entre la monarquía y sus súbditos. Finalmente, el recorrido concluye con Ricardo II, depuesto en 1399 por su primo Enrique Bolingbroke, futuro Enrique IV. Su caída confirmó que la Corona podía conquistarse mediante la fuerza y abrió un precedente para las guerras de las Dos Rosas. Después de casi tres siglos, la historia regresaba a una cuestión inicial: quién tenía derecho a gobernar y qué ocurría cuando ese derecho era cuestionado.
En suma, Jones reconstruye una Edad Media en la que las relaciones personales tenían consecuencias públicas enormes. Los Plantagenet levantaron un imperio, perdieron buena parte de él y contribuyeron a crear instituciones que sobrevivieron a sus disputas. Revisar hoy sus vidas implica comprender cómo se ejercía el poder y cómo una monarquía feudal fue desarrollando formas de gobierno más complejas. Una historia de la transformación política de Inglaterra y de sus relaciones con Europa.


© La Razón
En 2006, hace veinte años, se publicaba una sorprendente novela, un artefacto literario cuyo título daría nombre a un impactante proyecto narrativo que ahora, con el tiempo transcurrido, conviene revisar, hacer balance de su trayectoria y relevancia. Esa novela, «Nocilla Dream», era la primera de Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967), entonces un poco conocido escritor con algunos poemarios en su haber. Quien se convertiría en un destacado poeta, ensayista y narrador inauguraba con esta obra la trilogía «Nocilla Project», formada también por los volúmenes «Nocilla Experience» (2008) y «Nocilla Lab» (2009). Este experimento tuvo una potente repercusión entre crítica y público y, entre admiradores y detractores, logró un inexcusable efecto: se puso de moda. No por ello incurrió en la banalidad promocional o el esnobismo estético, sino que se fue afianzando como una propuesta innovadora y rupturista. No era quizá enteramente original, porque su estructura de fragmentación quebrada del argumento, su disposición narrativa en patchwork, y la intencionada divagación errática del relato, además de sus saltos temporales se encontraban ya en «Rayuela», de Julio Cortázar; «Pedro Páramo», de Juan Rulfo; o «La vida instrucciones de uso», de Georges Perec. Lo insólito de esa novela radicaba en la irónica inclusión de términos científicos, en su condición de itinerante «road movie» en una geografía de desolada aridez, y en el extravagante protagonismo de unos atrabiliarios personajes. Sólo por estos referentes ya resulta perfectamente válida y oportuna ahora su reedición definitiva, con prólogo de Laura Fernández.
La trama, de deliberada dispersión argumental, se desarrolla en 113 fragmentos, capítulos breves, retazos de una historia que confluyen en la mítica autopista estadounidense US50, y en un simbólico árbol en el desierto de Nevada del que penden los zapatos que van dejando los viajeros. Pero más allá de estas referencias, se multiplican desarraigados personajes y estrambóticas situaciones: ancianos chinos obsesionados con el surf, un argentino construyendo un extraño monumento a Jorge Luis Borges, el empleado en una gasolinera del desierto de Albacete componiendo descabelladas canciones, el Che Guevara víctima del atropello de una motocicleta, un ex boxeador de San Francisco obcecado con la figura de Colón, un individuo viviendo en la terminal internacional de un aeropuerto, prostitutas soñando con algún cliente que las saque del burdel, o científicos creando la bomba atómica, entre otros trances y escenarios. El cine es un componente aquí de extrema importancia y viene a la memoria en muchos momentos la ambientación de París, Texas, de Win Wenders, con sus inhóspitos espacios desérticos y la descarnada soledad que traspasa toda la historia. Un cierto terror existencial aparece también al recrearse aquí «Los pájaros», de Hitchcock, como símbolo de la amenaza que genera todo lo desconocido.
Recorren estas páginas teorías entre excéntricas y pintorescas, como la expuesta en este fragmento: «Existe un Principio de Reversibilidad universal por el cual sabemos que todo cuanto no podemos ver o detectar con alguno de nuestros sentidos, en justa correspondencia, tampoco podrá ni ver ni detectarnos a nosotros. Así los microbios, así el futuro, así las estrellas ubicadas más allá de nuestro horizonte de sucesos, así el interior de alguien que pasa y saluda, así el 100 % de la gente que ha muerto. Cuando vemos una película no la vemos porque sus personajes no pueden vernos. Pero para entenderlo hay que imaginar que es como si la norma fuera que los hijos no se pareciesen físicamente a ninguno de los padres, para no verse en ellos. No es fácil. Pero hay que entenderlo». Esta novela es también una miscelánea de géneros narrativos; encontramos componentes de ciencia ficción, mesurado terror, intrigante suspense, farsa paródica, relato humorístico, sarcástica erudición, y apocalípticas perspectivas. En suma, un agitado cóctel de arte, ciencia, filosofía, ética y política, mezclado todo ello con la intención de asombrar al lector, acaso desestabilizarlo forzando los límites de la consecuencialidad realista y la verosimilitud cotidiana.
Precisamente por ello se requiere un lector que «olvide» a Galdós, Balzac, Dickens o Delibes y, sin prejuicios objetivistas, se adentre en una aventura de intertextual estructura, fluctuante temporalidad, fragmentario desarrollo y volátil argumento.
El éxito de esta iniciativa novelesca daría lugar a todo un grupo literario, la Generación Nocilla donde, con mayor o menor proximidad, se integraban, entre otros, escritores como Eloy Fernández Porta, Vicente Luis Mora, Mario Cuenca Sandoval, Lolita Bosch, Javier Calvo, Gabi Martínez, y Jorge Carrión. Una nueva estética cobraba forma narrativa sobre el antecedente lírico de lo que Agustín Fernández Mallo rotulaba como Poesía postpoética, que se entendía, según propia declaración textual como «una red de redes en continua experimentación y expansión, y al poeta, como un laboratorio».
Se atisbaba ya el arrollador protagonismo de la informática, la mercantilización del arte, la banalización de la cultura, y el imperio de los medios de comunicación. Se entiende aquí la literatura como un ámbito abierto a muy diversas modalidades expresivas, desde el arte pop a la experimentación cibernética, pasando por el cine indie, la prosa poética, el ensayo científico y la publicidad creativa. Todo ello no es ajeno a un emotivo lirismo cosmogónico, con palabras como estas: «La ciudad en la noche vista desde el cielo. Piensa. Una casa, una luz que se apaga. Al instante un número indeterminado de luces a su alrededor también se apagan, y en cascada el círculo oscuro va ampliando su radio hasta que toda la ciudad deja de verse. (...) Cada continente es un punto de luz que ahora se apaga. Por efecto dominó se apagan todos los continentes adyacentes hasta quedar en tiniebla toda esa cara de la Tierra. Piensa. Sólo eso, piensa. En la otra cara aún es de día. Pero piénsalo bien». La formación profesional como físico del autor incluye fórmulas de esa materia en este rompecabezas narrativo, en el que se pueden rastrear las huellas de grandes visionarios de mixtificadora narratividad como Don Delillo, Kurt Vonnegut o J. G. Ballard. Pero si hay una cercana referencia inexcusable esa es la Generación beat, con su imaginario de personajes marginales y desarraigados, rebeldes sin causa en un mundo irreconocible.
En el camino, de Jack Kerouac, fija los patrones de la novela itinerante, plagada de estrafalarias situaciones y disparatados protagonistas. Cabe recordar aquí una novela de culto en el ámbito contracultural de esa generación literaria, «La pesca de la trucha en América» (1967), de Robert Brautigan, un viaje metafórico, fragmentario y estrafalario por los profundos USA. En algún momento de «Nocilla Dream» se alude a la Región de Juan Benet, en una clara referencia de intencionadas similitudes: «Suenan acordes en el desierto de Albacete, siempre suenan. Se extienden en ondas por un paisaje sin rozamiento. Como aquellos acordes monótonos y primitivos que, según Benet, avanzaban por Región y trabajaban golpeando los cristales de las ventanas». Esta alusión no es meramente descriptiva sino que se perfila como una clara adhesión a la narrativa del genial novelista. Coinciden ambos, Benet y Fernández Mallo, en la recreación de una desolada geografía de dimensión ética y estética.
El misterioso álamo sobre el que gravita la novela conlleva un inhóspito paisaje íntimo: «En el momento en que sopla el viento del sur, aquel que llega de Arizona y remonta los diferentes desiertos semihabitados y la docena y media de poblados que con los años se han visto sujetos a un éxodo imparable hasta decaer en poco más que en pueblos-esqueleto, en ese momento, justo en ese momento, los cientos de pares de zapatos que cuelgan del álamo se someten a un movimiento pendular, pero no todos con la misma frecuencia, dado que los cordones por los que están sujetos a las ramas son de una longitud muy diferente en cada uno de ellos». Un estilo este tendente a la parataxis, con irónicas digresiones e intencionadas paradojas, que conforma una narrativa transgresora y rupturista.
Cuando apareció «Nocilla Dream» la crítica literaria osciló entre el esceptismo ante un raro artefacto de esnobistas pretensiones intelectuales, y el admirado entusiasmo ante lo que se consideraba como una necesaria renovación narrativa. Debe tenerse en cuenta que estaba palpitante entonces la vieja cuestión de la decadencia (o no) de la novela. En este sentido, la edición definitiva de «Nocilla Dreams», veinte años después, con su particular estilo, estructura y argumento, posibilita una lectura actual plenamente vigente en su potente intención transgresora.
Lo mejor: El ímpetu renovador y rupturista de una narrativa que pretende vulnerar la convencional expresión realista
Lo peor: Nada a señalar, salvo que se precisa un lector abierto a una innovadora expresividad


© Archivo


© Miquel González/Shooting
A 72ª edição da Feira do Livro de Porto Alegre começa nesta sexta-feira (30), na Praça da Alfândega, no Centro Histórico da capital gaúcha (RS). A programação é gratuita e dura 17 dias, com participação de autores nacionais e internacionais.
A cerimônia de abertura será realizada no Teatro Petrobras Carlos Urbim, com o tradicional toque do sino e apresentação da cantora Luiza Barbosa. A solenidade terá a participação da patrona deste ano, a escritora, antropóloga e educadora Heloisa Pires Lima, além de autoridades, representantes da Câmara Rio-Grandense do Livro e da Prefeitura.
Heloísa é a primeira mulher negra a ocupar essa posição na história do evento.
Com o tema “Essência que faz histórias”, a expectativa é receber mais de 1,5 milhão de pessoas até o encerramento, em 15 de novembro.
A visitação ocorre diariamente, das 10h às 20h. Além de 80 bancas de editoras e livrarias instaladas na Praça da Alfândega, o evento prevê 750 sessões de autógrafos e 250 oficinas e painéis. A programação, que tem atividades para os públicos adulto e infanto-juvenil, também inclui debates, contação de histórias e apresentações artísticas.
A programação principal começa no sábado (31), com o encontro entre as escritoras Aline Bei e Julia Dantas, responsável pela mediação. Aline é autora de “O peso do pássaro morto”, vencedor do Prêmio São Paulo de Literatura, e “Pequena coreografia do adeus”, finalista do Prêmio Jabuti.
“O encontro propõe uma conversa sobre a literatura como forma de elaborar experiências, tensionar silêncios e criar novas possibilidades de expressão”, explica a organização.
Outros nomes da literatura brasileira confirmados são Elisa Lucinda, Nei Lopes, Eliane Potiguara, Bianca Santana, Jefferson Tenório, Milly Lacombe, Marcelino Freire e Cidinha da Silva.
A presença de autores indígenas é destaque, com nomes como Olívio Jekupé, Cristino Wapichana e Jovina Renhga.
Já a programação internacional terá a participação da escritora francesa Neige Sinno, da artista afegã Moshtari Hilal e do escritor português Afonso Cruz.
A programação internacional também terá o painel “Palestina Revelada”, com Hanan Kattan, autora da obra de mesmo nome. O debate está marcado para segunda-feira (2), seguido de sessão de autógrafos.
O 9º Encontro de Influenciadores Literários e Leitores Petrobras, no Teatro Carlos Urbim também é destaque nesse sábado (30), a partir das 14h.
Estão confirmadas as participações de Paola Aleksandra, Lucas Barros, Léo Oliveira e Giu Domingues. Serão distribuídas 300 senhas por ordem de chegada, a partir do meio-dia, no local do evento.
Entre domingo (1º) e segunda-feira (2), uma programação dedicada a animes, mangás e games está prevista. O espaço vai promover bate-papos, desfile de cosplay e a presença de escritores, ilustradores e artistas ligados aos mangás, à literatura fantástica e à cultura pop japonesa.
Além disso, escritores conhecidos do público jovem passarão pela feira, como Thalita Rebouças. A agenda ainda inclui participações dos autores Júlio Emílio Braz, Rosana Rios e Rogério Andrade Barbosa.
A programação completa pode ser conferida no site do evento.
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“Cartografia para caminhos incertos”, do autor baiano Ian Fraser, foi anunciado como vencedor da categoria Romance de Entretenimento da 68ª edição do Prêmio Jabuti, na última terça-feira (27). Aclamada por leitores e pela crítica desde o lançamento em maio de 2025, a obra ganha agora o reconhecimento do mais importante prêmio literário nacional.
Recentemente, o livro, publicado pela Intrínseca, ainda é um dos mais vendidos e está no 6.º lugar entre os best-sellers da Amazon. Esta foi a primeira estatueta do escritor baiano, que já havia sido finalista com seu épico de ficção científica “A vida e as mortes de Severino Olhos de Dendê”.
“Acho que um dos maiores presentes que um prêmio como o Jabuti pode oferecer a um escritor é a possibilidade de fazer suas histórias chegarem a lugares que, até então, pareciam bem distantes. Gosto sempre de dizer que escrever um livro pode até ser um processo solitário, mas a literatura é sempre um ato coletivo. E saber que Cartografia para caminhos incertos está encontrando novos leitores é uma alegria imensa”, citou o vencedor à CNN Brasil.
Em sua nova obra, ele apresenta uma narrativa fantástica sobre um rapaz que, na busca por sua cidade itinerante, acaba explorando o mais misterioso de todos os territórios: o próprio coração.
Na trama, Mané, um jovem poeta que vive na misteriosa cidade baiana de Redenção, parte em uma jornada para cumprir um desejo do namorado e acaba se perdendo de casa. Em uma odisseia por lugares fantásticos e encontros inusitados, ele descobre novas perspectivas sobre o amor, a liberdade e os caminhos da vida.
“Cartografia para caminhos incertos” é um relato singular sobre as descobertas que nos acompanham durante toda a vida. Ian Fraser mescla prosa e poesia, subverte forma e conteúdo e mergulha fundo na alma brasileira para apresentar uma narrativa poderosa que demonstra a importância de se perder para finalmente se encontrar.
“É um livro sobre se perder e se encontrar, porque acredito que só podemos começar a descobrir quem somos quando reconhecemos que estamos, de alguma forma, perdidos”, acrescenta Ian Fraser.
No total, 23 categorias foram premiadas, passando pelos eixos Literatura, Não Ficção, Produção Editorial e Inovação.
Além disso, a premiação inaugurou a categoria Incentivo à Leitura – Cultura Digital, dedicada a produtores de conteúdo que estimulem a leitura em suas redes sociais. Destaca-se o finalista e parceiro de conteúdo da CNN Brasil, Pedro Pacífico, o Bookster, que concorreu ao lado de Biblion, Camilla e Seus Livros, Impressões de Maria e Resenhando Sonhos.
Este ano, a autora Lygia Bojunga foi homenageada como a Personalidade do Ano do Jabuti, por seu livro infantil “A Bolsa Amarela”, lançado há 50 anos, em 1976.
A premiação também elegeu o “Trincheira tropical: a Segunda Guerra Mundial no Rio”, de Ruy Castro, como Livro do Ano. O momento é sempre o mais aguardado da cerimônia do Jabuti e garantiu ao autor R$ 70 mil e participação em uma das principais feiras internacionais do livro, com despesas pagas pela CBL. Confira a lista completa de vencedores.
Spotify adicionará mais de seis mil audiolivros à plataforma; entenda

© RUI CARTAXO RODRIGUES
Hanoi, 30 oct (Prensa Latina) La presentación de dos libros y una exposición fotográfica sirvieron hoy para rememorar la primera visita a Vietnam del líder al frente de la Revolución cubana, Raúl Castro, hace 60 años.
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O livro infantil foi criado com a participação de pessoas com doença mental, deficiência e/ou incapacidades. As sessões decorrem nas lojas FNAC nos dias 7 e 8 de novembro.
O conteúdo ASMAL apresenta «A Arca da Alegria» em Faro e Loulé aparece primeiro em Barlavento.
Desde que Harold Bloom puso el Juicio Final de Miguel Ángel en la cubierta de su famoso catálogo occidental de 1994 sabemos que todo canon es fruto del miedo. O por decirlo de un modo menos apocalíptico y con una palabra empleada por el propio Bloom: que todo canon es una elegía. También lo es este, centrado en el premio Formentor.

© ARCHIVO FUNDACIÓN FORMENTOR (EL PAÍS)
Todo en el enigmático debut de Liadan Ní Chuinn —ese nombre no existe, es solo un seudónimo, hablamos de nadie o, mejor, de un alguien aparentemente femenino, nacido en 1998, que ha decidido que su yo es lo de menos— es afilado. Es afilada y dolorosa cada acción descrita en sus trepidantes relatos, trepidantes en un sentido íntimo y casi físico —el narrador, en todos los casos, mantiene al lector pegado por completo a la historia, tan cerca que está recibiendo los golpes, y asistiendo a las revelaciones como si, de alguna forma, estuviese montado en el hombro de su protagonista, fuese un ente diminuto que viaja por cada uno de los apasionantes túneles que la autora construye—, y en los que lo extraordinario irrumpe en lo cotidiano, por una vez, no en tanto algo puramente extraordinario, sino en tanto algo percibido como extraordinario. Les hablaré de ‘Mary’, para que se hagan una idea más clara. ‘Mary’ es uno de los seis relatos incluidos en el volumen. Y les diré que transcurre en algún lugar del norte de Irlanda.

© ONLY FRANCE / Alamy / CORDON PRESS (EL PAÍS)
La discusión en torno al uso de la inteligencia artificial en la producción editorial se centraba hasta hace unos meses en el ámbito de habla hispana en la regulación de su uso para la confección de portadas, de textos de contraportada, o en su empleo en traducciones y en audiolibros. Los contratos entre editoriales y autores, a menudo supervisados por agentes literarios, han tratado de asegurar que, tras la automatización, implícita en el uso de la nueva y cambiante herramienta, siempre había un humano que revisaba y firmaba el trabajo, que asumía la autoría en los aspectos formales de ese artefacto llamado libro. “Nuestra postura ha sido contraria al uso de IA en portadas o contraportadas o audiolibros y hemos incluido cláusulas en este sentido en los contratos”, explica Mónica Martín de la agencia MB. “Con nuestros autores tenemos una relación de confianza, con frecuencia revisamos varios borradores de una misma obra. No tenemos nada estipulado contractualmente con ellos sobre la IA”.
“¿Qué dirá la historia de mí dentro de 600 años? Yo la considero a ella mucho más que los rumores de los actuales". La pregunta de Cicerón (Arpino, 106-Formias, 43 a.C.), dirigida a su estimado amigo Ático, revela una obsesión que lo torturó toda su vida: la posteridad. Dos mil años después sabemos que la vanidad quedó compensada con creces por su genialidad; y aunque sea verdad que la figura de Cicerón nos resulta poco simpática, y buena prueba de ello es que pocos personajes de la Antigüedad han sido tan denostados, no es menos cierto tampoco que la admiración que su prosa ha generado a lo largo de los siglos prueba que su talento estuvo muy por encima de su discutible integridad como político, como persona y como intelectual. El hallarnos frente a un animal político como Cicerón y ante una de las épocas más fascinantes de la historia universal, la de la crisis y final de la República romana, convierte en tentador y temerario a la par el poder contar una vida sobre la que poseemos tantos datos y tan profundamente parciales porque buena parte de lo que sabemos de Cicerón procede del egocéntrico cálamo del propio Cicerón. Francisco Pina Polo, insigne ciceroniano por vocación, que no por convicción, acepta el reto de enfrentarse a la escritura de otra biografía de Cicerón demostrando que la Fortuna siempre premia a los audaces.

© Andrea Izzotti (Alamy / CORDON PRESS) (EL PAÍS)
Hasta el mismísimo Stephen King se ha preguntado cómo nos puede gustar el terror: “Me preguntan por qué escribo lo que escribo, por qué la gente quiere leerlo y va al cine para verlo. ¿Por qué hay personas dispuestas a pagar por sentirse extremadamente incómodas?”, plantea en su ensayo Danza Macabra (Valdemar). Cuando leemos un libro o vemos una película de terror, como quizás hayamos hecho esta semana de Halloween y Todos los Santos, muchas veces experimentamos emociones negativas: miedo, inquietud, en ocasiones incluso asco o angustia. Sin embargo, llenamos salas de cine, devoramos libros y acudimos a clubs de lectura y festivales de cine especializados en terror. ¿Por qué lo pasamos de miedo con el miedo?
A principios de los 80, tras el éxito de Carrie y El resplandor, Stephen King ya estaba cansado de que le preguntaran por qué escribía historias terroríficas. “¿Por qué tiene la gente semejante interés en mi interés… Y en el suyo propio?”, se pregunta en Danza Macabra, publicado en 1981 (y reeditado en 2024 en España por Valdemar). “Creo que, más que otra cosa, es porque todos tenemos un postulado enterrado en nuestras mentes: que sentir interés por el horror es malsano y aberrante”. En este gigantesco ensayo, en el que King hace un repaso histórico y personal por la literatura y el cine de terror entre 1950 y 1980, el escritor apenas se detiene a responder a estas preguntas. Como respuesta, remite a un ensayo anterior, publicado en El umbral de la noche, su primer libro de relatos: “No tengo el más mínimo interés en recalentar ese viejo guiso en estas páginas, si están interesados, les recomendaría que lo leyeran”.
Aquí va un tupper de ese guiso: la idea de King en los 70 es la que han seguido defendiendo muchos escritores desde entonces, que el miedo en la ficción nos ayuda a lidiar con nuestros miedos reales. “Cuando usted lee una obra de horror, no cree realmente lo que lee”, escribe. “No cree en vampiros, hombres lobos, camiones que arrancan repentinamente y que se conducen solos. Los horrores en los que todos creemos son aquellos sobre los que escriben Dostoievski, [Edward] Albee y [Ross] Macdonald: el odio, la alienación, el envejecimiento a espaldas del amor, el ingreso tambaleante en un mundo hostil sobre las piernas inseguras de la adolescencia. En nuestro auténtico mundo cotidiano somos a menudo como las máscaras de la Comedia y la Tragedia, sonriendo por fuera, haciendo muecas por dentro. En algún recoveco interior hay un interruptor central, tal vez un transformador, donde se conectan los cables que conducen a esas dos máscaras. Y es en ese lugar donde el relato de horror da tan a menudo en el blanco”.

© Stuart C. Wilson/Getty Images for Paramount)

Antes de Agatha Christie se tornar uma das autoras mais vendidas de todos os tempos, ela trabalhou em uma farmácia em sua cidade natal, Torquay, na Inglaterra, a serviço de alguém a quem ela se referiu em suas memórias apenas como Sr. P.
O Sr. P carregava um pedaço escuro de curare no bolso — um veneno que pode paralisar e matar rapidamente. Ele andava com ele porque o fazia “sentir-se poderoso”, escreveu ela em “Agatha Christie: Uma Autobiografia”. Christie não pôde deixar de notar que, apesar da “aparência angelical” do Sr. P, tais comportamentos poderiam torná-lo um “homem perigoso”.
Em outra ocasião, a mente perspicaz de Christie percebeu um erro que o Sr. P cometeu enquanto lhe mostrava como infundir medicamentos em supositórios, adicionando inadvertidamente 10 vezes a dosagem necessária.
Ao perceber que o Sr. P não daria ouvidos a uma “menininha” que lhe apontasse o erro, Christie teve a ideia genial de derramar o remédio no chão e “pisá-lo com força” para impedir que a droga perigosa fosse colocada nas prateleiras da loja, como ela relatou em suas memórias.
A faísca para os envolventes romances policiais de Christie surgiu nesse ambiente inesperadamente sinistro, enquanto a Primeira Guerra Mundial assolava o mundo. Ao longo de sua vida, ela desenvolveu um profundo conhecimento da ciência dos venenos, o que a ajudou a deixar um legado duradouro no mundo literário e além.
Após deixar a loja do Sr. P, Christie começou a se formar como farmacêutica no hospital de Torquay em 1916. Foi então que a semente de uma história começou a germinar em sua mente. Um livro didático chamado “The Pharmaceutical Pocket Book — for Practitioners & Students” (O Manual de Bolso Farmacêutico — para Profissionais e Estudantes), que ela leu em preparação para seus exames, inspirou a arma do crime em seu romance de estreia de 1920, “The Mysterious Affair at Styles” (O Misterioso Caso de Styles): estricnina, uma neurotoxina antes usada em doses mínimas como estimulante, combinada com outras drogas para matar a vítima.
Agora, os visitantes podem ver seu exemplar pessoal do livro de bolso — com manchas misteriosas e a inscrição “A. Christie” rabiscada no canto superior direito — em uma nova exposição intitulada “ Agatha Christie: Um Mundo de Mistério ”.

A exposição, que será inaugurada em 30 de outubro na Biblioteca Britânica em Londres, marca a primeira vez que o pequeno livro e muitos dos mais de 200 itens compartilhados por sua família e fundação serão exibidos ao público, afirmou a curadora principal da exposição, Lucy Rowland.
O livro didático foi um dos muitos artefatos que revelaram a quantidade de pesquisa que Christie realizou em seu trabalho — e uma prova tangível de que a autora tinha um profundo conhecimento de medicamentos e misturas químicas mortais, disse Rowland.
As descrições precisas de venenos feitas por Christie, que servem como arma do crime em 41 de seus 66 romances policiais, ainda são válidas hoje em dia.
“Era muito fácil ler Christie na adolescência sem perceber que estava aprendendo ciência”, disse a Dra. Kathryn Harkup, ex-química e autora de “A de Arsênico: Os Venenos de Agatha Christie”. “É a comunicação científica disfarçada em seu auge. A trama, a habilidade técnica necessária para transmitir ideias científicas complexas de uma forma imperceptível — meu Deus, isso é um talento.”
E suas histórias de mistério e assassinato, baseadas em princípios científicos, podem até ter ajudado a solucionar crimes reais: seus primeiros trabalhos com o Sr. P, em particular, inspiraram diretamente obras posteriores que poderiam ter evitado casos de envenenamento.

Christie continua sendo a rainha indiscutível do crime 50 anos após sua morte — e uma espécie de enigma.
Publicamente, Christie manteve-se humilde, referindo-se a si mesma como uma “máquina de salsichas”, com a expectativa de produzir um sucesso atrás do outro para suas editoras.
“Tudo isso faz parte da construção dessa persona que não ameaça nem assusta o público”, disse a Dra. Jamie Bernthal-Hooker, especialista em Christie e professora visitante de inglês e escrita criativa na Universidade de Suffolk, no Reino Unido. “Mesmo hoje, as pessoas têm medo de mulheres inteligentes e poderosas. Eu gosto de dizer que sua maior criação ficcional foi Agatha Christie.”
Novas pesquisas, como a exposição da Biblioteca Britânica, estão proporcionando novas perspectivas sobre a mulher aventureira que acompanhou as mudanças radicais de sua época, de 1890 a 1976.

“Durante os primeiros 11 anos de sua vida, a Rainha Vitória estava no trono”, disse o Dr. Mark Aldridge, historiador de Agatha Christie e professor associado de história do cinema na Universidade de Southampton Solent, no Reino Unido. “Quando ela começou a escrever seus livros no final da década de 60, presenciou a chegada do homem à Lua. Sempre defendi que, se ela tivesse vivido mais alguns anos e assistido a ‘Guerra nas Estrelas’ em 1977, teria escrito ‘Assassinato no Espaço’, porque adorava novidades.”
Embora Christie não tivesse uma educação formal, sua curiosidade e natureza observadora guiavam sua visão de mundo. Ela também tinha uma imaginação vívida, provavelmente por vir de uma família de contadores de histórias que adoravam viajar, disse seu bisneto James Prichard, presidente e CEO da Agatha Christie Limited, empresa que administra os direitos de suas obras. Literatura, teatro e ópera alimentaram ainda mais seu interesse em criar suas próprias histórias.

Antes de se tornar uma autora publicada e trabalhar em farmácia, Christie começou como enfermeira voluntária aos 24 anos, tratando soldados feridos no Hospital da Cruz Vermelha de Torquay em 1914, durante a Primeira Guerra Mundial. Com o marido lutando na guerra, Christie sentiu-se motivada a ajudar da maneira que pudesse.
Ela teve que aprender na prática, passando rapidamente de enrolar ataduras a cuidar de soldados feridos. Christie admite em suas memórias que se sentiu “envergonhada” por ter desmaiado ao ver sangue e ferimentos na primeira vez que presenciou uma cirurgia, mas isso não se repetiria. Christie aprendeu a se fortalecer e desviava o olhar durante as incisões com bisturi.
Ela gostava tanto de enfermagem que Christie refletiu que, se não tivesse se casado, provavelmente teria se “formado como enfermeira de hospital de verdade” depois da guerra. Em 1916, ela mudou de rumo e passou a aprender a preparar medicamentos para ajudar a farmácia, que estava com falta de pessoal.
As percepções de Christie, fruto de suas ricas experiências de vida, são sutilmente, mas com maestria, entrelaçadas em seus romances e ajudaram a consolidar a autora como uma gênia à frente de seu tempo.
Especificamente, Christie aprimorou sua atenção aos detalhes durante seu extenso treinamento em farmácia para o Exame de Assistente da Sociedade de Boticários em 1917. Certa noite, após acordar em pânico, ela correu de volta para a farmácia do Hospital Torquay, preocupada por ter contaminado acidentalmente uma pomada durante os preparativos da tarde. Ela verificou cada pote de pomada para ter certeza, de acordo com suas memórias.

Essa experiência em primeira mão se manifesta em seu romance de estreia, “The Mysterious Affair at Styles”, quando a personagem Cynthia Murdoch, uma voluntária da farmácia, diz: “Se vocês soubessem como é fatalmente fácil envenenar alguém por engano, não fariam piada com isso.”
Christie percebeu que havia uma linha tênue entre a natureza benéfica e prejudicial dos medicamentos. Medir ou misturar um medicamento incorretamente poderia transformar uma cura que salva vidas em uma substância letal, como os visitantes da exposição podem constatar ao percorrerem uma simulação de farmácia.
Em exposição, um poema de 1925 escrito com tinta azul, intitulado “Na Farmácia”, também reflete seus pensamentos sobre esse equilíbrio perigoso: “Aqui há ameaça, assassinato e morte súbita — nestes frascos verdes e azuis”.

Como escritora de ficção, Christie não era obrigada a ser precisa, mas se esforçava muito para evitar erros em suas obras — e essa expertise transparecia em sua escrita sem floreios adicionais. Outras autoras contemporâneas de romances policiais, como Dorothy L. Sayers, frequentemente incluíam detalhes supérfluos para demonstrar que haviam feito a pesquisa necessária, mas Christie não, disse Harkup.
A crítica ao primeiro romance de Christie que mais a agradou foi publicada no “The Pharmaceutical Journal”, que celebrou seu conhecimento e uso da estricnina, em vez de substâncias fictícias e indetectáveis que eram frequentemente culpadas por crimes em outras histórias. “A senhorita Agatha Christie sabe o que faz”, escreveu o crítico.
Durante a Segunda Guerra Mundial, Christie — que já era uma autora bastante conhecida — voltou a estudar para trabalhar na farmácia do University College London, onde o farmacêutico-chefe Harold Davis sugeriu o uso de tálio como veneno em um de seus romances.

Christie associou a recomendação às suas observações anteriores sobre o Sr. P, que serviu de inspiração para o farmacêutico nefasto em seu romance de 1961, “O Cavalo Pálido”.
A trama gira em torno da ciência versus superstição, disse Aldridge, da Universidade de Southampton Solent, que analisou o livro com o também escritor e podcaster Gray Robert Brown em um podcast e no livro a ser lançado ” The Swinging Christies “. A vítima em “O Cavalo Pálido” parece ter sido amaldiçoada por bruxas, mas, atenção para o spoiler, na verdade é morta lentamente com um veneno incomum: o tálio.
Apelidada de “veneno do envenenador”, essa substância tóxica insípida e inodora age lentamente e imita o potássio no corpo, tornando-a difícil de detectar — até que seja tarde demais.

No livro, duas mulheres brigam e chegam a puxar os cabelos uma da outra. Uma delas perde uma grande quantidade de cabelo pela raiz — e morre pouco depois. É uma pista sobre os acontecimentos sinistros do romance e o culpado: o envenenamento por tálio causa queda de cabelo.
O uso que Christie faz do tálio no romance é tão preciso que lhe é atribuído o mérito de ter salvado a vida de duas pessoas.
Ela recebeu, por exemplo, uma carta em 1975 de uma jovem da América do Sul, que disse que a leitura de “O Cavalo Pálido” a levou a perceber que um conhecido estava sendo envenenado lentamente pela esposa, disse Harkup.
“Mas disto tenho absoluta certeza: se eu não tivesse lido O Cavalo Pálido e, assim, aprendido sobre os efeitos do envenenamento por tálio, X não teria sobrevivido”, diz a carta, citada no livro de Harkup, “A de Arsênico”. “Foi apenas a medicação imediata que o salvou; e os médicos, mesmo que ele tivesse ido ao hospital, não teriam descoberto a tempo qual era o problema.”
Após a morte de Christie, uma enfermeira londrina chamada Marsha Maitland, que também leu o romance, conseguiu identificar os sintomas de envenenamento por tálio em uma criança doente de 19 meses em 1977.

A jovem que adoeceu misteriosamente foi levada para Londres, onde Maitland sugeriu que os estranhos sintomas coincidiam com os descritos em “O Cavalo Pálido”. A presença de tálio, um ingrediente de um inseticida usado para matar pragas na casa da criança, foi confirmada por meio de exame de urina — a bebê o havia ingerido acidentalmente. Com o tratamento, a criança se recuperou completamente em quatro meses.
Os médicos que acompanharam o bebê publicaram um artigo sobre o caso ainda naquele ano, que incluía um agradecimento que dizia: “Somos gratos à falecida Agatha Christie por suas excelentes e perspicazes descrições e à enfermeira Maitland por nos manter atualizados sobre a literatura.”

Após a Segunda Guerra Mundial, Christie nunca mais trabalhou em uma farmácia, mas manteve-se atualizada com o mundo da medicina, que mudava rapidamente, por meio da leitura e da comunicação com um impressionante grupo de especialistas. Suas histórias na década de 1960 chegaram a mencionar drogas recreativas cada vez mais populares.
“Ela sabe o que está fazendo. Ela poderia ter se safado do assassinato se quisesse”, disse Aldridge.
Em vez de depender de pistas que são silenciosamente reunidas fora das páginas ou dentro da mente de um detetive como Sherlock Holmes, os leitores de Christie sempre têm à disposição todos os fatos necessários para solucionar o caso.
“Ela sempre joga limpo com seus leitores, só que em um nível diferente do nosso, meros mortais”, disse Harkup. “Você deveria ser capaz de decifrar. Mas provavelmente não vai.”
Seus crimes são higienizados — raramente se mencionam fluidos corporais em suas páginas. Mas o veneno, que tantas vezes serviu como arma letal em seus livros, forneceu a Christie um intrigante arsenal literário para assassinos.
“Sentar, pensar, planejar, adquirir e administrar um veneno, e depois esperar que ele faça efeito, é um nível extra de maldade que, acredito, nos fascina”, disse Harkup.
Na prosa aparentemente simples de Christie, escondem-se indícios de quão profundamente ela compreendia as melhores e piores nuances da natureza humana, explicou a Dra. Michelle Kazmer, reitora da Faculdade de Comunicação e Informação e professora da Escola de Informação da Universidade Estadual da Flórida.
“Agatha Christie tinha muito a dizer sobre os grandes conceitos do que significa ser humano e, de uma forma multifacetada, abordou questões de amor, justiça, bem e mal”, disse Kazmer, que também estudou a obra de Christie.

Ao lado de seus cenários de envenenamento cientificamente plausíveis, inúmeros médicos e farmacêuticos aparecem nos romances de Christie — às vezes como vítimas, outras vezes como assassinos — mostrando como seus primeiros contatos com o mundo da medicina nunca saíram de sua mente.
“Você não é bom nessas coisas a menos que tenha algum tipo de interesse”, disse Prichard, bisneto de Christie. “Não acho que ela tenha entrado no hospital no início da Primeira Guerra Mundial sabendo que se interessaria por isso, mas acho que esse interesse cresceu. E permaneceu com ela por toda a vida.”
Antes de se tornar uma das autoras mais vendidas de todos os tempos, Agatha Christie trabalhou em uma farmácia em sua cidade natal, Torquay, na Inglaterra, a serviço de alguém a quem ela se referiu em suas memórias apenas como Sr. P.
O Sr. P. carregava no bolso um pedaço escuro de curare, um veneno capaz de paralisar e matar rapidamente. Ele andava com a substância porque ela o fazia “se sentir poderoso”, escreveu ela em “Agatha Christie: Uma Autobiografia”. Christie não pôde deixar de notar que, apesar da “aparência angelical” do Sr. P., esse tipo de comportamento poderia torná-lo um “homem perigoso”.
Em outra ocasião, a mente afiada de Christie percebeu um erro cometido pelo Sr. P. enquanto ele lhe mostrava como incorporar medicamentos a supositórios e, sem querer, acrescentou uma dose 10 vezes maior do que a necessária.
Ao perceber que o Sr. P. não daria ouvidos a uma “garotinha” que apontasse seu erro, Christie teve a ideia astuta de derramar o medicamento no chão e “pisar nele com firmeza” para impedir que a droga perigosa fosse colocada nas prateleiras da loja, segundo suas memórias.
A centelha para os envolventes romances policiais de Christie surgiu nesse ambiente inesperadamente sinistro, enquanto a Primeira Guerra Mundial se desenrolava ao fundo. Ao longo da vida, ela construiria um profundo conhecimento da ciência dos venenos, que a ajudou a deixar um legado duradouro no mundo literário e além dele.
Depois que Christie deixou a loja do Sr. P., ela começou a se formar como farmacêutica no hospital de Torquay, em 1916. Foi aí que a semente de uma história começou a germinar em sua mente. Um livro didático chamado “The Pharmaceutical Pocket Book — for Practitioners & Students” (“O Livro de Bolso Farmacêutico — para Profissionais e Estudantes”, em tradução livre), que ela leu para se preparar para as provas, inspirou a arma do crime em seu romance de estreia, de 1920, “O Misterioso Caso de Styles”: a estricnina, uma neurotoxina que já foi usada em doses minúsculas como estimulante, combinada com outras drogas para matar a vítima.
Agora, os visitantes podem ver seu exemplar pessoal do livro de bolso, com manchas misteriosas e “A. Christie” rabiscado no canto superior direito, em uma nova exposição, “Agatha Christie: A World of Mystery” (“Agatha Christie: Um Mundo de Mistério”, em tradução livre).
Com abertura em 30 de outubro na Biblioteca Britânica, em Londres, a exposição marca a primeira vez que o pequeno livro — e muitos dos mais de 200 itens cedidos por sua família e pelo espólio — estarão expostos ao público, segundo a curadora-chefe da mostra, Lucy Rowland.
O livro didático era um dos muitos artefatos que revelam o quanto de pesquisa havia no trabalho de Christie, e uma prova concreta de que a autora tinha um profundo entendimento de medicamentos e misturas químicas mortais, afirma Rowland.
As descrições precisas de venenos feitas por Christie, que servem de arma do crime em 41 de seus 66 romances policiais, continuam válidas até hoje.
“Era muito fácil ler Christie na adolescência e não perceber que eu estava aprendendo ciência”, diz Kathryn Harkup, ex-química e autora de “A Is for Arsenic: The Poisons of Agatha Christie” (“A de Arsênico: Os Venenos de Agatha Christie”, em tradução livre). “É comunicação científica furtiva no seu auge. A trama, a habilidade técnica necessária para transmitir ideias científicas complexas de um jeito que você nem percebe… Meu Deus, que talento.”
E suas histórias de mistério e assassinato, com base científica, podem até ter ajudado a resolver crimes reais: seus primeiros dias trabalhando com o Sr. P., em particular, inspiraram diretamente obras posteriores que podem ter evitado casos de envenenamento.
Christie continua sendo a rainha incontestável do crime 50 anos após sua morte, e também uma espécie de enigma.
Publicamente, Christie se mantinha humilde, referindo-se a si mesma, em frase famosa, como uma “máquina de salsichas”, da qual se esperava que produzisse sucesso após sucesso para seus editores.
“Tudo isso faz parte da construção dessa persona que não ameaça nem assusta o público”, afirma Jamie Bernthal-Hooker, estudioso de Christie e pesquisador visitante de inglês e escrita criativa da Universidade de Suffolk, no Reino Unido. “Ainda hoje, as pessoas têm medo de mulheres inteligentes e poderosas. Gosto de dizer que a maior criação ficcional dela foi Agatha Christie.”
Novas explorações, como a exposição da Biblioteca Britânica, estão trazendo novas percepções sobre essa mulher aventureira, que acompanhou as mudanças radicais de sua época, de 1890 a 1976.
“Nos primeiros 11 anos da vida dela, a rainha Vitória está no trono”, diz Mark Aldridge, historiador de Christie e professor associado de histórias da tela na Universidade Southampton Solent, no Reino Unido. “Quando ela está escrevendo seus livros no fim dos anos 1960, vê a chegada do homem à Lua. Sempre defendi que, se ela tivesse vivido mais alguns anos e visto ‘Star Wars’, em 1977, teria escrito ‘Assassinato no Espaço’, porque amava as novidades.”
Embora Christie não tivesse educação formal, sua curiosidade e seu espírito observador guiaram a forma como ela enxergava o mundo. Ela também tinha uma imaginação fértil, provavelmente por vir de uma família de contadores de histórias que adoravam viajar, segundo seu bisneto James Prichard, presidente e CEO da Agatha Christie Limited, empresa que administra os direitos de suas obras. A literatura, o teatro e as óperas alimentaram ainda mais seu interesse em criar histórias próprias.
Antes de se tornar uma autora publicada e de trabalhar em farmácia, Christie foi inicialmente voluntária como enfermeira aos 24 anos e cuidou de soldados feridos no Hospital da Cruz Vermelha de Torquay em 1914, durante a Primeira Guerra Mundial. Com o marido na guerra, Christie sentiu-se motivada a ajudar da forma que pudesse.
Ela precisou aprender na prática, passando rapidamente de enrolar bandagens a cuidar de soldados feridos. Christie admite em suas memórias que se sentiu “desonrada” por ter ficado tonta ao ver sangue e ferimentos na primeira vez que presenciou uma cirurgia, mas isso não voltaria a acontecer. Christie aprendeu a se fortalecer e desviava o olhar durante as incisões com bisturi.
Ela gostou tanto da enfermagem que Christie chegou a refletir que, se não tivesse se casado, provavelmente teria “se formado como uma verdadeira enfermeira hospitalar” depois da guerra. Em 1916, ela mudou de área para aprender a preparar medicamentos e ajudar a farmácia, que estava com falta de pessoal.
As percepções de Christie, extraídas de suas ricas experiências de vida, estão sutil e habilmente entrelaçadas em seus romances e ajudaram a consolidar a autora como uma gênia à frente de seu tempo.
Em especial, Christie aprimorou sua atenção aos detalhes durante o extenso treinamento em farmácia para o Exame de Assistente da Sociedade dos Boticários, em 1917. Certa noite, ao acordar em pânico, ela correu de volta à farmácia do Hospital de Torquay, preocupada por ter contaminado acidentalmente uma pomada durante os preparos da tarde. Ela verificou cada um dos potes de pomada só para ter certeza, segundo suas memórias.
Essa experiência pessoal aparece em seu romance de estreia, “O Misterioso Caso de Styles”, quando a personagem Cynthia Murdoch, voluntária em uma farmácia, diz: “Se vocês soubessem como é fatalmente fácil envenenar alguém por engano, não fariam piada com isso.”
Havia uma linha tênue, Christie percebeu, entre a natureza benéfica e a prejudicial dos medicamentos. Medir ou misturar um medicamento de forma inadequada poderia transformar uma cura que salva vidas em uma substância letal, como os visitantes da exposição podem constatar ao passar por uma farmácia cenográfica.
Em exibição, um poema de 1925 escrito em tinta azul, intitulado “Na Farmácia”, também reflete suas ideias sobre esse equilíbrio perigoso: “Aqui há ameaça, e assassinato e morte súbita — nestes frascos de verde e azul.”

Como escritora de ficção, Christie não era obrigada a ser precisa, mas tinha o maior cuidado para evitar quaisquer erros em suas obras, e esse conhecimento transparecia em sua escrita sem floreios adicionais. Outros autores de crime contemporâneos, como Dorothy L. Sayers, muitas vezes incluíam detalhes supérfluos para mostrar que haviam feito a lição de casa, mas Christie não, diz Harkup.
A resenha de seu primeiro romance que mais agradou a Christie foi publicada no “The Pharmaceutical Journal”, que elogiou seu conhecimento e seu uso da estricnina, em vez de substâncias fictícias e indetectáveis que tantas vezes eram culpadas pelos crimes em outras histórias. “A senhorita Agatha Christie conhece seu ofício”, escreveu o resenhista.
Durante a Segunda Guerra Mundial, Christie, já uma autora conhecida, estudou novamente para trabalhar na farmácia do University College London, onde o farmacêutico-chefe Harold Davis sugeriu o uso do tálio como veneno em um de seus romances.
Christie combinou a recomendação com suas observações anteriores sobre o Sr. P., que serviu de inspiração para o farmacêutico perverso em seu romance de 1961, “O Cavalo Amarelo”.
O enredo gira em torno da ciência contra a superstição, segundo Aldridge, da Universidade Southampton Solent, que analisou o livro com o colega escritor e podcaster Gray Robert Brown em um podcast e no futuro livro “The Swinging Christies”. A vítima de “O Cavalo Amarelo” parece ter sido amaldiçoada por bruxas, mas, alerta de spoiler, na verdade é morta lentamente com um veneno incomum: o tálio.
Apelidado de “veneno do envenenador”, a substância tóxica, insípida e inodora, age lentamente e imita o potássio no organismo, o que dificulta sua detecção, até que seja tarde demais.

No livro, duas mulheres brigam e puxam os cabelos uma da outra. Uma delas perde uma grande quantidade de cabelo pela raiz e morre pouco depois. É uma pista sobre os acontecimentos sinistros do romance e sobre o culpado: o envenenamento por tálio causa queda de cabelo.
O uso do tálio por Christie no romance é tão preciso que foi creditado por ter salvado a vida de duas pessoas.
Ela recebeu uma carta em 1975 de uma jovem da América do Sul, por exemplo, que dizia que a leitura de “O Cavalo Amarelo” a fez perceber que um conhecido estava sendo envenenado lentamente pela esposa, conta Harkup.
“Mas disto tenho absoluta certeza: se eu não tivesse lido ‘O Cavalo Amarelo’ e, assim, aprendido sobre os efeitos do envenenamento por tálio, X não teria sobrevivido”, diz a carta, conforme citada no livro de Harkup, “A Is for Arsenic”. “Foi apenas o tratamento imediato que o salvou; e os médicos, mesmo que ele tivesse ido ao hospital, não teriam sabido a tempo qual era o problema.”
Após a morte de Christie, uma enfermeira londrina chamada Marsha Maitland, que também havia lido o romance, conseguiu identificar os sintomas de envenenamento por tálio em uma criança doente de 19 meses, em 1977.
A menina, que adoeceu misteriosamente, foi levada a Londres, onde Maitland sugeriu que os estranhos sintomas coincidiam com os descritos em “O Cavalo Amarelo”. O tálio, ingrediente de um inseticida usado para matar pragas na casa da criança, foi confirmado por exame de urina: o bebê o havia ingerido acidentalmente. Com o tratamento, a criança se recuperou totalmente em quatro meses.
Os médicos responsáveis pelo bebê publicaram um artigo sobre o caso naquele mesmo ano, que incluía um agradecimento com os seguintes dizeres: “Somos gratos à falecida Agatha Christie por suas excelentes e perspicazes descrições e à enfermeira Maitland por nos manter atualizados sobre a literatura.”

Depois da Segunda Guerra Mundial, Christie nunca mais trabalhou em uma farmácia, mas acompanhou o mundo em rápida transformação da medicina por meio de leituras e da comunicação com um impressionante grupo de especialistas. Suas histórias da década de 1960 chegaram a incluir menções a drogas recreativas cada vez mais populares.
“Ela sabe o que está fazendo. Poderia ter escapado impune” de um assassinato, se quisesse, diz Aldridge.
Em vez de depender de pistas reunidas silenciosamente fora das páginas ou dentro da mente de um detetive como Sherlock Holmes, os leitores de Christie sempre recebem todos os fatos necessários para resolver o caso.
“Ela sempre joga limpo com seus leitores, só que joga em um nível diferente do resto de nós, meros mortais”, diz Harkup. “Você deveria ser capaz de descobrir. Mas provavelmente não vai.”
Seus crimes são higienizados: raramente há menção a fluidos corporais nas páginas. Mas o veneno, que tantas vezes serviu de arma mortal em seus livros, deu a Christie um arsenal literário intrigante para os assassinos.
“Sentar, pensar, planejar, adquirir e administrar um veneno e depois esperar que ele faça efeito é um nível extra de maldade que acho que nos fascina”, afirma Harkup.
Escondidas na prosa enganosamente simples de Christie estão pistas de quão profundamente ela entendia as melhores e as piores nuances da natureza humana, explica Michelle Kazmer, reitora da Faculdade de Comunicação e Informação e professora da Escola de Informação da Universidade do Estado da Flórida.
“Agatha Christie tinha mais a dizer sobre os grandes conceitos do que significa ser humano e, de maneira muito multifacetada, abordou questões como amor, justiça, bem e mal”, diz Kazmer, que também estudou a obra de Christie.

Ao lado de seus cenários de envenenamento cientificamente críveis, vários médicos e farmacêuticos aparecem nos romances de Christie, às vezes como vítimas, outras vezes como assassinos, mostrando como seus primeiros contatos com o mundo da medicina nunca saíram de sua mente.
“Você não é bom nessas coisas se não tiver algum tipo de interesse”, afirma Prichard, bisneto de Christie. “Não acho que ela tenha entrado no hospital no começo da Primeira Guerra Mundial sabendo que se interessaria, mas acho que esse interesse cresceu. E permaneceu com ela pela vida toda.”
Agatha Christie: 5 livros para conhecer a obra da “rainha do crime”